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El caballero del lápiz

Él que tanto nos alegró, y a veces consoló, dibujando, nos deja ahora enfrentados al agrio cáliz de lamentar su partida. Y como hijos egoístas que somos, antes que pensar en él o en Isabel, sollozamos por lo huérfanos que nos quedamos.

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Último adiós a Mingote

Diga lo que diga Larra, escribir en Madrid no siempre es llorar, pero en ocasiones sí que lo es. Y de qué modo. Por el compañero ido, por el amigo que se fue, por el genio muerto. Él que tanto nos alegró, y a veces consoló, dibujando, nos deja ahora enfrentados al agrio cáliz de lamentar su partida. Y como hijos egoístas que somos, antes que pensar en él o en Isabel, sollozamos por lo huérfanos que nos quedamos. Privados de su humor blanco, de su recto consejo de relativizar lo accesorio y concentrarse en lo esencial, de su manera de enseñar España con una pincelada, una caricatura o un chiste; olvidados en este paisaje, hoy más abrupto, más incomprensible; cuajados de confusión, sin luz a la que dirigirse y buscar en una página par del ABC. Nos acostumbramos tanto a tenerlo siempre ahí, que creímos que nunca se marcharía, que siempre dispondríamos de su palabra hecha viñeta.

Decían de sus ilustraciones que eran como editoriales. Ya quisieran los editoriales de cualquier medio tener la décima parte de la sabiduría que el maestro regalaba en su dibujo diario. Y siempre sin amargura, sin crueldad, sin acidez, sólo unas gotas de fina ironía y dulce ingenio con los que ayudarnos a soportar la rocosa estulticia de nuestros políticos o la cavernícola ignorancia de nuestros dirigentes.

Sus personajes se nos figuran tan reales que casi parecen parientes porque de hecho lo son. Ya sea el marido escuchimizado y obediente acompañado de su rebosante y rotunda esposa o el pigmeo atolondrado que pregunta al mastodóntico troglodita armado con una tranca que por qué va a ser él quien mande. Da igual que sean dos vagabundos, uno bajito y algo rechoncho y el otro larguirucho como un poste de teléfono, o un alocado aristócrata corriendo y haciendo girar un molinillo. Lo mismo es que sea Gundisalvo o ese señor de negro. Todos ellos, sufriendo, disfrutando, riendo, llorando o solos, meditando en mitad de un laberinto, somos nosotros. Y nos reímos creyendo que lo hacemos de los demás cuando lo estamos haciendo de nosotros mismos, viéndonos en ese espejo que todos los días nos ponía delante Mingote disfrazándolo de chiste. ¿Y quién nos va a retratar ahora? Y sobre todo, ¿quién va a hacerlo con su bondad e indulgencia?

La parca suele ser caprichosa al elegir el día en que corta el hilo de la vida, pero con Mingote ha tenido el detalle de hacerlo un lluvioso Martes Santo. Santo en homenaje a un hombre siempre bueno, y lluvioso en consideración a las lágrimas que nos velan los ojos. ABC pierde con él media mancheta y España pierde una guía, además de la sonrisa. Pero ya no está Mingote para, de todo eso, decirnos con unos trazos qué es lo esencial y qué lo accesorio.

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