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Emilio Campmany

Vencedores y vencidos

A liberales y conservadores tan sólo les queda decidir si quieren rendirse o librarla.

Emilio Campmany
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A liberales y conservadores tan sólo les queda decidir si quieren rendirse o librarla.
EFE

Está claro que Sánchez trata de detener su caída en las encuestas exhibiendo a escarnio público el cadáver de Franco. Sin embargo, no es sólo esto. Cuando dicen querer cerrar la Transición es porque consideran que sigue abierta. Y, en la medida en que el franquismo sea trasunto de la Guerra y la Transición hija de la dictadura, pueden no dar por terminada del todo la Guerra y de esa manera intentar ganarla. Es la única forma de hacer que los derrotados sean ahora los vencedores, porque no se puede ganar una guerra que ha terminado. Los supuestos vencidos, los buenos, no pueden admitir la reconciliación en su día ofrecida por los malos. Si la aceptaron en su momento fue por razones tácticas. Ahora es el momento de desdecirse e imponer al fin la victoria que no alcanzaron en 1939. Y para lograrlo hay que hacer muchas más cosas que sacar a Franco o cambiarles los nombres a las calles o erigir monumentos a personajes tan indeseables como Largo Caballero, Negrín e Indalecio Prieto. Todo esto no pasa de ser simbólico.

Para que los vencidos sean ahora vencedores hay que transformar el régimen de 1978 en el heredero de la Segunda República, enlazando de algún modo con ella. En esa genuina democracia hacia la que nos dirigimos, socialistas, comunistas y nacionalistas serán los vencedores. Y a los herederos del franquismo, que serán a su pesar liberales, conservadores y españolistas, les cumplirá el papel de vencidos.

Para ganar esa guerra civil, que ellos no consideran del todo acabada, hace falta reducir a los españoles de derechas a la condición de ciudadanos de segunda. Y quien quiera ser tratado de igual a igual, que se convierta al socialismo o, al menos, aunque quiera seguir llamándose de derechas, que comparta el grueso de las ideas de la izquierda. Esto es algo que ya hicieron algunos líderes del PP, cuando aplicaron políticas socialistas a pesar de haber vencido con los votos de la derecha. En el régimen al que nos dirigimos, cualquier programa político de derechas carecerá de legitimidad, por mucho respaldo que tenga en las urnas, y será tachado de autoritario –si se refiere a la seguridad–, acusado de fomentar la desigualdad –si es aplicable al ámbito económico, sanitario o educativo– o directamente fascista –si trata de poner coto al disparate autonómico–. En esta España que viene, la derecha no podrá aplicar su programa aunque gane. Socialistas, comunistas y nacionalistas decidirán qué ideas de la derecha son tolerables y cuáles no.

El dilema está pues en el campo de la derecha, que, por no sentirse sucesora del franquismo, no se da por aludida. Pero la verdad es que el régimen que se está fraguando va a tener como vencidos no sólo a nostálgicos a los que les guste cuadrarse brazo en alto mientras se envuelven en una vieja bandera, sino a toda la derecha. Esta guerra no se combatirá desde las trincheras con el máuser en la mano. Tampoco habrá sacas ni paseos. Pero será una guerra con vencedores y vencidos. Así la quieren los socialistas. Y a liberales y conservadores tan sólo les queda decidir si quieren rendirse o librarla.

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