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Emilio J. González

La construcción marca las diferencias

Lo que está pasando con la construcción, y sus consecuencias sobre el crecimiento y el empleo, es un aviso claro de esa necesidad de reformas y un ejemplo concreto de cuán diferentes son las cosas respecto de 1993.

Emilio J. González
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Recientemente, Eurostat, la oficina de estadísticas de la Unión Europea, publicó los datos de crecimiento económico en la UE correspondientes al primer trimestre de 2008. Las cifras reflejaban una realidad incuestionable: España pasó de liderar el crecimiento de la UE en 2007 a colocarse en uno de los últimos lugares a principios de este ejercicio y va camino de llegar a ser pronto el farolillo rojo de los europeos. Hoy ya se conoce, también a través de las estadísticas de Eurostat, uno de los principales motivos de ese mal comportamiento, de esa diferencia entre España y la Unión Europea: el desplome de la construcción. De acuerdo con Eurostat, el sector cayó en abril el 21,8% interanual en España, frente a una contracción de tan solo el 2,4% en la zona euro.

Estos números no sólo reflejan el comportamiento diferencial de la economía española respecto a nuestros socios europeos, sino también la magnitud de la crisis en la que está entrando nuestro país, por mucho que el Gobierno se niegue a utilizar ese término, así como las diferencias con crisis anteriores, sobre todo la de 1993, a la que ya muchos miran como referente, unos para tratar de averiguar qué puede pasar a partir de ahora y otros para no verse obligados a referirse a que aquí las cosas ahora pueden ser mucho peores que hace quince años.

No todas las crisis son iguales, y entre la actual y la de 1993 hay muchas diferencias, por desgracia no para bien en estos momentos. Por entonces, el paro se disparó hasta el 24%, hubo cuatro trimestres consecutivos de caída del crecimiento, el déficit público llegó hasta el 6,7% del PIB y los tipos de interés a tres meses superaron el 90% mientras que los del bono a 10 años sobrepasaron el 11%. Hoy, probablemente, no se alcancen cifras tan altas porque la economía es más flexible gracias a las reformas estructurales que se llevaron a cabo con los Gobiernos del PP y a que España pertenece a la zona euro. Pero el hecho de que el desastre económico que se avecina no vaya a verse reflejado en cifras de semejante magnitud no quiere decir que la cosa no vaya a ser grave. Por el contrario, puede serlo más que hace quince años.

De entrada, durante la crisis de 1993 se produjeron cuatro devaluaciones de la peseta, lo que ayudó en gran medida a producir el ajuste de la economía. Ahora, en cambio, España no puede devaluar porque comparte la misma moneda, el euro, con otros doce países de la Unión Europea. En consecuencia, toda la carga del ajuste va a recaer sobre la producción y el empleo. En segundo término, entonces no se produjo ningún evento parecido al del estallido de la burbuja inmobiliaria, un fenómeno que va a lastrar el comportamiento de la economía española en los próximos años, de acuerdo con los informes de la mayor parte de los analistas.

La crisis de 1993 tampoco vino motivada por algo como lo que está sucediendo en estos momentos, esto es, el fuerte encarecimiento del petróleo y los alimentos, un proceso que está disparando la inflación y que va a obligar al Banco Central Europeo a subir los tipos de interés, cuando hace quince años los bancos centrales pudieron empezar a bajarlos en seguida para combatir la crisis. Ni tampoco tuvo que ver con una crisis financiera internacional como la que se desató el año pasado como consecuencia de las hipotecas de alto riesgo en Estados Unidos, una crisis que ha provocado una seria escasez de crédito. Para colmo de males, estos movimientos de precios, inflación y tipos coinciden con los máximos históricos de endeudamiento familiar, con lo que cada subida de precios o de tipos agrava la situación económica de los hogares y frena su capacidad de consumo.

Todo esto, que no se produjo en 1993, hace que la crisis actual sea más grave y que la salida de la misma no se vaya a demorar un solo año, como sucediera entonces; la economía empezó a remontar el vuelo en 1994. Ahora ni se puede devaluar, ni hay un motor del crecimiento como la construcción ni se puede esperar mucho del consumo por culpa de los tipos de interés, el endeudamiento familiar y los precios de las materias primas. Así es que quien pretenda interpretar la crisis de 1993 como un reflejo de la actual, para evitar ser catastrofista, está bastante equivocado.

Un último apunte. Tras la recesión de 1993, los diversos Gobiernos de España empezaron a diseñar reformas estructurales. Incluso bajo Solbes como ministro de Economía se llegó a aprobar una reforma laboral, en 1994, aunque el gran empujón a las reformas se dio a partir de 1996. Ahora, en cambio, ni se hace nada, ni se prepara nada, ni parece que haya la menor intención de hacerlo cuando, dada la naturaleza de la crisis, esas reformas son más necesarias que nunca para superar pronto las dificultades. Lo que está pasando con la construcción, y sus consecuencias sobre el crecimiento y el empleo, es un aviso claro de esa necesidad de reformas y un ejemplo concreto de cuán diferentes son las cosas respecto de 1993.

El Sr. González es profesor de Economía de la Universidad Autónoma de Madrid. Comentarista político en el programa Es la Mañana de Federico, de esRadio. Miembro del panel de Opinión de Libertad Digital.

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