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Emilio Campmany

Por sus hechos la conoceréis

Mónica García fue la reina tuerta en el país de los ciegos de la izquierda. Pero, comparada con los otros tres candidatos, incluido Bal, fue peor.

Emilio Campmany
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Mónica García fue la reina tuerta en el país de los ciegos de la izquierda. Pero, comparada con los otros tres candidatos, incluido Bal, fue peor.
Los candidatos de las autonómicas madrileñas, en el debate organizado por TM3. | EFE

Son muchos los comentaristas que dan a la cabeza de lista de Más Madrid como vencedora en el debate de este miércoles. Tal aseveración sólo es posible hacerla si se limita la competición a los tres líderes de la izquierda, entre los que, sin duda, García fue la mejor. Gabilondo no es mal tipo y parece que la cabeza le funciona, aunque a paso de carreta. Sin embargo, para poder apreciar sus capacidades es necesario mantenerse despierto mientras habla, hazaña casi imposible. Pablo Iglesias no sale del populismo marxista, que pudo ser eficaz antes de que llegara al Gobierno. Ahora que ha demostrado lo que da de sí como gestor y se ha visto cómo dispone de los fondos públicos, es muy fácil contestar sus argumentos. Así que, de acuerdo, Mónica García fue la reina tuerta en el país de los ciegos de la izquierda. Pero, comparada con los otros tres candidatos, incluido Bal, fue peor.

El programa económico de García no está dirigido a crear riqueza, sino a quedar bien. Está pensado para salvar al planeta del cambio climático, no para crear empleo. El objetivo es muy encomiable, pero olvida que la economía verde es cara y poco competitiva. Su programa sólo se podrá poner en práctica cuando todos los países, incluida China, lo suscriban. Mientras, abrazar lo verde significa perder competitividad y empleo. Es un programa para jóvenes idealistas, no para trabajadores sin empleo o que teman perder el que tienen.

Monasterio tiró de demagogia. Lo de los excesivos miembros que tiene la Asamblea de Madrid es cierto. Pero lo grave es que la mayoría no saben lo que votan, no que sean demasiados. Y eso es culpa del sistema de listas cerradas, que hace que lo que se exige al parlamentario de a pie, en la Asamblea de Madrid o en las Cortes, sea hacer lo que se le mande sin rechistar. Eso sí, arreó buenos sartenazos a los líderes de la izquierda. 

Edmundo Bal fue el mejor. Los comentaristas lo denigran sólo porque es casi imposible que obtenga representación, pero de eso la culpa la tiene Arrimadas. Es verdad que prometer puestos fijos en la Administración a los interinos es una forma algo rastrera de buscar votos, mucho más viniendo de alguien que eligió el duro camino de las oposiciones para ser funcionario, pero en lo demás estuvo más que correcto.

Ayuso tenía mucho que perder y poco que ganar, de manera que era difícil que fuera la mejor, después de que Miguel Ángel Rodríguez le obligara a transitar por el debate con el freno de mano puesto. Pero cuando tuvo que reaccionar a las mentiras de García e Iglesias lo hizo de forma contundente y segura de lo que decía. En cualquier caso, su más poderoso argumento es su gestión, que en Madrid sabemos que ha sido mucho mejor que la del Gobierno de la nación. Es posible que durante el debate no ganara un voto, pero tampoco lo perdió.

El caso es que la mayoría de los electores, antes de ser anestesiados por el discurso de Gabilondo, ultrajados por el populismo de Iglesias o hipnotizados por la ideología verde de García, prefirieron entretenerse con las confesiones de Rociito, lo que da idea del nivel. Ya veremos qué votarán el día 4.

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