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Emilio Campmany

Activismo judicial y conservadurismo

Lo que la izquierda llama “jueces conservadores” son por lo general jueces que defienden lo que se creía que defendían todos: aplicar las leyes.

Emilio Campmany
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Lo que la izquierda llama “jueces conservadores” son por lo general jueces que defienden lo que se creía que defendían todos: aplicar las leyes.
Donald Trump y Amy Coney Barrett. | EFE

Una vez designada por Trump la juez que él cree debe sustituir a la magistrada Ginsburg, recién fallecida, toda la izquierda a ambos lados del Atlántico ha denunciado que la persona propuesta es ultracatólica y que, completando la mayoría conservadora, cambiará el sentido progresista que venían teniendo las sentencias del Tribunal Supremo norteamericano. La reacción no puede ser más cínica.

Desde los años sesenta, la izquierda utilizó el control que tenía sobre el tribunal para retorcer la Constitución a fin de que dijera lo que quería que dijera. No ocultaba que estaba haciendo una interpretación cuando menos imaginativa, pero se amparaba en que era una forma de adaptar normas antiguas a tiempos nuevos. Cuando se supone que quien va a retorcer esas mismas normas son personas que piensan de forma distinta, ponen el grito en el cielo. De hecho, lo que han halagado de la brillante juez Ginsburg no han sido sus profundos conocimientos jurídicos, que los tenía, sino su destreza para encontrar en las leyes el reconocimiento a unos derechos que no estaban en realidad amparados en ellas. Ahora que sospechan la misma capacidad en otros con ideas de derechas, lo denuncian como inadmisible.

La historia no es esa. Lo que pretenden y han pretendido la mayoría de los magistrados llamados “conservadores” del más alto tribunal norteamericano no es hacer política de derechas aprovechando la toga que visten, sino juzgar a la luz de lo que dicen la Constitución y las leyes, sin tener en cuenta lo que a ellos les gustaría que dijeran. La juez que llegará al Supremo estadounidense, Amy Coney Barrett, fue discípula del gran Antonin Scalia, magistrado conservador y bestia negra de la izquierda por su participación en la sentencia que dio la victoria a Bush hijo frente a Al Gore en las presidenciales de 2000. Sin embargo, lo que no dicen de Scalia es que votó a favor de considerar que la quema de la bandera de los Estados Unidos estaba amparada por la Primera Enmienda (libertad de expresión), por más que la acción le repugnara.

Tanto en Estados Unidos como aquí, lo que la izquierda llama “jueces conservadores” son por lo general jueces que defienden lo que se creía que defendían todos: que su misión no es otra que la de aplicar las leyes, digan éstas lo que digan. Así tendrían que ser todos. Pero la izquierda prostituye el Poder Judicial haciendo de los tribunales una arena de lucha política más donde es obligación de los jueces progresistas imponer su ideología por encima del dictado de las leyes. Y para justificarlo acusan falsamente a las leyes que no les gustan de ser conservadoras, y a quienes defienden su aplicación imparcial de tener el mismo sesgo ideológico. Así se ahorran el tener que cambiarlas, que es algo que a veces no pueden porque no tienen la mayoría necesaria o porque es muy engorroso, como en el caso de la Constitución. También se ahorran el coste político de la reforma. La verdadera sentencia buena es la que se atiene a la ley y la mala es la que no lo hace. Y esto es así en Estados Unidos, en España y en cualquier democracia.

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