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Emilio J. González

El absurdo de Europa

Hasta ahora, Europa se construía a base de dinero público, de los presupuestos comunitarios, de intentos de articular a través de los mismos políticas a escala europea de solidaridad interterritorial e integración del espacio físico, económico y social.

Emilio J. González
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Dice el refrán que a perro flaco todo se le vuelven pulgas. Más o menos es lo que le sucede a España con la dinámica en la que han entrado las perspectivas financieras de la Unión Europea 2007-2013, esto es, los presupuestos comunitarios para dicho periodo, tras el rechazo que acaban de sufrir por parte del Parlamento Europeo. Si el resultado de la reciente cumbre de Bruselas, en la que se negociaron dichas perspectivas, ya fue de por sí malo para nuestro país, las cosas acaban de empeorar porque la negativa de la Eurocámara a dar el visto bueno a lo acordado por los líderes comunitarios deja para 2006 la aprobación definitiva del proyecto. Esto implica que las cuentas se harán con las cifras de 2005 que, muy probablemente, dejarán a Galicia y Castilla-La Mancha fuera de las ayudas destinadas a las regiones Objetivo Convergencia, es decir, aquellas con una renta inferior al 75% del promedio comunitario. Y, para entonces, no es previsible que las cosas vayan a cambiar sustancialmente para nuestro país en cuanto al resultado de la cita de Bruselas porque nadie quiere poner más dinero ni perder lo que ya ha conseguido, por poco que sea.

El problema de fondo es que el proyecto de construcción europea ha entrado en una fase absurda, en la que lo mejor que se puede hacer es pararse un momento a reflexionar sobre qué Europa queremos porque, de lo contrario, seguiremos asistiendo a nuevos ejemplos de crisis del mismo, como el rechazo del Parlamento Europeo a las perspectivas financieras. Hoy por hoy, la Unión Europea no sabe hacia dónde va. La UE, de entrada, se enfrenta a un problema de definición. Hasta ahora, Europa se construía a base de dinero público, de los presupuestos comunitarios, de intentos de articular a través de los mismos políticas a escala europea de solidaridad interterritorial e integración del espacio físico, económico y social. Pero ese modelo ya no sirve porque los países que hasta ahora más esfuerzo financiero han realizado para lograr los fines propuestos han dicho basta. Y lo han hecho en un momento en el que, según la filosofía que hasta ahora ha dominado la construcción europea, hacen falta más gastos que nunca para acometer el desafío de la ampliación. Sin embargo, nadie quiere poner más dinero.

El Parlamento Europeo, en cambio, insiste en que son necesarios más recursos y más gastos y, por ello, ha devuelto el proyecto de perspectivas financieras a los líderes comunitarios quienes, directamente responsables de sus decisiones ante los ciudadanos de sus respectivos países, no están dispuestos a pedir a los contribuyentes más esfuerzos para seguir construyendo una Unión Europea a la que perciben como algo muy lejano y sin que entiendan por qué hay que ir más lejos de donde se ha llegado hasta este momento. La crisis de respaldo social al proyecto, por tanto, es más que evidente y junto a ella aparece una segunda crisis, de un calado igual de profundo, la crisis institucional, bajo la forma del enfrentamiento entre la Eurocámara y los líderes políticos nacionales, la primera que quiere más gasto y los segundos que se niegan.

En estas circunstancias, la cuestión relevante deja de ser, por irónico que parezca, cuánto dinero va a gastar la Unión Europea en el periodo 2007-2013 para convertirse en qué Europa queremos, hacia dónde queremos avanzar y cual es el modelo institucional del que queremos dotarnos. Porque lo que no tiene sentido es que si el poder sigue, en esencia, en manos de los presidentes de Gobierno y primeros ministros de los Estados miembros, el Parlamento Europeo tenga la capacidad de vetar una decisión de tanta trascendencia como las perspectivas financiaras; como tampoco lo tiene que si la UE quiere seguir avanzando por la misma senda que hasta ahora no se produzca un equilibrio de poderes entre el legislativo, representado por la Eurocámara, y esa especie de Gobierno europeo que son, en el fondo, las cumbres europeas que reúnen cada seis meses a los líderes políticos de la UE.

Hoy, por tanto, ha llegado el momento de pararse a pensar qué Europa tenemos. Ya contamos con un mercado más o menos único y con una divisa común para doce de los veinticinco miembros de la UE, a la que se incorporarán en el futuro los diez nuevos miembros que se adhirieron en la última ampliación. Pero si, como parece, no queremos seguir avanzando hacia la construcción de un verdadero Estado europeo, que es el fin último de la instauración del euro y del Banco Central Europeo, entonces tendremos que detenernos a hacer ese ejercicio de reflexión sobre el modelo y el futuro de Europa que venimos aplazando desde la caída del comunismo y el cambio drástico de coordenadas que dicho fenómeno produjo.

El Sr. González es profesor de Economía de la Universidad Autónoma de Madrid. Comentarista político en el programa Es la Mañana de Federico, de esRadio. Miembro del panel de Opinión de Libertad Digital.

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