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Emilio J. González

Declive sindical

Emilio J. González
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Los sindicatos españoles no sólo han perdido el norte; también se han dejado por algún sitio el sentido de la realidad. Primero se negaron a discutir con el Gobierno la reforma del desempleo para acusarle después de prepotencia y de falta de talante dialogador. Luego convocaron una huelga general que se cerró con un sonoro fracaso y ellos insisten en que fue todo un éxito porque el país se paralizó, cosa que no vio nadie por ningún sitió. Y ahora exigen discutir cara a cara con el presidente del Ejecutivo, José María Aznar, el contenido de la última reforma laboral como si ellos tuvieran la misma representatividad y los mismos apoyos que un Gobierno elegido democráticamente con más de diez millones de votos tras de sí. UGT y Comisiones Obreras dan la sensación de que han perdido los papeles.

El Gobierno, en todo lo relativo a la reforma del desempleo, no ha menospreciado a los sindicatos. Por el contrario, les presentó el proyecto y les invitó a negociarlo, pero las centrales se negaron a ello y rechazaron de plano las medidas del Ejecutivo. Primer error, porque el Gobierno está para gobernar, no unos sindicatos que ni concurren a las elecciones generales ni son depositarios en modo alguno de la soberanía popular ejercida en las urnas y articulada en el Parlamento.

Los sindicatos, sin embargo, no quieren entender este punto e insisten tanto en imponer sus tesis como en negociarlas de tú a tú con Aznar. Segundo error. La misión del presidente del Gobierno no es esa. Para eso están los ministros y el vicepresidente económico y, como es lógico, Aznar los ha remitido a los miembros de su Gobierno con competencias para tratar con Méndez y Fidalgo. Es el camino lógico y lo demás es desvirtuar la labor del Ejecutivo y dar a UGT y CCOO una fuerza y una representatividad de las que carecen. Aznar, por tanto, no se ha dejado coger en la trampa que le pretendían tender unos sindicatos que siguen creyendo que estos son los tiempos de la transición cuando podían poco menos que hacer y deshacer a sus anchas e imponer sus criterios a toda la sociedad. Pero esos tiempos han quedado atrás, la sociedad ha madurado y no se deja manipular ni enredar en juegos políticos por quienes pretenden gobernar sin obtener su poder en las urnas.

UGT y CCOO alegan, sin embargo, que sus peticiones las respaldan los millones de personas que hicieron huelga el 20-J. Tercer error. Es cierto que ese día hubo mucha gente que no acudió a trabajar, pero el número de los que estuvieron en su puesto de trabajo fue todavía mayor. Si a ello se une el número de los que no pudieron ejercer su derecho al trabajo porque se lo impidieron el paro en el transporte, los mal llamados piquetes informativos o, simplemente, porque los suministradores de las empresas que los contratan no iban a trabajar y, por tanto, ellos tampoco pudieron hacerlo, la cifra de los que secundaron la huelga cae todavía más. Sin embargo, los sindicatos insisten en todo lo contrario y pretenden imponer a la mayoría los deseos de una minoría.

Con todos estos errores a sus espaldas, los sindicatos pretenden atribuirse una representatividad de la que carecen y quieren embarcarse en una operación de desgaste político del Gobierno y de su presidente, José María Aznar, cuando esa no es ni su misión ni su razón de ser. En un mundo moderno, los sindicatos están para defender de verdad los derechos y los intereses de los trabajadores y de los parados, aunque UGT y CCOO sólo se acuerdan de los segundos como recurso retórico. Esa defensa pasa por ayudarles a encontrar empleo y a mejorar su nivel de vida, asesorarles en materia laboral y colaborar con ellos en su adaptación al mundo de la globalización y de la Nueva Economía. Sin embargo, en España siguen siendo unos sindicatos reivindicativos y politizados, a la antigua usanza del siglo XIX y primeros años del XX, y, como tales, se han vuelto a meter en política para tratar de derribar al Gobierno del PP y facilitar el retorno al poder del PSOE. Al pedir ser recibidos por Aznar, pretenden jugar un juego para el que ya no hay tablero, ni fichas, ni dados y, como es lógico, Aznar no se ha dejado coger en la trampa y les ha remitido a quienes les tiene que remitir. Esa es la realidad, les guste o no a Méndez y Fidalgo y mientras no sean conscientes de ella, el declive sindical continuará imparable, en favor de unas ONG que saben captar mucho mejor que ellos el interés y la adhesión de la sociedad.

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