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Emilio J. González

Los problemas laborales de ZP

Sólo mediante la reforma laboral, acompañada de una reordenación y una reducción drástica del gasto de todas y cada una de las administraciones públicas españolas, se podrá pensar en una salida relativamente próxima de la crisis.

Emilio J. González
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Zapatero debería hacer un profundo ejercicio de reflexión sobre los problemas laborales de nuestro país y su política al respecto. Hasta ahora, casi todo lo que ha intentado, que no es mucho, ha sido un completo fracaso y lo poco sensato que ha salido de las reuniones del Consejo de Ministros puede desaparecer de un plumazo si el presidente del Gobierno se empeña en mantener a cualquier precio su idilio con los sindicatos.

Lo primero que debe entender ZP es que esta crisis económica tiene características muy especiales. En primer lugar, porque el motor del crecimiento económico de los últimos años, la construcción, ha saltado por los aires y no hay alternativa al mismo, al menos por ahora, puesto que carecemos de una base industrial lo suficientemente significativa y avanzada como para tomar el relevo. En consecuencia, cuando la crisis toque fondo y el crecimiento empiece a remontar, lo hará con debilidad y sin capacidad para absorber los 4,5 millones de parados que hay en estos momentos y los que pueden estar por venir. Por el contrario, el desempleo puede seguir creciendo poco a poco, o quedarse en los niveles actúales, que son de por sí muy elevados. Esa es una de las características propias de esta crisis.

Además, a partir de ahora la economía española tampoco va a contar con ese lubricante que, en el pasado, engrasó los mecanismos del crecimiento y la creación de empleo, esto es, un crédito abundante y barato que fluía hacia España con suma generosidad porque nuestra actividad productiva crecía con fuerza y ofrecía retornos al capital que no se daban en otros países de la zona euro, en especial, en una Alemania embarcada en una política de recuperación de su competitividad que colocaba su ahorro en países mucho más rentables en aquellos momentos. Esos tiempos maravillosos no van a volver porque ni los capitales abundan ahora como antes, ni nuestro país volverá a crecer lo suficiente como para resultar lo suficientemente atractivo como para seguir recibiendo de los demás financiación abundante y barata, sobre todo mientras nuestro presidente y sus políticas, lejos de infundir confianza, susciten tantos temores. Y todo ello, además, con nuestra crisis financiera aún viva, que puede entrar en una segunda etapa de procesos de fusiones, y con el crédito restringido porque buena parte de nuestro sistema financiero sigue sin estar saneado y porque el Gobierno absorbe casi todos los recursos disponibles para cubrir el abultado déficit público.

En este contexto, las políticas encaminadas a crear empleo cobran una importancia y unas dimensiones especiales, porque se encuentran en el centro de cualquier estrategia sensata para superar la crisis y resolver, o amortiguar, algunos de los problemas más serios de nuestra economía, que están relacionados con el mercado laboral y su penosa situación. Sin más empleo no habrá más consumo, ni más inversión, ni más crecimiento económico, ni más generación de puestos de trabajo, ni más ingresos presupuestarios. Sin todo ello, y con un sistema político absurdo que multiplica el gasto por doquier en cosas y en políticas innecesarias, será muy difícil reconducir el déficit y evitar que los números rojos se enseñoreen de las cuentas de la Seguridad Social.

Con semejante telón de fondo, un Gobierno mínimamente sensato lo primero que haría sería aprobar una reforma laboral con todas las de la ley, y mucho más ahora que los sindicatos no sólo han dejado más que patente su debilidad y su escasa capacidad de convocatoria, sino que se encuentran con que la sociedad les da la espalda por completo. Sólo mediante la reforma laboral, acompañada de una reordenación y una reducción drástica del gasto de todas y cada una de las administraciones públicas españolas, se podrá pensar en una salida relativamente próxima de la crisis.

Por desgracia, ni Zapatero cree en esas medias, ni su forma de ver su propia situación política en estos momentos le va a llevar a actuar como debería, sino todo lo contrario. El presidente del Gobierno está muy tocado políticamente y hasta los suyos le plantan cara, como hemos visto este fin de semana con el triunfo de Tomás Gómez en las primarias socialistas de Madrid. Pero ZP, lejos de entender que las causas de su acentuada debilidad política se encuentran en él mismo y sus actuaciones, sigue queriendo jugar a congraciarse con la izquierda más reaccionaria, sindicatos incluidos. Y ese es el problema porque si ahora Zapatero, para tratar de recomponer sus relaciones con unas centrales que son como zombis en el panorama sociopolítico español, da marcha atrás en lo poco que avanzó con su mini reforma laboral y encima deja que Méndez y Toxo vuelvan a ser sus asesores áulicos en materia de empleo, lo único que hará será retroceder y poner las cosas peor aún de lo que ya lo están. Por desgracia, ni hay nadie que le haga entender estas cosas ni los suyos están dispuestos a dejarle caer hasta que lleguen las elecciones generales de 2012 o hasta que tengan un líder alternativo. Porque pensar que ZP se marche por voluntad propia sería ilusorio.

El Sr. González es profesor de Economía de la Universidad Autónoma de Madrid. Comentarista político en el programa Es la Mañana de Federico, de esRadio. Miembro del panel de Opinión de Libertad Digital.

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