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Emilio Campmany

Iglesias, negacionista

El vicepresidente es una especie de David Irving de izquierdas empeñado en ocultar cuán antidemocrático y criminal es el comunismo que abraza y se propone imponer.

Emilio Campmany
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El vicepresidente es una especie de David Irving de izquierdas empeñado en ocultar cuán antidemocrático y criminal es el comunismo que abraza y se propone imponer.
Pablo Iglesias, en el Congreso | EFE

En su réplica a María de la Cabeza Ruiz Solás, Pablo Iglesias profirió terribles amenazas, dijo varias sansiroladas y nos endosó unos cuantos embustes. Entre éstos, algunos históricos. Dijo el vicepresidente segundo:

No habría democracia en Francia y democracia en Italia sin la acción de los comunistas de estos países, que son reconocidos como héroes de la patria.

Mentira. La prueba es que, cuando los nazis atacaron a Francia en 1940, los comunistas no movieron un dedo. Tenían órdenes de Stalin de no hacerlo y, a fin de cuentas, el invasor era un aliado de la URSS (pacto nazi-soviético de agosto de 1939). Sólo a partir de que Hitler invadiera Rusia en 1941 se avinieron los comunistas franceses a incorporarse a la Resistencia. Lo hicieron por defender no a Francia sino a la Unión Soviética; ni por la democracia, sino por implantar un régimen comunista cuando lograran expulsar a los nazis. En definitiva, deseaban para Francia el destino que tuvieron Polonia y Hungría. Y podrían haberlo conseguido de no haber sido por los norteamericanos y los británicos.

En Italia, los comunistas no se opusieron seriamente al fascismo hasta después de haber caído éste a consecuencia del golpe de Ciano posterior al desembarco de los aliados en Sicilia. Y cuando empezó la guerra civil que desde el verano de 1943 asoló el país, los comunistas no combatieron para conseguir ninguna democracia, sino una dictadura comunista. Su objetivo era que la Península acabara como acabaron Checoslovaquia o Rumanía. También en este caso fracasaron gracias a la intervención estadounidense.

Si en ambos países los tienen por héroes es porque así esconden el mucho colaboracionismo que hubo en los dos, pero es sabido que ningún comunista habría vertido una sola gota de su sangre por la democracia. Todos combatieron y en su caso murieron por el ideal de someter sus respectivas naciones a la dictadura de la hoz y del martillo.

Cuando Iglesias afirma que sin los comunistas no habría democracia en Francia y en Italia, miente a sabiendas, porque él sabe muy bien que esos dos países disfrutan de una democracia muy a pesar de los comunistas y no gracias a ellos. Si algún amor sintieron éstos, no fue por su patria, ni por la libertad ni por la democracia; fue por la URSS, el comunismo y el bolchevismo.

La actitud de Iglesias es rigurosamente negacionista. Le revela como una especie de David Irving de izquierdas empeñado en ocultar cuán antidemocrático y criminal es el comunismo que abraza y se propone imponer. En definitiva, Iglesias recurre a la mentira para esconder la inmundicia que él y los suyos representan.

Que en un momento concreto de la Historia la democracia y el comunismo tuvieran al mismo enemigo no hace que ambos sean la misma cosa. Cuando Hitler invadió la URSS, Churchill dijo, para justificar su alianza con Stalin, que si Hitler invadiera el Infierno, él tendría en la Cámara de los Comunes unas palabras en defensa del Diablo. Por supuesto, pero no por eso dejaba de ser el Diablo. Y su régimen, un infierno.

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