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Emilio J. González

El suicidio de los sindicatos

Si los sindicatos no van contra el Gobierno no van a encontrar respaldo alguno y semejante fracaso, a estas alturas, podría equivaler a un suicidio político.

Emilio J. González
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Pocas veces en política se puede asistir a un espectáculo como el que están deparando los sindicatos estos días. Encerrados en su propia tozudez, UGT y CCOO obreras no se percatan de que su insistencia en la huelga general del 29-S puede conducirles al más absoluto desastre; les falta la cintura necesaria para dar marcha atrás en una maniobra que, de salirles mal, como parece que va a suceder, podría llevarles al suicidio.

Méndez y Toxo se han empeñado en convocar una huelga general y seguir adelante con ella, contra viento y marea, sin explicar en realidad a los españoles el porqué de su llamada al paro; y, como es lógico, no encuentran apoyos entre la población por más que se esfuercen en buscarlos hasta debajo de las piedras. Ese es su primer error porque no están diciendo cuáles son las razones por las que, después de tres años de dura crisis y de destrucción masiva de empleo, deciden salir ahora a la calle, en lugar de haberlo hecho con anterioridad, cuando ya se veía claramente la que se nos estaba viniendo encima. Entonces permanecieron callados porque no querían enfrentarse con ese Gobierno que les ha enganchado con firmeza a la teta del Estado, de la cual maman y maman ingentes subvenciones, y optaron por permanecer en silencio porque poderoso caballero es don dinero, cuando toda la sociedad ya estaba clamando a grito pelado contra los responsables de la difícil situación en que nos encontramos en estos momentos. De la boca de los sindicatos, sin embargo, no salió entonces protesta alguna, pese a que el paro subía a la velocidad de un cohete; su boca se encontraba bien amordazada por las enormes cantidades de dinero público que Zapatero estaba vertiendo en sus bolsillos y ocurrió lo que tenía que suceder, que la población empezó a darles la espalda, a darse cuenta de lo irrelevantes que en realidad son, a percatarse de que su papel en la sociedad es, en buena medida, un mero artificio. Han empezado las bajas en masa: ni más ni menos que 270.000 afiliados en los últimos doce meses. Ahora, sin embargo, quieren demostrar que están al lado de la gente, convocando una huelga general después de haber dado la espalda a los millones de personas que han perdido su trabajo y hasta el derecho a la prestación por desempleo, a los cientos de miles que aún pueden verse cualquier día en la calle y a esos otros millones que han visto o pueden ver recortado su salario. Pero como todo pecado lleva su penitencia, la sociedad está ahora castigando a los sindicatos con su desdén más absoluto, una sociedad que considera que este no es precisamente el momento de embarcarse en una huelga general.

Los sindicatos, además, siguen en sus trece. Lejos de pedir cuentas al Gobierno de Zapatero por sus responsabilidades en el destrozo de la situación económica y laboral, que las tiene, y muchas, UGT y CCOO cargan las tintas contra quien menos tiene que ver y más sufre las consecuencias de lo que está pasando, o sea, las empresas; como si aquí ninguna de ellas hubiera ido a la quiebra o esté en muy serias dificultades, como si se dedicaran a despedir empleados poco menos que por puro placer y para que sus accionistas sigan llenándose los bolsillos a manos llenas a costa de los trabajadores, en la más pura tradición retórica marxista que tanto les inspira. ¿Pero no decían que era socialmente injusto bajar el sueldo a los funcionarios y congelar las pensiones? ¿No estaban en contra de la reforma laboral? Pues eso es cosa del Ejecutivo de ZP y es a él a quien hay que pedirle cuentas. Los sindicatos, sin embargo, no se atreven a hacerlo, quizá porque quien habita actualmente en La Moncloa dice ser de izquierdas, quizá también, y muy probablemente, porque saben perfectamente que no se debe morder la mano de quien les da de comer, sobre todo cuando lo hace de forma tan generosa y cuando las centrales sindicales tienen tanto apetito por esos dineros. Eso sí, cuando se trata de huelgas políticas, como la que le montaron a Esperanza Aguirre en el metro de Madrid, les falta tiempo para salir a la calle.

Por supuesto, nada de esto le pasa desapercibido a la sociedad, como tampoco se le pasa por alto que nuestros sindicatos no han hecho ni están haciendo nada por los millones de personas que se han quedado sin trabajo. Por más balones de playa que hayan regalado este verano convocando a la huelga, por más avionetas que han sobrevolado el litoral español con anuncios llamando al paro general, por más videos cutres que emitan, como el de Chikilicuatre, a estas alturas aquí nadie se deja engañar. ¿Qué harán entonces para tratar de que su huelga triunfe? ¿Usar y abusar de los mal llamados piquetes informativos para imponer por la fuerza lo que no van a conseguir de otra manera? Mal asunto para ellos si optan por esta vía, porque solo van a conseguir aumentar el rechazo que la sociedad ya siente por ellos.

Lo más lógico, en consecuencia, sería que dieran marcha atrás y dejaran las cosas como están, porque ni estos son momentos de hacer una huelga general, ni el previsible fracaso con que se puede saldar la convocatoria va a salirles gratis. La cuestión es si alguien en UGT o CCOO son capaces de entender que por muy irritados que estén los españoles con la situación económica y laboral, si los sindicatos no van contra el Gobierno no van a encontrar respaldo alguno y semejante fracaso, a estas alturas, podría equivaler a un suicidio político. Por cierto, y hablando de fracasos, si éste se produce, ¿a quién le van a pedir responsabilidades los afiliados? Porque los demás españoles ya lo tienen claro.

El Sr. González es profesor de Economía de la Universidad Autónoma de Madrid. Comentarista político en el programa Es la Mañana de Federico, de esRadio. Miembro del panel de Opinión de Libertad Digital.

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