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Emilio Campmany

Segunda oportunidad

Si queremos librarnos de Sánchez, hay que votar a Casado, mal que nos pese, que a algunos, con razón, les pesará.

Emilio Campmany
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Si queremos librarnos de Sánchez, hay que votar a Casado, mal que nos pese, que a algunos, con razón, les pesará.
Pablo Casado, con Cayetana Álvarez de Toledo | EFE

A la vista de la ausencia de candidato para un segundo intento de investidura, los medios debatirán profusamente acerca de quién es el culpable. Desde el punto de vista del elector de derechas, esto es completamente irrelevante. Dos egos que no caben en la Moncloa y en el palacio de Galapagar, respectivamente, han caído víctimas de su soberbia estúpida. Más estúpidos que soberbios, y soberbios son un rato, los líderes de la izquierda, después de haber ganado las elecciones, pudiendo contar con el voto aparentemente incondicional de casi todos los separatistas, han preferido medirse nuevamente en la arena electoral. Esto ofrece una nueva oportunidad a la derecha de evitar el desastre incalculable que, en las circunstancias actuales, la izquierda puede infligir a nuestra nación, por supuesto a su economía, pero sobre todo a su unidad.

Naturalmente, la derecha, que suele comportarse de manera tan estúpida como en esta ocasión lo ha hecho la izquierda, no suele perder ninguna oportunidad de perder una oportunidad. Y no hay nada que augure que esta vez vaya a ser diferente. Los tres partidos que supuestamente representan opciones liberal-conservadoras se presentarán, si no hay quien lo remedie, divididos. Y eso es una garantía casi segura de fracaso, pues, para que entre los tres sumen suficientes escaños para gobernar, todos deberían mejorar sus resultados hasta un punto impensable. Dado el egoísmo, la miopía y la falta de patriotismo de los líderes de PP, Ciudadanos y Vox, los únicos que pueden dar un revolcón a esos dos enormes mendrugos que son Sánchez e Iglesias son los electores de la derecha. Hay que contar, desde luego, con cierta desmovilización de la izquierda. Pero no bastará que una parte de ella se quede en casa esperando a ver "cómo suben los impuestos a los ricos". Tampoco basta la movilización de la derecha, que en esto, gracias a Dios, es más disciplinada que la izquierda. Inevitablemente, hay que concentrar el voto.

Casado está muy lejos de ser el Antonio Maura del siglo XXI. Su pusilanimidad es proverbial. Y a punto estuvo de desdecirse de su conversión al liberal-conservadurismo inmediatamente después del relativo fracaso del 28 de abril. Pero, para bien o para mal, es el que más apoyos suscita. Los otros, por otra parte, tampoco son mancos. La última jugada de Rivera puede ser útil para culpar a Sánchez de esta repetición absurda, pero él, siempre acusado de ser un veleta, no hace más que empeñarse en probar su volubilidad, su falta de fuste y la ausencia de toda convicción que no sea su deseo irrefrenable de ser presidente del Gobierno. Santiago Abascal ha estado más sólido durante estos meses, pero hoy es quimérico pensar que pueda ser a corto plazo el líder de la derecha española y ha permitido que su partido adquiera tintes utópicos y confesionales que, por muy conformes que sean con los principios, convierten la opción de Vox en necesariamente minoritaria, al menos por el momento. Si queremos librarnos de Sánchez, hay que votar a Casado, mal que nos pese, que a algunos, con razón, les pesará.

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