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Emilio J. González

La guerra de los Rose

Todos los esfuerzos, todos los dineros invertidos a lo largo de décadas para construir Endesa se ven ahora dilapidados por la insensatez de un Gobierno que, con tal de salirse con la suya, jamás se paró a pensar en todo el daño que causaba.

Emilio J. González
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Lo que empezó como un matrimonio de conveniencia ha terminado como la guerra de los Rose. Enel y Acciona acaban de consumar su divorcio, con Endesa como víctima y los españoles como perjudicados, por obra y gracia de un Gobierno, el de Zapatero, que se dedicó a jugar al aprendiz de brujo con las empresas privatizadas y acabó provocando un gran desastre. Porque sólo de desastre puede calificarse que la que fue hasta hace pocos años primera eléctrica española y una de nuestras multinacionales más importantes, con todo lo que ella conlleva, haya acabado finalmente en manos italianas y camino del despiece.

El divorcio entre los que pretendían aparentar el estar bien avenidos se veía venir de lejos. Desde que Enel y Acciona se quedaron con Endesa, los italianos empezaron a comentar a todo aquel que visitaban en busca de apoyos que en cuanto pudieran iban a librarse de José Manuel Entrecanales y los suyos. Eso se lo decían a todo aquel que quisiera escucharles porque tenían muy claro que aquí no habían venido a ser meras comparsas de José Manuel Entrecanales y los suyos, sino que estaban para mandar, y para mandar ellos solos. La pregunta es por qué el Gobierno entonces no dejó las cosas claras y puso a todos en su sitio.

El problema de que Endesa pase a manos italianas no reside en que, a partir de ahora, y por mucho que Enel ponga a su frente a un español, la eléctrica esté controlada totalmente por una compañía extranjera. El problema estriba en que dicha compañía es una empresa pública que obedece al dictado y los intereses de un Gobierno foráneo, que será quien dirigirá ahora, y en última instancia, los destinos de una parte sustancial del mercado eléctrico español. Por mucho que el Gobierno insistió en que la solución que arbitró para Endesa, promoviendo la entrada en su capital de Acciona y Enel, garantizaba la españolidad de la compañía, lo cierto es que, como sospechábamos y temíamos, al final de españolidad nada de nada y para más inri se ha abierto de par en par las puertas a que el Estado italiano controle más de la tercera parte del sector eléctrico español. Zapatero por ello, lo mismo que Miguel Sebastián, deben de dar muchas explicaciones al respecto. Fueron ellos quienes dieron lugar a esta situación, primero respaldando la oferta de Gas Natural, insuficiente a todas luces teniendo en cuenta el valor real de Endesa, y luego negándose en rotundo a que la alemana E.On, que sí es una empresa privada, pudiera hacerse con el control de la compañía tan sólo porque era el caballero blanco que Manuel Pizarro, ex presidente de Endesa, había buscado para defenderse de los ataques a que se veía sometida la empresa.

Precisamente, el hecho de que Pizarro fuera el presidente de Endesa tuvo también mucho que ver en lo que ha terminado por suceder con la eléctrica, pero no por culpa suya, sino todo lo contrario. Aquí las culpas y responsabilidades hay que apuntárselas a ese Zapatero que pocos días antes de las elecciones del 14 de marzo de 2004 dijo aquello de que esperaba que al día siguiente de su victoria los presidentes de empresas privatizadas nombrados por el PP, entre ellos Pizarro, pusieran sus cargos a disposición de ZP. Como no lo hicieron, ya que las decisiones sobre quién dirige las compañías privadas corresponden a sus accionistas, no al Gobierno, ninguno de ellos renunció a su cargo. Entonces el Ejecutivo inició sus maniobras, primero pretendiendo descabalgar a Francisco González de la presidencia del BBVA y luego intentando, y consiguiendo, lo mismo con Pizarro. Si en una democracia estas operaciones resultan del todo punto inadmisibles, lo son mucho más aún si el resultado final es que la compañía acabe en manos de una empresa pública extranjera. Con ello se pierde capacidad de control sobre la misma y, de paso, todo lo que implica su presencia en otros países europeos y latinoamericanos como una de nuestras principales multinacionales.

Endesa tampoco sale intacta de este largo y triste culebrón. Por el contrario, y como también temíamos, se vio mutilada, no sólo en los activos que perdió a cambio de que E.On se retirará de la puja, sino en los que se va a llevar ahora Acciona como pago por aceptar la petición de divorcio de Enel. Todos los esfuerzos, todos los dineros invertidos a lo largo de décadas para construir una gran empresa se ven ahora dilapidados a causa de la insensatez de un Gobierno que, con tal de salirse con la suya, jamás se paró a pensar en todo el daño que sus acciones conllevaban.

Ahora la pregunta es qué va a pasar con lo que queda de Endesa y con la tarifa eléctrica. Enel está endeudada hasta las cejas y con una situación patrimonial débil, lo que probablemente le forzará a tener que desprenderse de más activos. Si las cosas se hacen bien, por lo menos se conseguirá que pueda entrar en el mercado eléctrico español un nuevo competidor que lo dinamice. Pero aún así puede que esto no sea suficiente. La cuestión, entonces, es qué se va a hacer porque si Enel tiene problemas, o se sube la tarifa o las inversiones de Endesa se verán comprometidas. En cualquier caso, quien va a acabar pagando el pato es el consumidor a causa de los errores y obsesiones de Zapatero.

El Sr. González es profesor de Economía de la Universidad Autónoma de Madrid. Comentarista político en el programa Es la Mañana de Federico, de esRadio. Miembro del panel de Opinión de Libertad Digital.

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