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Emilio J. González

Los sindicatos, en pie de guerra

Cuando la tasa de paro ha crecido por estos pagos el doble que en los demás países que sufren una crisis similar es que aquí están fallando cosas muy importantes. Esta es la razón fundamental por la que hay que hacer la reforma.

Emilio J. González
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La luna de miel entre el Gobierno y los sindicatos ha llegado a su fin. Podía, y debía, haber sido mucho antes, por ejemplo, cuando el paro empezó a subir como un cohete ante la indiferencia de Zapatero y su equipo. Pero entonces Méndez, Toxo y sus secuaces no dijeron nada porque el Ejecutivo les untaba a base de bien con dineros públicos, porque les daba un poder y un protagonismo que en nada se corresponden con su representatividad real y porque, en el fondo, se sentían cómodos con un Gobierno que decía a grito pelado eso de que "ni un paso atrás en los derechos sociales" y que todo lo pretendía resolver a golpe de gasto público sin importarle lo más mínimo lo que pudiera suceder con el déficit. A fin de cuentas, eso era socialismo en estado puro, que es lo que les pone a los líderes de UGT y CCOO. Ahora, sin embargo, las cosas son distintas y a ZP no le queda más remedio que aceptarlas como son, que entender que ya no puede seguir así –sobre todo porque si no, no hay ayuda alguna a España de la Unión Europea y del Fondo Monetario Internacional–, y no tiene más alternativa que afrontar esa reforma laboral tan necesaria para la economía española y por tan largo tiempo demorada. Esto ha provocado la ruptura con los sindicatos, que no quieren oír ni hablar de flexibilizar las relaciones laborales, por motivos ideológicos, y ahora amenazan con la huelga general.

Las centrales sindicales justifican su actitud alegando que los mercados no son quienes para dictar a un país el contenido de su política económica. Y, como siempre, no entienden nada de por qué hay que hacer la reforma laboral. Porque lo principal aquí no es si los mercados dictan o no su ley, sino la realidad socioeconómica española. Cuando la tasa de paro ha crecido por estos pagos el doble que en los demás países que sufren una crisis similar, cuando uno de cada cinco trabajadores está en paro, cuando casi la mitad de los jóvenes no encuentra empleo, cuando cerca de dos millones de personas llevan más de un año sin trabajar, cuando los parados mayores de 45 años apenas tienen posibilidades de volver a tener un empleo si no se lo crean ellos mismos, es que aquí están fallando cosas muy importantes. Esta es la razón fundamental por la que hay que hacer la reforma, por la que había que haberla hecho hace ya varios años, porque los altos costes del despido, la centralización de la negociación colectiva, los altos salarios mínimos o la escasa movilidad geográfica y funcional de los trabajadores resultan en que la tercera parte de los contratos laborales sean temporales y, por tanto, más fáciles de eliminar cuando vienen mal dadas; en que nadie se atreva a contratar un trabajador con la que está cayendo, por mucho que lo necesite, porque despedirle después, si la cosa se pone fea para la empresa, puede ser poco menos que una misión imposible; en que los jóvenes sin cualificación carezcan de opciones de entrada al mercado laboral porque lo que aportan al proceso productivo es mucho menor que el salario que se les tiene que pagar; en que los beneficiarios de políticas como el subsidio al paro agrícola no quieran irse a otro sitio a buscar trabajo porque viven muy bien sin hacer nada, gracias a la mal entendida solidaridad social... Esos son los problemas reales por los que hay que hacer la reforma y que los sindicatos no han querido ver jamás. Esas son las razones que obligan a liberalizar el mercado de trabajo porque, de no hacerlo, no se creará el empleo que necesita este país para salir de la crisis y para generar los ingresos tributarios necesarios para reducir el déficit público.

En esta historia, el único papel que tienen los mercados es el de entender que la situación presupuestaria en España es más que delicada, que sin la reforma del mercado de trabajo no vamos a poder salir de esa situación y, en consecuencia, y ante el riesgo de suspensión de pagos de la deuda pública española, optan por la prudencia y rechazan los activos españoles por lo que pueda pasar. En otras palabras, que los inversores prefieren ir allí donde su dinero está seguro y huyen de donde tienen cada vez más posibilidades de perderlo. Es esta reacción la que ha puesto contra las cuerdas al Gobierno, pero no porque los mercados conspiren contra Zapatero o contra nadie, sino porque actúan con toda lógica, sobre todo teniendo en cuenta que la mayor parte de esas inversiones, en contra de lo que dicen y piensan los sindicatos, no son especulativas ni para enriquecer aún más a quien ya tiene mucho. Por el contrario, la mayoría de ese dinero es el que va a pagar pensiones cuando llegue el momento de la jubilación, o la universidad de los hijos cuando estén en edad de estudiar en ella, por poner tan sólo dos ejemplos, y con esas cosas no se juega. Esa es su lógica, la de la prudencia en la gestión de los recursos que se les confían y, por tanto, no están para andarse con contemplaciones con quien demuestra ser un verdadero imprudente en la gestión de la economía.

Ahora bien, en la actitud de los sindicatos en contra de la reforma laboral hay un segundo elemento que debemos valorar. Méndez y Toxo se han acostumbrado con Zapatero a campar tranquilamente por sus respetos y ahora se encuentran que cuando a ZP no le queda más remedio que hacer lo que hay que hacer y ellos se oponen, los deja al margen; un lugar que, por cierto, ellos solitos se han ganado a pulso. Su reacción, por tanto, también tiene mucho que ver con la reivindicación de un papel en todo este asunto, un papel que no están sabiendo desempeñar, por lo cual el Gobierno está decidido a sacar la reforma laboral por decreto si los sindicatos no se avienen a razones. En su propia dinámica política, UGT y CCOO no quieren ni pueden aceptar esto, porque les deja como lo que verdaderamente son: algo irrelevante. Así es que reaccionan en consecuencia. Lo malo es que las cosas no están ahora para una huelga general y, francamente, dudo mucho que pudiera ser secundada de forma masiva si no es debido a las amenazas de los piquetes ‘informativos’, porque los españoles están tan hartos de Zapatero como de unos sindicatos que no han hecho nada mientras casi cinco millones de personas se quedaban sin trabajo, mientras alrededor de un millón y medio de parados perdían el derecho a la prestación por desempleo, mientras más de un millón de familias tenía a todos sus miembros en paro... y todo por llenar sus arcas con los dineros públicos que les regalaba ZP y por seguir pretendiendo jugar a lo mucho que influyen en el Gobierno. Ahora, a la hora de la verdad, no influyen en nada porque sus propuestas van contra la lógica y las soluciones que necesita este país.

El Sr. González es profesor de Economía de la Universidad Autónoma de Madrid. Comentarista político en el programa Es la Mañana de Federico, de esRadio. Miembro del panel de Opinión de Libertad Digital.

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