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Emilio J. González

Cruda realidad

Emilio J. González
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¿Puede convertirse el petróleo en el verdugo de la recuperación económica? En unos mercados que llevan más de un año en crisis nerviosa permanente, esa es la sensación que hay. De hecho, ha bastado con saberse que Al Qaeda, el grupo terrorista de Osama ben Laden, podría perpetrar atentados contra petroleros, para que el precio del crudo subiera de nuevo y rompiera la barrera de los 29 dólares por barril de brent. Pero quizá las cosas, aunque preocupantes, no sean tan dramáticas como los agoreros de la crisis económica las pintan. La cotización del crudo es el resultado de la interacción de la oferta y la demanda. Esta última es la que es, se conoce perfectamente y se sabe cómo va a evolucionar en los próximos años. Por este lado, por tanto, no hay sorpresas ni motivos de preocupación. En lo referente a la oferta, la OPEP está dispuesta a aumentar la producción, en un movimiento dirigido por una Arabia Saudí -bajo el punto de mira de Estados Unidos- que no quiere problemas con el gigante económico y militar norteamericano con quien hasta ahora mantenía relaciones razonablemente buenas. Y más oferta para la misma demanda significa menores precios. En consecuencia, éste tampoco es un motivo de preocupación.

El temor de los mercados es que la posible guerra con Irak provoque un desabastecimiento de crudo, no porque el régimen de Sadam Hussein dejara de exportar, puesto que apenas lo hace tanto por el embargo impuesto por EEUU tras la guerra del Golfo como por el déficit de equipos de extracción del país, sino porque otros Estados musulmanes podrían dejar de vender crudo a Occidente en castigo por una acción armada contra los iraquíes. Esa perspectiva, unida al temor a posibles atentados contra petroleros, es la que ha provocado las subidas de la cotización de crudo. Pero sean fundados o infundados esos temores, lo cierto es que las consecuencias de un precio más alto del “oro negro” ni son tan dramáticas como las de las crisis del petróleo de 1973 y 1979, ni sorprende a los países compradores sin recursos para hacer
frente a estas circunstancias.

Un informe del Institute for International Economics pone de manifiesto varias cosas interesantes en este sentido. En primer lugar, el documento estima que el impacto de una subida drástica del petróleo sobre las economías occidentales tiene que medirse en décimas de PIB, no en puntos, como sucedió en las dos crisis antes citadas. En segundo término, el texto considera que las consecuencias no serían especialmente significativas mientras el precio del barril no superase los 50 dólares. Hoy por hoy, los cálculos de los analistas apuntan a que la cotización del crudo, si hay guerra con Irak, o bien no sobrepasaría la barrera de los 50 dólares, nivel que alcanzaría de forma puntual, o bien se pasaría alrededor de un año en torno a los 30 dólares. El golpe, por tanto, no sería muy fuerte.

Por último, el informe señala que hay estrategias que permitirían compensar el impacto, como el aumento de las reservas estratégicas, la utilización de los futuros y el uso de los acuerdos de recompra, con el fin de evitar posibles situaciones de escasez. Tanto Estados Unidos como la Unión Europea están planteándose en estos momentos la articulación de esas estrategias. ¿Cuál es, entonces, el problema? Que todo esto se produce justo cuando se está gestando la tan esperada recuperación de la economía mundial. En estas circunstancias, un golpe al crecimiento, aunque su intensidad sea tan sólo de unas pocas décimas, se deja sentir. Pero tampoco hay que dramatizar en exceso porque más que volver a hundir en la crisis a la actividad productiva internacional, lo que pasaría es que se retrasaría la reactivación y las primeras etapas de la misma serían menos intensas de lo que ahora se estima. En resumen, hay motivos de preocupación, pero no son como para poner los pelos de punta.

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