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Elías Cohen

Elecciones en Israel: la seguridad pudo con la economía

Ayer parecía que Netanyahu estaba dando palos de ciego, como un desesperado, y hoy resulta que la suya fue una estrategia ganadora.

Elías Cohen
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Ayer parecía que Netanyahu estaba dando palos de ciego, como un desesperado, y hoy resulta que la suya fue una estrategia ganadora.

Netanyahu pudo con el precio de la vivienda en un día. Él mismo lo anunció con la publicación de las primeras israelitas (encuestas a pie de urna), que le daban sólo un escaño de ventaja: "Contra todo pronóstico, el Likud ha obtenido una gran victoria". No, Finalmente no fue "la economía, estúpido", y ha conseguido 30 escaños frente a los 24 de Herzog y el Campo Sionista.

Una estrategia agresiva pero ganadora

A un día de las elecciones, se encontraba ante esta tesitura: si no ganaba o empataba, Rivlin, el presidente, no le encargaría formar Gobierno y Herzog pegaría primero: aunque difícil, el laborista podría haber formado una coalición. Por eso, y dado que el centro político ya estaba copado por el mismo Herzog, por el ex Likud Kahlón y por Lapid, optó por cosechar votos en la derecha. De ahí los mensajes del último día: el no al Estado palestino, la conspiración internacional -encabezada por el movimiento V15 (Victory, 2015) y secundada por los medios de comunicación- para echarle y la llamada desesperada para evitar que los árabes sacaran un buen resultado. Bibi echó el resto y pescó votos en el caladero de Naftalí Bennett, que pasa de 12 a 8 escaños; además, sacó a los indecisos de sus casas: la participación fue del 71,8 %, la más alta desde 1999.

Ayer parecía que Netanyahu estaba dando palos de ciego, como un desesperado, y hoy resulta que la suya fue una estrategia ganadora. Con unas elecciones planteadas en clave socioeconómica, según todas -todas- las encuestas y análisis previos, su activo eran sus logros en seguridad y la imagen de firmeza de su Gobierno. A Netanyahu se le puede acusar de muchas cosas, pero ha demostrado que no se amilana ante nadie, y que ha antepuesto la seguridad del país a todo lo demás. Eso ha podido con la inflación. Como dice Raphael Ahren, del Times of Israel, la seguridad derrotó a la economía; el miedo a un Gobierno débil pudo con el alquiler.

Es cierto, estos últimos dos años Netanyahu miró demasiado al exterior, se despreocupó del electorado, del día a día de miles de jóvenes que, si bien tienen trabajo, ven cómo el precio de la vivienda y de los alimentos sube sin ningún freno: el precio de la vivienda lo ha hecho un 80% desde 2007, según la Oficina Central de Estadísticas. Una barbaridad. Bibi parecía que había contacto con la realidad israelí, y que pensaba más en Irán que en el bienestar socioeconómico de sus compatriotas. Ahora bien, los resultados no han hecho más que corroborar que la mayoría de los israelíes, pese a todo, quieren que Netanyahu siga en el poder. En el cuartel general del Likud le recibían al grito de "¡Bibi es un mago!". Ciertamente, el Likud ha pasado de la práctica desaparición, cuando Sharón se fue para fundar Kadima (paradójicamente, éste es el desaparecido), a ser la formación más votada. El factor Chuck Norris también habrá de tenerse en cuenta, dice Bill Kristol.

Stav Shafir, una joven promesa que con 28 años podría haberse convertido en la ministra más joven de un Gobierno del Campo Sionista, declaraba al Daily Beast que, implícitamente, Netanyahu siempre respondía lo mismo a las quejas por la subida de precios: "Estad agradecidos y dejad de quejaros", y que eso sería la clave de su derrota. Netanyahu usó esas mismas palabras pero adornadas por el marketing político. Y ganó.

Kahlón no es tan decisivo

Con todo, la inesperada victoria no va a permitir a Netanyahu gobernar en solitario. Como siempre en Israel, tendrá que recurrir a otros partidos, necesitará bisagras. Lo importante en las elecciones israelíes no es quién saque más votos, sino quién sea capaz de formar una coalición -aquí lo explica claramente Gabriel Albiac-. Rivlin había llamado a formar un Gobierno de unidad nacional cuando las israelitas daban empate técnico; sin embargo, esa opción ha desaparecido casi por completo.

Las siete opciones que refería Anshel Pfeffer en Haaretz se reducen ahora a sólo una: un Gobierno de derechas liderado por un Natanyahu reforzado en las urnas. Kahlón, que parecía llamado a ser el kingmaker, con los resultados de su anterior partido pierde fuerza negociadora, aunque quizá sea necesario para conformar un nuevo Gabinete. Netanyahu ya le hizo un guiño en la noche electoral prometiendo a los israelíes que luchará por el bienestar social, la bandera de campaña de Kahlón.

Herzog lo intentó

Isaac Buji Herzog es el clásico ashkenazí burgués de izquierdas, bien formado, hijo de la élite que fundó Israel. Su padre fue presidente y su abuelo, el primer gran rabino del país. Sin embargo, esa élite ya no es tan influyente, las históricas mayorías de Mapai y Avodá, las dos marcas del Partido Laborista, son cosa del pasado. Irónicamente, el primero que acabó con esta hegemonía fue otro ashkenazí, bajito, blancucho y con gafas, Menahem Beguin, quien obtuvo la victoria en el 77, tras 28 años en la oposición, apoyándose en los judíos que venían de los países árabes y sus descendientes.

Herzog lo tenía todo consigo: las encuestas, el descontento; incluso tenía a Paul Begala, asesor del Clinton de "¡Es la economía, estúpido!" (1992), y Jeremy Bird, el estratega político de Obama que dirigía el V15 con la idea de: "El que sea menos Bibi". Aaron David Miller escribía un día antes de las elecciones en Foreign Policy que, si ganaba, a Buji le sería difícil dar una imagen de tipo duro. Netanyahu también explotó eso, sobre todo en el debate del pasado sábado en el Canal 2, en el que se habló sobre todo de seguridad y diplomacia.

Pero no lo consiguió. Pese a que Israel quiere ser un país normal y votar sólo en clave socioeconómica, su situación no lo es: un conflicto militar con Hamás cada dos años, la amenaza de Hezbolá desde el Líbano, el peligro de que el Estado Islámico se expanda por todo Oriente Medio y llegue a las fronteras, la amenaza nuclear de Irán…: los israelíes creen que Herzog no es el líder adecuado para la actual situación -quizás lo será en tiempos mejores- y que aún no es hora de descuidar la seguridad. Los éxitos de Bibi en seguridad, reconocidos hasta por Chemi Salev de Haaretz, han sido decisivos.

Las redes sociales y los medios no lo son todo

Si uno leía Twitter o Facebook los días previos a las elecciones, o Yediot Aharonot y Haaretz, los dos periódicos más importantes del país -con una línea editorial marcadamente anti Netanyahu-, pensaba que el fin del reinado de Bibi estaba cerca. Su inminente derrota fue una burbuja creada por las redes sociales y los medios, y las tendencias de éstos no son, en última instancia, un reflejo de las urnas.

El colapso del sistema electoral que nunca llega

En un buen análisis, Eytan Schwartz, de la Friedrich Ebert Stiftung, escribía que el sistema electoral israelí está dirigiéndose rápidamente hacia el colapso. De no haber ganado Netanyahu holgadamente podría haber sido así, ya que la proporcionalidad pura, que garantiza una alta representación de la sociedad, puede conducir a la abundancia de partidos medianos, lo que dificulta sobremanera la composición y pervivencia de coaliciones. Igualándose en votos los mayoritarios -Likud y Avodá-, los medianos -el Kulanu (Todos Nosotros) de Kahlón, el Yesh Atid (Hay Futuro) de Lapid y Habait Hayehudí (El Hogar Judío) de Bennett-, verdaderamente las coaliciones penderían de un hilo. A este respecto, Liam Hoare, de Slate, avisaba de que, de ganar Herzog, podría producirse un caos en la izquierda israelí.

Aunque hay que recordar que nunca ha habido un partido con mayoría absoluta (61 escaños), las mayorías son necesarias para la estabilidad de cualquier coalición, pero la última, que sólo duró dos años, adolecía de este problema: muchos primeros ministros para un mismo gobierno.

Árabes, ultraortodoxos, Bennett y Lieberman

Ha sido muy inteligente la estrategia de los tres partidos árabes de converger en la Lista Conjunta. Hoy son la tercera fuerza política de Israel. Aunque han declarado por activa y por pasiva que no apoyarán a ninguna lista -Zoabi fue desautorizada luego de decir que apoyarían a la Unión Sionista-, su papel, de haber ganado Herzog, podría haber sido importante. Ahora se espera de ellos una oposición férrea a un eventual Gobierno de derechas y con partidos religiosos.

Por su parte, los ultraortodoxos han tenido problemas, principalmente debido a la escisión sufrida por el Shas: Yahad (Unidos), de Eli Yishai, dividió el voto sefardí pero no alcanzó suficientes papeletas para entrar en el Parlamento. Los ultraortodoxos formarán parte del nuevo Gobierno con toda seguridad, pero esperemos que no tengan tanta fuerza como para echar atrás la reforma de la Ley Tal, por la cual se les eximía de hacer el servicio militar.

Las posiciones de la derecha más inmovilista, la de Bennett y Lieberman, también han experimentado un retroceso. Aun así, cosas del sistema electoral israelí, formarán parte del Gobierno. Pero no se llevan precisamente bien con los ultraortodoxos, nada bien. La victoria del Likud ha sido grande e inesperada, pero no significa que su Gobierno vaya a ser el más estable.

La seguridad ganó

Un votante de cincuenta años se decía al Wall Street Journal claramente: "Elegí votar por la seguridad antes que por alguien que hace falsas promesas sobre las finanzas". No es que todos los votantes hayan visto como falsas las promesas de un cambio en la economía, que pese a la inflación sólo tiene un 5,7% de paro (cifras de 2014), sino que son eso, simplemente promesas, y es imposible saber si llegarán o no a buen puerto.


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