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Emilio J. González

La contradicción francesa

Emilio J. González
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Francia es un país en el que el intervencionismo sobre la economía está muy arraigado en su cultura. Da igual que gobierne la derecha o la izquierda; el Gobierno siempre se entromete en la vida de los negocios, con matices según el color del partido que domine la Asamblea Nacional, aunque los tonos suelen ser más intensos cuando quien ocupa el poder es el Partido Socialista. Esta semana hemos tenido la última prueba.

El pasado martes, el Ejecutivo de Lionel Jospin aprobó una nueva legislación que endurece las condiciones para que las empresas puedan reestructurar su plantilla, entre ellas la duplicación de la indemnización por despido. Las medidas son fruto del enfado de Jospin y su equipo por la decisión de la cadena británica de grandes almacenes Mark’s & Spencer de cerrar todos sus centros fuera del Reino Unido con el fin de reestructurar sus actividades. Al Gobierno galo no le ha gustado nada este hecho y ha respondido con una rapidez inesperada y una dureza inusual inspirada más por una reacción visceral que por el sentido común. Y, como es lógico, los empresarios han puesto el grito en el cielo.

El Gobierno francés pretende, con ello, que no se pueda repetir este caso, con el fin de preservar, en la medida de lo posible, los puestos de trabajo en las empresas añadiendo todavía más trabas a las ya existentes a los procesos de reestructuración. A corto plazo, la estrategia del equipo de Jospin podría deparar los resultados esperados. Pero a medio y largo plazo serán justo los contrarios. En primer lugar, con el endurecimiento de las condiciones de despido, será más improbable que las empresas realicen contraten gente si luego no pueden adaptar sus plantillas a las circunstancias cambiantes de la demanda. Esto, o bien frenará la creación de empleo, o bien llevará a más de una compañía a la quiebra ante la imposibilidad de ajustar sus costes.

En segundo término, pocas cosas hay más desincentivadoras para la inversión extranjera que la introducción de nuevas rigideces y costes en el mercado de trabajo. ¿Quién se instalará en Francia si sabe que los procesos de ajuste de plantillas le van a resultar extremadamente costosos? Hay que pensárselo dos veces, y eso afectará negativamente al empleo y al crecimiento económico.

Jospin, por tanto, ha vuelto al intervencionismo en unos momentos en los que lo que necesitan las estructuras productivas de los países de la Unión Europea es mayor flexibilidad. Son las cosas del socialismo que, como un Robin Hood miope, termina por causar problemas más serios que los que pretende resolver con sus supuestas buenas intenciones.

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