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Emilio J. González

Cuando el liderazgo brilla por su ausencia

Al presidente del Gobierno lo que le preocupa es ser el más “social”, el más “guay” con los desfavorecidos, y todo esto de la crisis para él no es más que una seria contrariedad que le impide desarrollar esas políticas que tiene en mente.

Emilio J. González
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Lo del Gobierno me parece cada vez más esquizofrénico. El martes, el vicepresidente económico, Pedro Solbes, ya avanzó que la economía en el segundo trimestre creció por debajo del 0,3% en términos intertrimestrales. Pero no solo eso, también dijo que lo peor llegará a finales de 2008 y principios de 2009 y que la economía no empezará a recuperarse hasta 2010. Pues casi más claro, agua. Si con un crecimiento prácticamente nulo en estos momentos, según dice Economía, todavía no hemos visto lo peor, ya podemos prepararnos porque la recesión está servida. Eso es lo que entiende hasta el más común de los mortales. Zapatero, sin embargo, no.

En su última comparecencia ante el Congreso de los Diputados, a petición de todos los grupos políticos de la oposición para que hable de la situación económica, el presidente del Gobierno no solo ha vuelto a realizar un ejercicio de estilismo lingüístico para evitar pronunciar la palabra crisis, sino que ha reconocido dificultades serias pero, ha afirmado, que no habrá recesión. Pues bien, ¿cómo se puede decir semejante cosa cuando quien más sabe de economía en el Ejecutivo, quien tiene todos los datos y análisis, está diciendo lo contrario?

Podría resultar hasta comprensible que Zapatero se pase los dos próximos años sin pronunciar la palabra crisis y ofrezca a sus señorías, a los periodistas y a los ciudadanos en general todo un amplio abanico de expresiones que sean sinónimos de crisis, ya que como durante la campaña electoral negó la existencia de la misma, por activa y por pasiva, decir que hay crisis sería reconocer que faltó a la verdad. A estas alturas, el que el presidente del Gobierno se resista a llamar a las cosas por su nombre resulta ya casi anecdótico si no fuera por las implicaciones que eso tiene. Y entre ellas se encuentra la más importante de todas.

Obviamente, para salir de la crisis, y salir pronto y bien, hay que tomar medidas que no son fáciles, pero sí son de sobra conocidas. Una política de esta naturaleza exige una enorme capacidad de liderazgo desde la Presidencia del Gobierno, que involucre no sólo a todos los ministerios y organismos oficiales, sino también a las comunidades autónomas, que tantas competencias tienen en materias clave como la vivienda o el comercio, a los agentes sociales y, en general, a todos los segmentos de la sociedad. Esas medidas exigen sacrificios pero la sociedad sólo los aceptará si hay liderazgo.

Así lo hizo José María Aznar cuando tuvo que asumir un reto tan importante como conseguir en menos de dos años que España cumpliera los criterios de convergencia que daban el pasaporte para el euro, con una situación de partida muy complicada. Así actuó también Felipe González cuando tuvo que acometer medidas tan drásticas como la reconversión industrial o la libre flotación de la peseta. Sólo los líderes son capaces de conseguir semejantes resultados porque asientan su liderazgo en la verdad, en admitir las cosas como son, en tener el valor de afrontar políticas difíciles y en saber decírselo a la sociedad para que ésta las acepte. Zapatero no, pero porque no quiere.

Al presidente del Gobierno lo que le preocupa es ser el más “social”, el más “guay” con los desfavorecidos, y todo esto de la crisis para él no es más que una seria contrariedad que le impide desarrollar esas políticas que tiene en mente. ¿Recuerdan como, durante los debates televisados, acusaba a Rajoy de no tener política social? Esa crítica refleja perfectamente sus opiniones, sus intereses, sus prioridades y su forma de ser. No obstante, en estos momentos lo más social es mantener el empleo y hacer todo lo posible por frenar la sangría del paro, cuyos últimos datos, los de junio, un mes en el que habitualmente se crean puestos de trabajo, reflejan un incremento de 32.000 desempleados. Eso es auténtica política social porque cuando la gente tiene empleo, puede vivir con cierto desahogo; cuando carece de él, todo son problemas, no sólo económicos sino también de otros tipos, incluidos los personales. Lo demás, en el mejor de los casos, son medidas de cara a la galería y, en el peor, como ahora, una forma de agravar los problemas.

Pero Zapatero, erre que erre, sigue empeñado en lo mismo y confía en que el petróleo y los alimentos den un respiro para no tener que hablar de crisis y para que las cosas no se pongan peor. Ese respiro, sin embargo, probablemente no se va a producir. La FAO dice que la crisis alimentaria se extenderá hasta 2012 y la Agencia Internacional de la Energía calcula que la del petróleo no remitirá hasta 2013. Solbes sabe que este es el escenario más probable y por eso se desmarca poco a poco, pero cada día más, de la línea de Zapatero puesto que sabe por experiencia propia lo que significa no hacer lo que hay que hacer. El presidente del Gobierno, en cambio, sigue soñando con que las dificultades actuales se van a superar pronto y bien. ¿Qué más necesita para entender que hay crisis y que, con su combinación con una inflación rampante, puede ser bastante grave? ¿Para qué quiere su flamante Oficina Económica de la Presidencia del Gobierno si ésta no es capaz de abrirle los ojos a la realidad? Esto parece un sueño de locos, una pesadilla inimaginable.

El Sr. González es profesor de Economía de la Universidad Autónoma de Madrid. Comentarista político en el programa Es la Mañana de Federico, de esRadio. Miembro del panel de Opinión de Libertad Digital.

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