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El león dormido

Cebrián lamenta que los independentistas catalanes hayan roto la alianza entre nacionalistas e izquierdistas que González y él apadrinaron y que ZP intentó argamasar.

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EFE

Publicó Juan Luis Cebrián el lunes pasado un artículo en El País donde trató de encontrar el modo de que vuelva la normalidad a Cataluña. Su aportación carece de originalidad porque no hace más que repetir las propuestas federalistas del PSOE. Pero si el artículo no merece comentario por lo que propone, no puede decirse lo mismo del diagnóstico que describe. Viene a decir que la intentona independentista ha hecho que nuestro sistema de convivencia se vea amenazado por una nueva corriente de centralismo e identifica el Estado de las Autonomías con la democracia misma. Afirmar que un Estado centralista es por naturaleza dictatorial y que otro federalista es necesariamente democrático constituye una solemne tontería. Francia es uno de los Estados más centralistas del mundo y nadie discute que su sistema es democrático. La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas era federal hasta en el nombre y era una de las peores dictaduras que ha conocido la Humanidad.

Ahora, lo que en realidad preocupa a Juan Luis Cebrián es que la impaciencia del separatismo catalán haya despertado al león dormido, que Cebrián identifica con la España profunda y que al parecer posee un sentimiento nacionalista tanto o más exacerbado que el de los separatistas catalanes. O sea, que lo que hoy amenaza nuestro sistema de convivencia es lo que la izquierda y los independentistas llaman "nacionalismo español", que comprende a todos los españoles para quienes la unidad de España es un bien a preservar.

De lo que se queja en realidad Cebrián es de que lo que han hecho los independentistas catalanes al intentar la independencia es romper la alianza entre nacionalistas e izquierdistas que Felipe González y él apadrinaron y que el inefable Zapatero intentó argamasar. Lo que viene a decir es que, si los independentistas catalanes hubieran tenido la suficiente paciencia, la izquierda les habría dado poco a poco todo cuanto hubieran deseado. En cambio, ahora, una vez que han medio despertado al león dormido, va a ser mucho más difícil convencer a los españoles de la conveniencia de dar a Cataluña los privilegios que los nacionalistas exigen. El precio no habría sido más que el de siempre, su respaldo para gobernar el resto de España. Tan sólo tenían que haber esperado, soportado este inevitable interludio de gobierno de la derecha, incapaz por otra parte de deshacer nada de la obra hasta ahora realizada por nacionalistas e izquierdistas, y el sistema habría seguido funcionando como lo ha venido haciendo hasta octubre del año pasado.

La reforma federal que el PSOE y Cebrián tratan de vender, y que el PP está a punto de comprar, no es otra cosa que una forma distinta de cementar la alianza que el referéndum del 1 de octubre rompió entre la izquierda y el nacionalismo. El problema que hay hoy, y que no había antes, estriba en cómo convencer a las bases nacionalistas de que se tendrán que conformar con gestionar los impuestos, tener un poder judicial separado del resto y ser una nación sólo de boquilla. No obstante, eso puede solucionarse. El problema de verdad se les planteará si el león dormido se ha despabilado lo suficiente.

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