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Emilio J. González

Cocina europea

Casi medio siglo después, ese mercado único sigue siendo una aspiración, no una realidad. Y, mientras tanto, Europa sigue perdiendo terreno frente a Estados Unidos

Emilio J. González
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Hace cinco años, los líderes políticos de la Unión Europea se reunieron en una cumbre extraordinaria en Lisboa con el fin de impulsar la competitividad y la sociedad de la información en la UE, reducir las distancias con Estados Unidos y conseguir que, en 2010, la economía de los entonces Quince y hoy Veinticinco fuese la más competitiva del mundo, por delante, incluso, de los norteamericanos. Transcurrido un lustro, lo único que queda de aquellas buenas intenciones es una reunión anual todas las primaveras que no sirve nada más que para recordarnos que no se ha hecho nada en ese sentido, que aquellas buenas intenciones no se han transformado en medidas concretas ante la negativa de los distintos Estados miembros a abordar políticas de reforma y liberalización y a transformar su visión nacional de las cosas en una más amplia, de carácter continental.
 
Si Europa quiere competir con Estados Unidos, lo primero que debe tener en cuenta es que nuestro rival y socio de la otra orilla del Atlántico es un país de cuatrocientos millones de habitantes –una población similar a la de la Unión Europea– pero también un mercado único. De la UE, en cambio, no se puede decir lo mismo. Los europeos viven en una dualidad insoportable: formalmente, los tratados constitutivos de la Unión defienden la creación de un mercado único europeo como objetivo deseable y como norma de funcionamiento de la economía europea; en la práctica, la actividad productiva sigue dividida en compartimentos estancos cuyos límites son las fronteras de cada país. Así, mientras los días 23 y 24 de marzo los líderes comunitarios se reúnen para repasar lo hecho y, sobre todo, lo que no se ha hecho de lo acordado en la cumbre de Lisboa, Francia e Italia proporcionan nuevos ejemplos de lo lejos que se encuentra Europea de ser, efectivamente, ese mercado único deseable y, por tanto, de alcanzar a unos Estados Unidos que amplían año tras año la ventaja que le sacan al Viejo Continente.
 
Italia llegó a la cumbre con uno de los ejemplos más claros posibles, en este caso en el sector bancario, de que Europa no es un mercado único continental, sino, en la mayoría de los casos, un conjunto de nichos nacionales protegidos de difícil penetración para las empresas y sociedades de otros Estados miembros. Así, los intentos del BBVA y de ABN Amro de hacerse con la mayoría del capital de la Banca Nazionale del Lavoro (BNL) y del banco Antonveneta, respectivamente, se han encontrado con la oposición del Gobierno de Silvio Berlusconi. El primer ministro italiano, incluso, ha garantizado en público la “italianidad” de ambas entidades crediticias, lo que constituye una doble violación de los principios generales de todo mercado único: existe una injerencia gubernamental para evitar operaciones corporativas que, además, promueve que las empresas y los bancos sigan teniendo pasaporte italiano, o nacional, en vez de europeo. Es como si en EEUU el Estado de Nueva York, por ejemplo, tratase de impedir que un banco de Boston (Massachussets) comprase otro con sede en la Gran Manzana, cosa que no ocurre, ni sucederá, porque Estados Unidos es, efectivamente, un mercado único y, gracias en parte a ello, sus empresas son más competitivas que las europeas.
 
Francia, como no, también aportó su peculiar estilo culinario en asuntos económicos a las entradas del menú de la cumbre. Fue en forma de rechazo a la liberalización del sector servicios en el seno de la Unión Europea. El país que lleva años negándose a la apertura a nivel europeo del sector energético, a pesar de las muchas presiones realizadas por la Comisión Europea, ahora se niega también a un movimiento similar en el sector probablemente más estratégico para que la UE no pierda el tren del progreso y la competitividad y pueda situarse en esa vanguardia mundial en la que hoy habita Estados Unidos y en la que, en no muchos años, se encontrarán probablemente también dos gigantes: China e India.
 
Los padres de Europa –Adenauer, Monet, Schuman, De Gasperi–, cuando diseñaron el proyecto europeo en la década de los cincuenta no podían prever, como es lógico, los derroteros por los que marcharía el mundo en este siglo XXI que acaba de empezar. Pero si tuvieron la visión y la certeza de que la UE, para ser algo en el futuro, tendría que ser necesariamente un mercado único, más allá de las implicaciones políticas que conlleva. Por ello, lo incluyeron en el Tratado de Roma. Casi medio siglo después, ese mercado único sigue siendo una aspiración, no una realidad. Y, mientras tanto, Europa sigue perdiendo terreno frente a Estados Unidos. Es el estilo de cocina europeo: todo apariencia y poca sustancia.

El Sr. González es profesor de Economía de la Universidad Autónoma de Madrid. Comentarista político en el programa Es la Mañana de Federico, de esRadio. Miembro del panel de Opinión de Libertad Digital.

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