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Emilio J. González

Lo que el cambio climático esconde

Muchas multinacionales, sobre todo francesas, están financiando todas las actividades de los grupos ecologistas y de los movimientos antiglobalización por la simple y sencilla razón de que son incapaces de competir en la economía global.

Emilio J. González
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De un tiempo a esta parte vienen publicándose ríos de tinta sobre la cuestión del calentamiento global. El tema es candente, pero apenas hay debate porque ya se ha establecido una corriente mediática que pide frenar el desarrollo económico, desde una perspectiva ideológica sesgada e interesada, que no admite voces discrepantes. Sin embargo, la cuestión del calentamiento global, como todo aquello que, en general, tiene que ver con economía y medio ambiente, oculta tras de sí todo un conjunto de oscuros intereses económicos y políticos que arrojan bastante luz sobre la verdadera naturaleza de las posiciones de unos y otros. Posiciones que quedan de manifiesto con las amenazas recibidas por aquellos científicos que, en un documental, se han atrevido a discrepar de la posición establecida oficialmente en los medios de comunicación.

Hoy por hoy, pocos dudan de la realidad del calentamiento global. Lo que de verdad está en cuestión es la auténtica naturaleza del problema. Muchos científicos están hablando de que la Tierra ha entrado en una nueva fase de calentamiento, de la misma forma que en el pasado hubo periodos de glaciación y otros de mayores temperaturas. Por tanto, y para estos científicos, lo que ocurre forma parte de la propia dinámica del planeta. ¿Qué es lo que cuestionan? Que, como dice la corriente mediática sobre esta manera, sea la actividad humana el verdadero origen del cambio. Pero eso es lo que otros pretenden callar, de la forma que sea, incluso con amenazas. ¿Por qué?

Detrás de todo este asunto hay muchos intereses económicos y políticos. Por ejemplo, muchas multinacionales, sobre todo francesas, están financiando todas las actividades de los grupos ecologistas y de los movimientos antiglobalización por la simple y sencilla razón de que son incapaces de competir en la economía global. Por su propia idiosincrasia, y por la del país al que pertenecen, estas empresas son incapaces de adaptarse a las exigencias competitivas que impone un mercado global y, por tanto, pretenden ir contra él. Pero eso es un problema de esas compañías, que tratan de evitarlo fomentando y financiando movimientos ecologistas y antiglobalizadores. Parte de la realidad del debate sobre el cambio climático es ésta.

Por otro lado nos encontramos con una realidad económico-política. El fracaso del comunismo en términos políticos y económicos dejó huérfanos de ideología a muchos militantes izquierdistas, incapaces de ver el mundo tal y como es y no como ellos imaginan. Para ellos, el cambio climático, el desarrollo sostenible, la economía ecológica, etcétera, no son más que banderines de enganches para tratar de imponer por otra vía un modelo económico, político y social que, al negar las libertades más básicas, ha cosechado un fracaso histórico rotundo.

Esta perspectiva se aprecia en los economistas más en boga entre aquellos que sostienen que el cambio climático es un problema derivado de la actividad humana. Por ejemplo, el premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, quien ganó el preciado galardón por sus estudios sobre la información asimétrica en los procesos de toma de decisiones económicas, no por sus aportaciones a la economía ecológica. Así, Stiglitz, izquierdista de pro, aprovecha la cuestión del cambio climático para arremeter contra una concepción liberal de la economía, acusándola de provocar todos los males del mundo y de no resultar eficaz para promover el desarrollo y el bienestar de las naciones más atrasadas cuando la realidad dice lo contrario.

Aquellos países que, como los del sudeste asiático, se han apuntado al liberalismo económico y a la globalización, están reduciendo la pobreza y mejorando el nivel de vida y bienestar de sus sociedades. Stiglitz, que fue economista jefe del Banco Mundial a finales de la pasada década, debería saberlo muy bien puesto que la institución multilateral ha publicado sendos informes al respecto cuando él formaba parte de la misma. Sin embargo, lejos de demostrar que aquellos estudios eran falsos, Stiglitz se ha apuntado a una crítica fácil que está dejándole mucho dinero en forma de venta de libros, artículos en los medios de comunicación de masas y conferencias.

Stiglitz, en cualquier caso, no es el peor. Los "grandes" nombres de la economía del desarrollo sostenible, como Nicholas Georgescu-Roegen o Herman Daly, tan citados por quienes acusan al hombre de provocar el cambio climático, propugnan en sus escritos cambios radicales del modelo económico para que, a su juicio, sea más respetuoso con el medio ambiente. A partir de ahí, toda una serie de pensadores, como Jorge Riechman, derivan hacia la necesidad de imponer a la sociedad políticas y comportamientos para preservar el medio ambiente y evitar el cambio climático, cuando ni Georgesu-Roegen ni Daly abogan por semejante cosa.

Pero estos caballeros que quieren salvarnos a todos de los males ecológicos que dicen que provoca el hombre no ven más solución que dictaduras, no democracias, y sistemas colectivistas que cercenen de raíz las libertades, económicas, políticas y de todo tipo con el fin de salvarnos de nosotros mismos. ¿Les suena el discurso? Marx habló de la dictadura del proletariado para resolver los problemas del mundo. Ahora el marxismo se ha vestido con el disfraz del ecologismo para tratar de vender un discurso agotado y un modelo de sociedad que, además de fracasado, se ha llevado de por medio millones de vidas. En gran medida, estas son las verdades que esconde la cuestión del cambio climático.

El Sr. González es profesor de Economía de la Universidad Autónoma de Madrid. Comentarista político en el programa Es la Mañana de Federico, de esRadio. Miembro del panel de Opinión de Libertad Digital.

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