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La cuestión china

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Todo el mundo se las promete muy felices con la entrada de China en la Organización Mundial del Comercio (OMC). Después de mucho tiempo en que estadounidenses y europeos se negaran a sentarse junto al gigante asiático, hoy le reciben con los brazos abiertos. Es el premio al Gobierno de Pekín por su apoyo discreto a la operación Libertad Duradera, o sea, a la guerra contra el terrorismo internacional en general y contra Ben Laden y los talibanes afganos en particular. En el olvido quedan las violaciones permanentes de los derechos humanos, las víctimas de la plaza de Tiananmen, la falta de democracia y todas las demás razones, o excusas, que EEUU y la UE pusieron para impedir que China fuera socio de la OMC.

Ahora las cosas son distintas, al menos en términos diplomáticos y políticos. De repente, George W. Bush se ha acordado de que en el mundo existen países pobres y de que la mejor forma de salir de esa situación es a través del libre comercio con los países ricos. De ahí a iniciar una cruzada en pro de la liberalización de los intercambios internacionales había un paso muy pequeño que Bush ha dado, al menos sobre el papel. Es en este contexto en el que hay que entender el acceso de China a la OMC, una decisión que a EEUU le falto tiempo para tomar después de los atentados del 11-S.

Muchas empresas, y algunos países, se las prometen muy felices con esa decisión porque implica que a China se le aplicarán aranceles mucho más bajos que los que conoce ahora y se podrá exportar desde allí, donde los costes laborales son muy bajos, con mucha facilidad. Piensan también que, con esta decisión, están en mejores condiciones que nunca para entrar en el mayor mercado del mundo por número de habitantes. Pero olvidan una cosa fundamental y es que otra de las razones, en este caso cierta e importante, por las que no se admitía a China en la OMC es que muchas de sus empresas no tenían el menor respeto por los derechos de patente ni la propiedad intelectual, o sea, que copiaban todo sin pagar derechos de ningún tipo. Esa cuestión, por ahora, sigue sin resolverse y es seria porque cuesta muchos miles de millones de dólares y de euros a Occidente. Pero a China se le supone que se comportará de acuerdo con las normas establecidas y eso no está garantizado. Si no es así, ¿quién tendrá el valor de pedirle cuentas ahora que ya es miembro de la OMC y que su concurso, o su inhibición, en la lucha contra el terrorismo internacional es muy importante?

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