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Emilio J. González

Los silencios de Rajoy

Estaría bien si Rajoy pusiera fin a la voracidad tributaria del alcalde de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón, que todo lo quiere arreglar a base de subir y subir los impuestos a los más que sufridos contribuyentes de la Villa y Corte.

Emilio J. González
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La música no suena mal, pero es como una canción en bruto a la que le faltan esos arreglos que le den la forma definitiva. Me refiero a la alternativa económica que acaba de presentar el presidente del Partido Popular, Mariano Rajoy. Lo que ha dicho el gallego que haría si llega a La Moncloa es sensato y marcha en la dirección correcta, pero hay puntos manifiestamente mejorables y otros tan importantes como el del futuro de las pensiones, o el suelo y la vivienda, de los que no habla. De la misma forma, parece que todo lo fía al momento en que el PP llegue al Gobierno cuando lo cierto es que Rajoy puede empezar ya a poner en práctica, en las autonomías en que gobierna su partido, mucho de eso que propugna.

Por ejemplo, en materia educativa, Rajoy habla de que el castellano sea la lengua vehicular mientras en Galicia, el presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijoo, hace todo lo posible por arrinconarlo. ¿No debería pararle los pies para ser coherente con lo que acaba de exponer ante la créme de la créme del mundillo económico? En este terreno también tendría que insistir en otros aspectos. Uno de ellos es el aprendizaje del inglés. Otro de ellos es hacer especial hincapié en el estudio de las ciencias puras, lo mismo que en el de la Historia de España. Y otro igualmente importante es el referente a la enseñanza universitaria, donde debería apostar abiertamente por que hubiera universidades españolas no sólo entre las más importantes y prestigiosas de Europa, sino del mundo.

En materia fiscal ocurre tres cuartos de lo mismo. Está muy bien que Rajoy se muestre en contra del impuesto sobre el ahorro y proponga recortes fiscales selectivos. Pero estaría mucho mejor si la Comunidad de Madrid no fuera la única de entre las que gobierna el PP que, efectivamente, está bajando los impuestos y, sobre todo, si pusiera fin a la voracidad tributaria del alcalde de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón, que todo lo quiere arreglar a base de subir y subir los impuestos a los más que sufridos contribuyentes de la Villa y Corte, como si de un político socialista cualquiera se tratase.

Tengo que reconocer que, en materia laboral, Rajoy se muestra valiente al coger por los cuernos a dos verdaderos vitorinos, esto es, la negociación colectiva y la clarificación de las causas para que una empresa se pueda acoger al despido de 20 días. Supone hablar sin complejos y dejarse en paz de tanto tabú que ha marcado de manera negativa a la política laboral española, lo cual es bueno, y demuestra valentía, porque pedir la descentralización de la negociación colectiva es ganarse a los sindicatos como enemigos de por vida y querer abaratar el despido es arriesgarse a ser tachado de antisocial, de enemigo de los trabajadores y demás zarandajas. Pero también es cierto que sólo así se podrá permitir que sobrevivan las empresas y los empleos que mantienen y que se generen esos puestos de trabajo tan necesarios para reducir drásticamente el paro y superar la crisis. Lo único que echo de menos en este terreno son referencias a la remuneración de los jóvenes sin experiencia laboral, al empleo temporal y a tiempo parcial, a las agencias privadas de empleo, a la movilidad geográfica y funcional y a las cotizaciones empresariales a la Seguridad Social, cuyo recorte es del todo punto imprescindible para crear empleo y recuperar competitividad.

También está muy bien eso de normas claras en lo referente a la morosidad, pero ¿y cuándo el moroso resulta ser una administración pública? De igual forma está bien su propuesta de utilizar todas las fuentes de energía, incluida la nuclear, pero debería decir si quiere promover la construcción de nuevas centrales nucleares o no y si va a seguir manteniendo las ayudas a las renovables, que tan caras son y tantos problemas a otro tipo de energías están generando, tal como denunciaba recientemente Endesa.

De la misma forma, suena muy bien todo eso de la unidad de mercado y la eliminación de las barreras que crean las distintas normativas autonómicas, así como la reforma de la administración y la devolución de las autonomías a esa disciplina presupuestaria que han perdido. Ahora bien, aquí estamos ya con palabras muy mayores porque para que Rajoy pueda hacer eso que dice, y hacerlo de verdad, va a tener que subirse las mangas y meterse en algo parecido a una reforma constitucional que devuelva al Estado los poderes en materia de política económica que le arrebató el Tribunal Constitucional a golpe de sentencia absurda, o que tuvo que ceder a los gobiernos regionales a cambio del apoyo de los nacionalistas al gobierno nacional de turno. Y para eso hace falta tener una idea clara de España y defenderla hasta sus últimas consecuencias, empezando por el propio partido, lo cual implica recortar poderes autonómicos a troche y moche. La cuestión es si un líder como Rajoy, que depende tanto de los barones regionales ‘populares’ que le apoyan, va a ser capaz de meterlos en cintura.

Dicho todo esto, a mí me gustaría saber qué va a hacer Rajoy con dos cuestiones fundamentales: las pensiones y la sanidad. Si la Seguridad Social ya estaba condenada al déficit a medio plazo y a la quiebra a largo, después de seis años de zapaterismo el sistema público de pensiones ya es casi insalvable y, además, con la crisis se ha adelantado y está ya prácticamente a la vuelta de la esquina. Con la sanidad ocurre tres cuartos de lo mismo. Sin embargo, ni una ni otra forman parte de las siete reformas fundamentales de Rajoy, cuando se trata de dos temas de máximo interés y repercusión social y de dos cuestiones que afectan, y mucho, al crecimiento económico y al empleo.

El Sr. González es profesor de Economía de la Universidad Autónoma de Madrid. Comentarista político en el programa Es la Mañana de Federico, de esRadio. Miembro del panel de Opinión de Libertad Digital.

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