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Emilio J. González

La política fiscal del queso gruyere

Semejante nivel de déficit previsto para el próximo ejercicio anula la capacidad del Gobierno de seguir una de las recomendaciones de la Cumbre de Washington, la de bajar impuestos.

Emilio J. González
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Más allá del marketing político y del deseo de salir en la foto a cualquier precio, a Zapatero le ha servido de muy poco el acudir a la Cumbre de Washington porque, por lo que estamos viendo, ni puede ni quiere aplicar los compromisos que allí se acordaron. La prueba más evidente de todas es la insistencia del Ejecutivo en mantener el más que irreal proyecto de presupuestos para 2009 cuando el propio secretario de Estado de Economía, Carlos Ocaña, ya reconoce que, probablemente, el próximo ejercicio el déficit superará el 3% del PIB. Más del doble de lo previsto en el proyecto de cuentas públicas que el Gobierno se empeña en mantener cuando ha sido más que desbordado por la realidad. ¿Qué tiene que ver todo esto con la Cumbre de Washington? Es sencillo.

En Washington se insistió por activa y por pasiva en la necesidad de devolver cuanto antes la confianza a los mercados financieros y al sector bancario. Sin esa confianza, ni el crédito va a circular, ni se va a superar la crisis económica, ni se va a encontrar la financiación necesaria para los programas públicos para superar dicha crisis. Pero en Washington también se habló de coordinar las políticas fiscales con el fin de poder bajar impuestos y lanzar grandes planes de inversión pública que permitan recobrar cuanto antes el ritmo de crecimiento español. Con el presupuesto que sigue tramitándose en las Cortes, en nuestro país eso será imposible. De entrada, el presupuesto es la expresión contable de las prioridades políticas de un Gobierno, pero también de sus previsiones de necesidades de financiación para el ejercicio en que entren en vigor. Sin embargo, con el presupuesto para 2009 que el Gobierno se empeña en mantener, no hay forma de establecer cuáles van a ser suss necesidades reales de financiación en tanto parten de una situación que ni de lejos se corresponde con la realidad. En esas circunstancias, no es que los mercados no sepan cuánto dinero va a pedirles el Ejecutivo sino algo tan simple como cuál es la verdad sobre las cuentas públicas españolas. Si, como dice Ocaña, el déficit puede superar el 3% del PIB, eso tendría que estar en los presupuestos y afectar al apartado de necesidades de emisión de deuda pública. Sin embargo, como el Gabinete se empeña en seguir ocultado a los españoles la verdad, al hacerlo, también la esconde a los mercados, lo que generará las pertinentes desconfianzas y las consiguientes exigencias de una prima de riesgo, o sea, de tipos de interés mayores. Además, si se desconoce la realidad presupuestaria, difícilmente se va a conocer la del sistema financiero, así como la auténtica capacidad del Gobierno de cumplir con sus planes de ayuda a las entidades crediticias, con lo que tampoco está nada claro que la confianza en nuestros bancos y cajas de ahorros vaya a restaurarse fácilmente mientras Zapatero y los suyos sigan pretendiendo encubrir la verdad de las cuentas públicas. Y todo porque ZP se empeñó en negar por activa y por pasiva la realidad de la crisis y ahora no quiere asumir las consecuencias.

En segundo término, semejante nivel de déficit previsto para el próximo ejercicio anula la capacidad del Gobierno de seguir una de las recomendaciones de la Cumbre de Washington, la de bajar impuestos. Con un déficit que, según muchas entidades privadas, puede llegar el año que viene al 4% del PIB apenas hay margen de maniobra para semejante política. Lo malo es que si Zapatero, en lugar de negar lo evidente, o sea, la realidad de la crisis, se hubiera dedicado hace más de un año a tomar medidas; si en lugar de comprometer el superávit con propuestas electoralistas como el cheque baby, lo hubiera administrado con inteligencia, ahora habría margen para recortar impuestos a las empresas. Zapatero dilapidó esa capacidad de maniobra con su electoralismo y sus obsesiones personales y hoy no tiene capacidad de actuación si no es agravando todavía más el déficit. Por mucho que pretenda recortar los impuestos a las empresas, si el déficit aumenta, los recursos necesarios para financiarlo se detraerán de la inversión privada con lo que, en el mejor de los casos, se habrá desvestido un santo para vestir otro aunque lo más normal sea que, en conjunto, la situación se agrave.

Lo mismo se puede decir respecto a la otra recomendación de la Cumbre de Washington, la de los planes de inversión en obra pública para relanzar la economía. Con semejantes previsiones de déficit, el Gobierno no va a tener mucho margen, por mucho que la inversión pública en infraestructuras pueda financiarse con deuda, ya que habrá que emitir títulos no sólo para este fin, sino también para cubrir el desequilibrio de las cuentas públicas y, además, para financiar todas las medidas ya aprobadas de rescate de la banca. Eso es demasiado dinero a conseguir cuando otros países también van a tener que emitir importantes cantidades de deuda, haciéndolo, además, con presupuestos claros y transparentes, no con el oscurantismo de las cuentas públicas españolas. De esta forma, la financiación de nuestro país se puede encarecer sensiblemente sin que esté garantizado, ni mucho menos, que vayan a conseguirse todos los recursos que se necesitan. De hecho, si alguien duda al respecto, no tiene más que recordar que, el año pasado, Zapatero se hartó de prometer que daría un impulso a la inversión pública en infraestructuras para compensar el desplome de la construcción y este año por lo que se caracteriza es por todo lo contrario, esto es, por el parón en la licitación de nueva obra pública porque, sencilla y llanamente, ni el Gobierno tiene dinero para pagarla ni lo encuentra por ningún sitio.

A Zapatero, por tanto, le pasa ahora lo que al aprendiz de brujo, que se metió en camisa de once varas y después todo se le volvió en su contra. Así, a las dádivas electoralistas del pasado y a la persistencia en negar la verdad ahora le sigue la ausencia de un margen de maniobra para afrontar la crisis que el propio ZP se comió con su populismo y su falta de talla política para gestionar la crisis en tiempos convulsos, dejando el principal instrumento a su disposición, el presupuesto, con más agujeros que un queso gruyere. Lo malo es que, como siempre, esos errores políticos los vamos a pagar todos. Y muy caros. De qué poco ha servido que Zapatero haya ido a Washington.

El Sr. González es profesor de Economía de la Universidad Autónoma de Madrid. Comentarista político en el programa Es la Mañana de Federico, de esRadio. Miembro del panel de Opinión de Libertad Digital.

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