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Emilio J. González

Esto no es 1929

Hoy, si quiebran bancos, aparecen enseguida otros con capacidad para adquirir sus activos. Es lo que el lunes hizo Citigroup con Wachovia o el fin de semana pasado JP Morgan con Washington Mutual

Emilio J. González
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Desde que la crisis financiera internacional empezó a recrudecerse hace dos semanas con la quiebra de Lehman Brothers, los catastrofistas y los enemigos de la libertad de mercado han querido ver en la problemática actual de los mercados un paralelismo con el crack bursátil de octubre de 1929, con el fin de atacar los postulados liberales en materia de economía. La fuerte caída que registró Wall Street el pasado lunes, ante la decepción de los mercados financieros por la negativa de la Cámara de Representantes a aprobar el plan de rescate de la banca diseñado por la Administración Bush, dio nuevos bríos a quienes quieren ver en el liberalismo la madre de todos los males del mundo. Titulares del tipo "El Dow Jones registra la mayor caída en puntos de su historia" abundaron por doquier, dando nuevos argumentos a quienes tanto interés tienen por invocar el fantasma del 29 con fines maniqueos. Sin embargo, 2008 no es 1929, por mucho que se empeñen en todo lo contrario quienes, con este tipo de afirmaciones y las opiniones que derivan de ellas, tratan de acabar con la libertad económica y promover el intervencionismo estatal más rancio y denostado.

Evidentemente, la caída de 777,68 puntos registrada por Wall Street es la mayor de su historia medida de esta forma, pero en términos porcentuales fue tan solo del 6,8%. Y es que no es lo mismo que semejante recorte se produzca desde el nivel de los 11.000 puntos que tenía entonces el Dow Jones que desde los 380 puntos de octubre de 1929. Si no se tiene en cuenta este hecho, las conclusiones que se extraen de lo acontecido el lunes son tan tremendistas como equivocadas. Por eso hay que ver las cosas desde otra perspectiva y lo que pasó el 29 de septiembre en Wall Street no tiene nada que ver con la caída del 29 de octubre de 1929, el famoso martes negro, cuando el Dow Jones perdió casi el doble que el pasado lunes en términos porcentuales. Que dicha caída no se contagiara a los mercados europeos en la apertura del martes pone de manifiesto hasta qué punto se ha exagerado la interpretación de los acontecimientos.

Además de las diferencias cuantitativas, hay que atender a las cualitativas, que son muchas y muy importantes. En el desplome de Wall Street del lunes tienen mucho que ver las ventas masivas de quienes apostaban por la aprobación del plan de rescate y vieron sus expectativas defraudadas, lo que les llevó a vender en masa, amplificando así la caída del Dow Jones. Asimismo, con o sin plan de rescate, lo cierto es que hoy en día el sistema financiero estadounidense se encuentra en mejor posición para afrontar la crisis que en 1929. Hoy, si quiebran bancos, aparecen enseguida otros con capacidad para adquirir sus activos. Es lo que el lunes hizo Citigroup con Wachovia o el fin de semana pasado JP Morgan con Washington Mutual. Incluso hay quien se puede permitir el lujo de quedarse con todo el banco, como hizo Bank of America con Merrill Lynch o de adquirir importantes paquetes accionariales que ayuden a reflotarlo, como el de 5.000 millones de dólares en acciones de Goldman Sachs adquirido por Warren Buffett. En 1929 los bancos tenían tan poca capacidad de maniobra que ni siquiera los pocos que estaban saneados tuvieron la capacidad de salvar a los que se veían arrastrados por el huracán, a pesar del fondo de intervención que crearon.

En 1929, la crisis se extendió como un reguero de pólvora por el conjunto del sistema financiero porque entonces no había separación alguna entre la banca al por menor, la tradicional, y la banca de inversión. Dicha separación vino impuesta posteriormente por Franklin D. Roosvelt, como una de las medidas para afrontar los pánicos bancarios de la década de los 30. Dicha separación sigue en vigor y no sólo actúa como cortafuegos de la crisis, sino que gracias a ella la banca tradicional no se ha visto muy contaminada por la crisis y ha podido embarcarse en operaciones de salvamento de la banca de inversión. Además, por entonces, la supervisión que ejercía la Reserva Federal sobre la banca tradicional dejaba bastante que desear; hoy es mucho más rigurosa que entonces para esa rama del negocio bancario aunque, por desgracia (y esta es una de las causas de la crisis) cuando se trata de la banca de inversión, que siempre se resistió con uñas y dientes al regulador, ésta deja mucho que desear y tiene que mejorarse a todas luces.

A diferencia de 1929, aquí la FED no ha cometido el error de restringir la liquidez sino todo lo contrario. El problema es que el dinero, aunque lo hay, no circula porque nadie se fía de nadie en el sector bancario. A medida que se vaya restaurando la confianza, esa liquidez aflorará y la crisis empezará a remitir.

Por último, y en cuanto al impacto sobre la economía real de la crisis financiera, es cierto que cuanto más se prolongue ésta, mayores son las posibilidades de que Estados Unidos entre en recesión, pero las diferencias con 1929 vuelven a ser evidentes. Entonces, las caídas de Wall Street se produjeron con los primeros síntomas de desaceleración económica; es decir, la crisis económica ya estaba llegando. Ahora la crisis financiera ha estallado con la economía estadounidense en expansión, con fuertes tasas de crecimiento.

En 1929, la escasa amplitud del mercado neoyorkino, la estrecha vinculación entre la banca y la industria, el bajo grado de diversificación de la economía estadounidense y el mal estado de la economía mundial, que se vino abajo tras la Primera Guerra mundial a causa tanto de la ruptura del gran mercado que suponía el Imperio Austrohúngaro (despedazado por los vencedores), como del resurgir en toda Europa de los nacionalismos proteccionistas, dieron lugar a que la crisis bursátil se trasladara a una economía real ya en dificultades. Ahora, el mercado americano es muy ancho y las vinculaciones entre banca e industria son mucho menos estrechas, con lo cual, una caída de la primera no arrastra necesariamente a la segunda. La economía norteamericana está mucho más diversificada, con un muy potente sector servicios que entonces no existía y la globalización permite que la demanda de otros países pueda ayudar a Estados Unidos a salir adelante, y pronto.

Esto no quiere decir que los norteamericanos puedan escapar de la crisis. Todo lo contrario. Las pérdidas en la Bolsa afectan a los consumidores, que ven reducida su riqueza y, por tanto, tenderán a ahorrar más, mientras las empresas se enfrentan a posibles problemas de financiación, todo lo cual contribuye a deprimir la economía. Pero una cosa es eso y otra muy distinta que estemos a las puertas de una nueva Gran Depresión porque las circunstancias, hoy por hoy, son muy distintas a las de 1929. Y ello con independencia de que al sector bancario estadounidense todavía le quede vía crucis por recorrer o de que la Administración Bush consiga o no sacar adelante su plan de rescate.

El Sr. González es profesor de Economía de la Universidad Autónoma de Madrid. Comentarista político en el programa Es la Mañana de Federico, de esRadio. Miembro del panel de Opinión de Libertad Digital.

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