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Emilio J. González

Algunas verdades sobre el petróleo

Sólo en Alberta se calcula que hay petróleo para 300 años, al ritmo actual de crecimiento del consumo, que incluye no sólo su utilización para el transporte y para la producción de energía, sino también para los demás empleos.

Emilio J. González
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Los acontecimientos políticos que están teniendo lugar en Oriente Medio y el norte de África han vuelto a poner de actualidad la cuestión del petróleo, ya que dichos sucesos están detrás de la subida de los precios del crudo que viene registrándose desde hace unas semanas. Los comentarios que se leen y se escuchan al respecto son de una naturaleza catastrofista innegable y ante ellos uno pensaría que estamos poco menos que ante el final del mundo, tal y como lo conocemos, si no fuera porque en torno al ‘oro negro’ hay muchas otras cosas de las que nadie está hablando y que, dadas las circunstancias, conviene incorporarlas al debate para desdramatizarlo en lo que a las implicaciones de medio y largo plazo se refiere.

En primer lugar, los problemas actuales tienen su origen en el temor a que las revueltas políticas que están teniendo lugar en Oriente Medio y el norte de África impliquen una situación de desabastecimiento. Hasta ahora siempre se había considerado que sucediera lo que sucediera en esos países, el flujo de crudo hacia las naciones consumidoras jamás se detendría porque dejaría a los países productores sin su principal fuente de ingresos. A mí eso siempre me pareció una ingenuidad y creo que la amenaza del dictador libio de destruir los oleoductos y gasoductos es la confirmación de que no todo el mundo tiene por qué actuar con la racionalidad que muchos en Europa y Estados Unidos les suponen. Lo cual lleva a la conclusión inmediata de que hay que buscar la forma de reducir la dependencia en materia de petróleo de los países potencialmente inestables y, desde luego, poco amigos de Occidente. Pero esto, en cierto modo, resulta casi una obviedad.

Lo verdaderamente importante, a mi juicio, son otras cuestiones. La primera de ellas es que cada vez que sube el precio del petróleo, sea por la razón que sea, acabamos escuchando la misma cantinela acerca de que si la demanda creciente de las economías emergentes, empezando por China e India, está provocando que la tendencia de la cotización del crudo a medio plazo sea necesariamente creciente. Permítanme que niegue la mayor, y me explico. En primer lugar, esa demanda creciente es real. El problema es que la oferta no se ajusta a ella no porque no haya petróleo, que lo hay, y de sobra, como comentaré después. El problema es de capacidad de producción y en eso tienen culpa tanto las empresas como los países productores. Las empresas porque cuando el precio baja no hacen las inversiones necesarias para incrementar la capacidad de producción futura, unas inversiones cuya materialización lleva tiempo, a pesar de que saben de sobra que la demanda a medio y largo plazo es y será creciente. Y cuando el precio sube y las empresas quieren invertir en la ampliación de su capacidad productiva, son los países productores quienes se lo impiden porque quieren beneficiarse de las rentas extraordinarias que les proporciona un petróleo cuya oferta restringen para mantener los precios artificialmente altos.

Vinculado a ello está la famosa historia del agotamiento del petróleo. Hay quien calcula que queda crudo para unos ochenta años, al ritmo actual del crecimiento del consumo, y descarta cualquier posibilidad de mejora en esas expectativas porque el volumen de ‘oro negro’ que contienen los yacimientos que se van descubriendo es menor que el de aquellos otros que se van agotando. Este tipo de mensajes suele provocar el nerviosismo de los mercados cada vez que el petróleo vuelve a ocupar los titulares de los medios de comunicación, pero ¿hasta qué punto es esto verdad? En primer lugar, cada vez que se habla de reservas se trata de reservas cuya explotación en términos de costes es factible a los precios que registre el petróleo en esos momentos, no de aquellas otras cuyo coste de extracción impide que sean rentables si los precios no son altos porque se encuentran en lugares y terrenos de difícil acceso para las perforadoras o a profundidades marítimas importantes. Se trata, por ejemplo, de las reservas aún por medir y explotar del mar de Bering, en el círculo polar ártico. Pero si los precios siguen subiendo llegará un momento en que permitan obtener beneficios de su explotación y, por tanto, hay que incluirlas en las reservas totales.

En segundo lugar, como reconoció Arabia Saudí, que cuenta con el 22,3% de las reservas estándar declaradas, con ocasión de la fuerte escalada de la cotización del crudo en 2006 y 2007, nadie ha declarado cuál es el verdadero volumen de las reservas de cada país, en parte por razones estratégicas, en parte porque todavía no se conoce. En tercer lugar, cuando se habla de reservas de petróleo, se habla de lo que se denominan petróleos convencionales, pero no de los llamados petróleos no convencionales, que son crudos pesados de alto contenido en azufre y no tan fáciles de refinar. Son las arenas bituminosas de, por ejemplo, la cuenca del Orinoco en Venezuela o la provincia de Alberta en Canadá. Sólo en Alberta se calcula que hay petróleo para 300 años, al ritmo actual de crecimiento del consumo, que incluye no sólo su utilización para el transporte y para la producción de energía, que supone un 55% de su consumo total, sino también para los demás empleos que tienen los más de cien derivados del petróleo, de los que se obtienen productos como plásticos, betunes, asfaltos, fertilizantes, fibras sintéticas, etc. Luego, desde este punto de vista, la cuestión no es tan dramática como algunos nos la quieren presentar. Otra cosa son los desajustes a corto plazo entre oferta y demanda, por razones puntuales, pero eso ya es harina de otro costal.

Por último hay que decir que hay otras opciones distintas al petróleo, además del gas natural, que cuanto más suba el precio de éste, más van a entrar en competencia con el mismo. Me refiero a los biocombustibles. Hoy por hoy ya hay biocombustibles que son rentables con precios del petróleo por encima de los 70 dólares por barril, pero lo más importante de todo son dos cuestiones en torno a los mismos. La primera de ellas es que, a medida que surgen nuevas generaciones de biocombustibles, y ya vamos por la cuarta, mejor es su balance energético –cantidad de energía consumida para producir una unidad de energía de biocombustible– así como su contenido energético. La segunda es que, a medida que va avanzando la tecnología, su coste de producción no sólo se reduce, sino que surgen nuevas posibilidades de obtención de biocombustibles sin que su producción tenga que competir con la producción de alimentos, al menos en lo que a la utilización de las tierras cultivables se refiere. En consecuencia, si contemplamos las cosas con una visión de medio y largo plazo, el asunto no es tan dramático como algunas voces interesadas nos quieren hacer ver. Otra cosa, ya digo, son los problemas puntuales, como los actuales relacionados con Oriente Medio y el norte de África. Pero eso implica situaciones de escasez a corto plazo, no el panorama a medio y largo plazo que algunos nos pintan.

El Sr. González es profesor de Economía de la Universidad Autónoma de Madrid. Comentarista político en el programa Es la Mañana de Federico, de esRadio. Miembro del panel de Opinión de Libertad Digital.

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