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Democracia, Estado del Bienestar y nacionalismo

¿Cómo es posible este comportamiento abiertamente irracional (la victoria de los separatistas) en una población supuestamente informada?

El Club de los Viernes
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En las recientes elecciones regionales catalanas, hemos asistido a un ejercicio práctico de democracia representativa en el cual más de la mitad de los votantes españoles residentes en Cataluña han respaldado con sus votos la vulneración, por parte de un poder ejecutivo regional, de las leyes vigentes, la desobediencia a las resoluciones judiciales, la imposición ideológico-lingüística, el robo de fondos públicos, la vulneración de derechos civiles, la inacción policial ante delitos flagrantes, etc. Y lo han hecho tras la intentona secesionista del 1 de octubre y la constatación de sus ya conocidas nefastas consecuencias económico-sociales, siendo plenamente conscientes de que ese conjunto de arbitrariedades, ilegalidades, delitos y estafas, que ellos han respaldado con sus votos, va a conducir, está conduciendo ya, a la sociedad catalana a un horizonte de pobreza.

El pueblo ha hablado, y ha hablado sin posibilidad de excusar su voto en un supuesto engaño por parte de los poderes públicos. Les han abierto la puerta, han visto el abismo y han decidido, voluntaria y conscientemente, seguir hacia adelante. Han leído el cartel "Vos, qui intratis, omni spe auferte"(vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza) y han decidido cruzar el umbral.

Ante este panorama, hay una pregunta que a buen seguro estará rondando en la cabeza de muchos de ustedes: ¿cómo es posible este comportamiento abiertamente irracional en una población supuestamente informada? ¿Cómo es posible que, siendo conscientes del desastre económico al que se abocan con su voto –salida del euro, fuga de empresas, caída de la actividad económica, impago de la deuda–, sigan manteniéndose inamovibles en su decisión?

La triste realidad es que la mayoría de la población española, incluidos los residentes en Cataluña, sufre una evidente desconexión con la realidad. Una desconexión propiciada, motivada y alentada por el poder estatal mediante las mal llamadas "políticas sociales y del Estado del Bienestar". Mediante estas políticas, los diferentes partidos políticos han logrado convencer a la mayoría de los ciudadanos de que sus necesidades económicas y sociales estarán siempre garantizadas por el Estado, con independencia de la situación política. Que la vasta red de asistencialismo estatal es un derecho inamovible del que podrá disfrutar el conjunto de los ciudadanos, con independencia de sus acciones y decisiones individuales. En definitiva, han convencido a los ciudadanos de que no es necesario ejercer ni mantener una responsabilidad en los actos individuales (incluido el voto democrático), ya que no existe una relación causa-efecto entre nuestros actos y nuestro derecho al disfrute del maná estatal. De que las pensiones, el paro, las nóminas, el precio de los bienes de consumo, etc., no están, en última instancia, relacionados con nuestras acciones individuales y responsables, dado que esa responsabilidad recae por entero en el Estado Protector. Con sus políticas populistas, agrupadas en torno a la idea de un Estado asistencialista y todopoderoso, han logrado convencer a la mayoría de la sociedad de que no debe preocuparse por la pobreza que sus actos pudieran traer, ya que el Estado siempre estará ahí para asistirnos, ayudarnos y salvarnos, con independencia de la situación político-económica.

Y así, una vez roto el vínculo causa-efecto entre nuestras decisiones individuales y sus posibles consecuencias, podemos permitirnos el carísimo lujo de mantener posiciones ideológicas sin tener en cuenta las consecuencias que se derivarían si nos atreviésemos a llevarlas a la práctica. Dice una conocida locución latina: "Primum vivere deinde philosophari" (primero vivir, después filosofar). El Estado ya ha logrado convencernos de que no tenemos que preocuparnos por vivir, que de eso ya se encarga él, y de que por lo tanto podemos abandonarnos confortablemente al consumo del moderno sustituto de la filosofía, que no es otro que la ideología política.

Y los políticos otra cosa no sabrán hacer, pero vendernos ideología es una cuestión que manejan bastante bien. No en vano es de lo que viven. Para cuestiones más terrenales, siempre podrán subirnos los impuestos.

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