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Emilio J. González

La UE saca el látigo

Basta con hacer los deberes y éstos se tienen que hacer precisamente para no afrontar una factura tan onerosa como ésa, no por el temor a que la UE nos vaya a sancionar.

Emilio J. González
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La Unión Europea, no cabe duda, tiene muchas cosas criticables; bastantes más, incluso, de las que convienen y deseamos. Pero lo que no se puede decir es que, por ahora, no esté cumpliendo la finalidad última por la cual nació, tal y como está poniendo de manifiesto la crisis económica actual. La UE surgió, en última instancia, para evitar que se repitieran los errores que condujeron a la Segunda Guerra Mundial, entre ellas el resurgir del proteccionismo económico entre los Estados europeos y las devaluaciones competitivas, ambos como respuesta de los distintos países del Viejo Continente a la crisis del 29 y la Gran Depresión, de la que ellos mismos, con estas políticas, fueron parte activa en su nacimiento, extensión y profundización. Hoy las fronteras a la libre circulación de bienes, servicios y capitales dentro de la UE siguen abiertas gracias a que ésta es una unión económica, lo cual implica contar con un mercado único. Y si las devaluaciones competitivas no son la respuesta a la crisis de países como Francia o España, que distan mucho de haber hecho sus deberes, es porque existe una moneda única, el euro, que impide que en Europa se reproduzca, a escala continental pero con consecuencias igual de perniciosas, la guerra de divisas que ha empezado a librarse en la escena mundial. La Unión Europea, por tanto, se está librando de nosotros mismos y de los males que, en una situación como la presente, nos puede acarrear la cortedad de miras de nuestros políticos y agentes sociales en cuanto a la gestión de la crisis.

Ahora bien, pertenecer al club europeo, sobre todo a la moneda única, también tiene un precio que, por lo que estamos viendo, hay países como España y Francia que no están dispuestos a pagar. Exige economías flexibles y liberalizadas, capaces de competir dentro y fuera de las fronteras comunitarias y de adaptarse a las circunstancias adversas sin que sus niveles de desempleo se disparen. Y, en este sentido, ni nuestro vecino del otro lado de los Pirineos ni nosotros hemos hecho los deberes pertinentes para poder pertenecer a un club que nos impide devaluar para resolver los problemas de nuestras economías. No hay más que ver las huelgas que están teniendo lugar estos días en Francia contra la reforma de las pensiones, o la política económica de Zapatero, con unos presupuestos irreales y con una negativa total a acometer la reforma laboral, para comprender a la perfección por qué somos dos de los países europeos que más están sufriendo la crisis, en especial el nuestro, y a los que más nos va a costar salir de la misma, con todo lo que ello implica.

Todos, sin embargo, pertenecemos al mismo club y lo que ocurra con cualquiera de nosotros acaba por afectar a la totalidad de los miembros. De ahí que la Unión Europea se haya propuesto sancionar a aquellos Estados miembros que no hagan todo lo posible por sanear sus economías y sus cuentas públicas y por restaurar su competitividad. Si se quiere preservar la unión monetaria europea lo que no se puede hacer es que los alumnos torpes y vagos –Francia y España– culpen de sus males a los aventajados –Alemania– en vez de admitir que se han equivocado y que tienen que hacer lo que tienen que hacer. Y, a estas alturas, con la que está cayendo por el mundo y con los problemas de fuerte y creciente endeudamiento público que tienen la mayoría de Estados europeos, lo peor que podría pasar es que nos cargáramos el euro y, en su conjunto, la UE porque entonces la mayor parte de sus miembros nos íbamos a ir a la quiebra e íbamos a retroceder en nuestra evolución económica entre 25 y 50 años, lo cual, en el caso español, equivaldría poco menos que a volver a los niveles de pobreza previos al Plan de Estabilización de 1959. De ahí que los países serios y las autoridades europeas, igual que han puesto en marcha planes de rescate para los países con dificultades, por muy discutible que sea esta medida, ahora quieren ponerse aún más serios y castigar a quienes se nieguen a hacer sus deberes. Todos estamos en el mismo barco, de acuerdo –vienen a decir–, pero o todos se comportan como deben o sacamos el látigo y a quien no le parezca bien, que empiece a hacer las maletas. Esta es la finalidad del régimen de sanciones que acaba de aprobar la UE para aquellos países que ni saneen sus cuentas públicas ni reformen sus economías de acuerdo con las exigencias propias de un club como el del euro y de una asociación como el mercado único.

Al Gobierno español, por supuesto, se le han vuelto a poner los pelos de punta y, al entrar a la reunión de este lunes, donde se ha alcanzado el anterior acuerdo, la vicepresidenta económica, Elena Salgado, iba con el ánimo encogido pensando en la que le puede venir encima a nuestro país si la UE nos sanciona porque Zapatero sigue sin incluir en su proyecto político el saneamiento y las reformas que precisa nuestra economía. Al final, las cosas se han aliviado un poco en tanto en cuanto al torpe y vago se le dará una segunda oportunidad antes de que la Comisión Europea proceda a sancionarle, pero la cuestión, en realidad, no es si las sanciones van a ser automáticas o no –nuestro Gobierno se vanagloria de que esa automaticidad no es tan rígida como Alemania había planteado en un principio–, sino por qué hay que esperar a que Europa venga con el palo para que hagamos las cosas; un palo muy duro porque, no lo olvidemos, ya han tratado de echarnos del euro y, en estos momentos, aunque no estamos intervenidos oficialmente por la UE, sí lo estamos de facto.

En estos momentos, el no haber hecho nuestros deberes está significando que, mientras la mayoría de países de la UE, unos mejor que otros, están empezando a salir poco a poco de la crisis, nosotros seamos el farolillo rojo, con una economía que está otra vez en recesión y a la que le espera a continuación una larga etapa de estancamiento. Está significando que tengamos una tasa de paro del 20% que, según cada vez más análisis, puede llegar hasta el 25%. Está significando el sacrificio de dos generaciones: los jóvenes, con una tasa de paro de casi el 50%, y los desempleados mayores de 45 años para los cuales las perspectivas laborales futuras son muy, pero que muy, negras. Sin embargo, no tenemos por qué pagar este precio tan elevado por pertenecer a un club que nos está salvando de males aún mayores. Basta con hacer los deberes y éstos se tienen que hacer precisamente para no afrontar una factura tan onerosa como ésa, no por el temor a que la UE nos vaya a sancionar. Eso sólo le importa a un político como Zapatero, que quiere hacer tortillas sin romper huevos. A los demás, lo que nos debe de importar son las consecuencias para nuestra sociedad y para nuestro bienestar de la estrategia tan absurda de política económica del Gobierno. Y si éste sigue temiendo el rechazo social a las medidas que hay que tomar, lo que debe tener presente es que, una vez más, y con lo que acaba de aprobar la UE respecto al régimen de sanciones, vuelve a tener a Europa como excusa para hacer lo que hay que hacer. Porque, por lo visto, no le basta para ello con el grave deterioro socioeconómico que está experimentando nuestro país.

El Sr. González es profesor de Economía de la Universidad Autónoma de Madrid. Comentarista político en el programa Es la Mañana de Federico, de esRadio. Miembro del panel de Opinión de Libertad Digital.

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