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Emilio Campmany

Sánchez, el Turco

¿No cabe que el superviviente de mil batallas políticas no sea más que un autómata a las órdenes del enano Iván Redondo?

Emilio Campmany
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¿No cabe que el superviviente de mil batallas políticas no sea más que un autómata a las órdenes del enano Iván Redondo?
Iván Redondo (atrás) y Pedro Sánchez | EFE

En el siglo XVIII circuló por Europa una extraña máquina que, bajo la forma de un autómata, llamado El Turco, jugaba al ajedrez condenadamente bien. Fue el antecesor de Deep Blue, aquel ordenador que desafió a Kasparov. Sin embargo, se sospecha que, encerrado en la caja que sostenía al maniquí vestido de sultán otomano, había un enano que era el que realmente jugaba las partidas. ¿Es posible que nos esté pasando algo parecido con Sánchez? ¿No cabe que el superviviente de mil batallas políticas no sea más que un autómata a las órdenes del enano Iván Redondo?

En España, el régimen se ha ido haciendo cada vez más presidencialista de facto aunque no lo sea de iure y la Moncloa ha ido acumulando cada vez más poder. Con Sánchez, sin embargo, quien lo detentará no será él, sino su jefe de gabinete. Da toda la impresión de que nuestro presidente es en realidad una suerte de Doña Rogelia gobernada por Redondo. Y es probable que lo haya sido siempre. Los pobres resultados de Sánchez en los debates electorales, en las entrevistas televisivas; las réplicas en el Congreso escritas de antemano; la resistencia casi maníaca a someterse a una rueda de prensa; la exasperación que le atenaza cuando algo se tuerce; la enormidad de su ignorancia; el desparpajo con el que dice un día una cosa y al siguiente, la contraria: todo hace sospechar que en realidad no es más que un cabeza hueca que necesita que alguien le diga constantemente lo que tiene que hacer y decir. Si todo lo anterior no bastara para convencerse, véase a quién tiene de mano derecha en el Gobierno para que no le haga sombra. Y aun así, a veces, Carmen Calvo, en su atolondramiento, se la hace.

De modo que en realidad es Iván Redondo quien nos gobierna. Y lo hace desde la total carencia de ideología y con plena disposición a hacer cuanto sea necesario para conservar el poder. Sánchez no es más que el actor de reparto, el galán de serie B que representa el guion que Redondo escribe. No de otra manera se entiende que le haya entregado todo ese poder por el que se supone que tanto luchó. Debe de ser que todo lo que quiere, el Falcon, el colchón nuevo, los guardias civiles cuadrándose, el coche oficial, la corte de pelotas ya lo tiene, y para qué quiere Sánchez una oficina económica si no tiene ni idea de qué hacer con ella. Que se ocupe Redondo. Al final, para matar el rato, tendrá que entretenerse como ese otro presidente que salía en El informe Pelícano, enseñando al perro a obedecerle.

Que nos gobierne un valido desde la sombra, no obstante, tiene sus ventajas. Es verdad que, desde que lo hace en su exclusivo beneficio y no en el del país, se puede esperar lo peor. Pero, en la medida en que lo que desea es conservar el poder, no hará más daño que el indispensable para no perderlo. Sería mucho peor que nos gobernara un tonto. Eso sí que es un peligro.

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