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Operación Rojo Blanqueado

A lo mejor a los columnistas de 'El País' les pone el rollo soviético, pero al menos deberían tener la decencia de admitirlo y no dedicarse a blanquear lo que es comunismo de la peor especie.

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El líder ultra Pablo Iglesias | EFE

Si ocupar el poder es el objetivo, y siempre lo es para los socialistas, la única forma de conservarlo a corto plazo y detentarlo a medio es pactar con los marxistas-leninistas, aunque suponga violar la única regla básica que se impuso Felipe González, la de no apoyarse jamás en los comunistas. Los remilgos del sevillano no eran morales, sino pragmáticos. Acordar nada con los bolcheviques ahuyenta al electorado moderado, ese inmenso caladero de votos que es necesario conquistar para ganar las elecciones. Hoy, el problema es que no hay bastantes votantes socialistas para vencer en las urnas. De manera que es imposible gobernar sin contar con aquéllos. En consecuencia, para evitar que los electores de centro se asusten, es necesario conseguir que los estalinistas sean contemplados por el potencial votante socialista como meros rojillos algo ruborizados de más. Ocasión de oro para hacerlo es el acuerdo de los presupuestos, que son presentados como un dechado de sensatez socialdemócrata. En El País, Vidal-Folch habla abiertamente de "El giro de Podemos a la socialdemocracia" y Gil Calvo de "Sensatez", para referirse a la del prudente padre de familia en el que al parecer se ha convertido Pablo Iglesias.

La trastienda ideológica de estos Presupuestos pactados por el Gobierno y Podemos está muy lejos de ser socialdemócrata. Ni siquiera es socialista a secas. La miseria que traerán, si llegan a aprobarse, no será un efecto no deseado, al menos por los comunistas. El objetivo que esconden es la proletarización de la clase media, por emplear terminología marxista. El alegado propósito de conservar el Estado del Bienestar es falso porque, para empezar, lo que pretenden es su ampliación. Y, en sí, éste podría ser un fin encomiable si hubiera recursos con los que hacerlo. Pero la realidad es que no disponemos de ellos. Los ricos que no pagan seguirán sin hacerlo. Los que lo hacen, que son muy pocos, ya pagan mucho y poco más se les puede sacar. Lo que harán, a través de las muchas bombas de relojería que los Presupuestos incluyen, es sangrar a la clase media. Y, en el mejor de los casos, cuando menos, amedrentarán a toda iniciativa privada que no se funde en ayudas y subsidios.

Con ser las consecuencias económicas terribles, no son más que los Presupuestos para que Podemos pueda imponer su programa antidemocrático a una sociedad empobrecida. Porque en eso los comunistas no son mejores que ningún fascista doctrinario. En una genuina democracia, los comunistas nunca han tenido nada que hacer. Para ganar unas elecciones, necesitan una grave crisis económica; y una vez alcanzado el poder, lo ocupan para siempre.

A lo mejor a los columnistas de El País les pone el rollo soviético, pero al menos deberían tener la decencia de admitirlo y no dedicarse, como hacen, a blanquear, socialdemocratizando, lo que es puro comunismo de la peor especie. Que tenga un rostro del siglo XXI no lo hace mejor que el del XX. Al contrario, es más feo que nunca.

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