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Emilio J. González

Garoña, la tumba de Zapatero

A Zapatero se le ha pillado tratando de justificar lo injustificable con argumentos falsos, manipulados a su antojo para que cuadrasen con lo que él quería. Esto sí que lo han entendido perfectamente los españoles

Emilio J. González
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En muchas ocasiones, no son los grandes problemas ni las grandes cifras macroeconómicas las que acaban con un líder político y provocan un vuelco electoral, sino los casos más pequeños, aunque muy significativos. El cierre de la central nuclear de Santa María de Garoña, en este sentido, puede ser el verdadero principio del final de Zapatero, lo que hasta ahora no ha conseguido ni la crisis económica ni la carrera del desempleo hacia los cinco millones de parados.

Una parte de la sociedad muchas veces no alcanza a comprender la naturaleza de una crisis económica ni del desempleo que la acompaña. Zapatero lo sabe y viene valiéndose de ello desde hace tiempo para eludir sus responsabilidades políticas en torno a la crisis y al paro, que ya alcanza cifras de verdadero escándalo. A fin de cuentas, eso son complejidades macroeconómicas y a Zapatero le basta con decir que la culpa de todo es de las políticas de George W. Bush y de los codiciosos banqueros para conservar la confianza de buena parte de sus electores. Así son las cosas de la demagogia y de las medias verdades, porque es cierto que los banqueros internacionales son responsables de la crisis financiera mundial y que la Reserva Federal estadounidense no ha actuado, ni mucho menos, como cabría esperar de ella. Pero también lo es que en España la crisis tiene nombres y apellidos, que se los ponen los promotores inmobiliarios y los dirigentes políticos de bastantes cajas de ahorros. Sin embargo, eso no es tan fácil de comprender y, además, muchos prefieren quedarse con la copla errónea de que todo es culpa del capitalismo de ambiciones desmedidas y ahí queda todo porque es lo que le pone a su forma de pensar. Es con lo que juega ZP. Incluso todavía los hay que se creen eso de que los impuestos especiales sobre el tabaco y los hidrocarburos han subido por el bien de los españoles: el del tabaco para mejorar su salud fumando menos; el de los hidrocarburos, para mejorar el medio ambiente contaminando menos porque se consumirá menos gasolina. Y es que, al final, cada uno se cree lo que quiere.

Con lo de Garoña, sin embargo, las cosas son bien distintas. Aquí casi todo el mundo comprende que la energía nuclear es la más barata de todas, frente al resto de alternativas, y que lo que pretende Zapatero con las energías renovables le va a repercutir a todo el mundo directamente en el bolsillo, cosa a la que nadie está dispuesto. Los ciudadanos consideran que ya pagan mucho por la factura de la luz y ahora van a tener que enfrentarse a una nueva subida del recibo eléctrico si el presidente del Gobierno sigue empeñado en cerrar nucleares y promover las carísimas energías renovables, cuando lo que tenía que hacer es establecer nuevos planes para aumentar el parque de nucleares. Incluso hasta la UGT, tan servil con Zapatero como un perrito fiel, en esto le lleva la contraria.

Garoña, en sí misma, no es importante. Apenas aporta el 1% del total de electricidad que se produce en España. Sin embargo, la central burgalesa es un símbolo que representa a la perfección la política energética de Zapatero, que no de los socialistas porque muchos están en contra de él en este tema. Y esa política es, ni más ni menos, que la de cerrar todas las centrales nucleares porque sí, porque quiere, por ideología trasnochada. No obstante, aquí todo el mundo sabe que no hay razones técnicas para ello, que el Consejo de Seguridad Nuclear respalda la ampliación de la vida útil de Garoña por otros diez años y que por todas partes los países avanzados están volviendo a la energía nuclear, si no lo han hecho ya. Zapatero, por tanto, se encontró de repente cogido en este asunto por una opinión pública mayoritaria abiertamente contraria a sus planes. Sin embargo, en lugar de rectificar, no se le ocurrió nada mejor que comparecer ante las cámaras de televisión con toda una serie de falsedades para justificar su postura, falsedades que desmintió Nuclenor, la empresa propietaria de Garoña, cuyos argumentos han difundido prácticamente todos los medios de comunicación. Como botón de muestra sirva, por ejemplo, que ZP dijo que sólo se había ampliado la vida útil de una central en todo el mundo, cuando sólo en Estados Unidos ya hay 18 que tienen licencia para hacerlo. O que sólo Finlandia estaba construyendo una nueva central cuando prácticamente todos los países de Europa occidental, así como Estados Unidos y Japón, si no lo están haciendo ya, están tranzando sendos planes en este sentido.

En resumen, a Zapatero se le ha pillado tratando de justificar lo injustificable con argumentos falsos, manipulados a su antojo para que cuadrasen con lo que él quería. Esto sí que lo han entendido perfectamente los españoles, al igual que el despropósito que supone empezar a cerrar nucleares porque sí, por capricho ideológico, por antojo progresista. Y esto implica, ni más ni menos, que a muchos ciegos, porque no querían ver, se les empiezan a abrir los ojos respecto a quien nos gobierna y a como lo hace. El paro puede que no acabe políticamente con ZP; Garoña, sin embargo, puede convertirse en su tumba.

El Sr. González es profesor de Economía de la Universidad Autónoma de Madrid. Comentarista político en el programa Es la Mañana de Federico, de esRadio. Miembro del panel de Opinión de Libertad Digital.

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