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Emilio J. González

Mafo y la libertad de disentir

Paro y pobreza forman parte de la factura onerosa que hay que pagar por la aplicación de la ideología de nuestros sindicatos, a los que no les gusta que nadie les ponga en evidencia, y mucho menos el gobernador del Banco de España.

Emilio J. González
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Este país tiene muchos problemas económicos, pero uno de sus principales empieza a ser los sindicatos. UGT y CCOO están crecidas porque el pánico cerval de Zapatero a que le convoquen una huelga general les ha dado un poder político que no se corresponde ni con su estatus institucional, ni con el número de afiliados, ni con nada de nada. Pero ZP se ha sometido totalmente a ellas y, por lo visto, aquí no se puede hacer nada en materia de política económica sin su consentimiento previo.

Si los sindicatos hicieran gala de la sensatez que están manifestando sus homólogos en otros países, por ejemplo, en Alemania, otro gallo le cantaría a la economía española. Aunque tampoco hace falta cruzar la frontera para encontrar ejemplos que vengan bien al caso. Basta con recordar lo que fueron los años de José María Fidalgo al frente de Comisiones Obreras para entender que hay otra forma de hacer sindicalismo. Gracias a su sensatez, España pudo entrar en el euro, conocer el más largo periodo de intenso crecimiento económico de su historia, crear más de cinco millones de empleos y acabar con la idea de que el paro en nuestro país era poco menos que una maldición bíblica. Por desgracia, aquellos eran otros tiempos y otros líderes, que tenían muy claro cuáles eran las bases del sindicalismo moderno. Los de hoy, los Méndez y Toxo, siguen anclados en la versión más rancia del movimiento obrero. No hay más que ver qué dicen y qué hacen. Por sus obras los conoceréis, dice el refrán. Pues a esta pareja ya la estamos viendo cómo es.

Méndez y Toxo confunden el poder que, graciosamente, les está dando Zapatero con la institucionalización de un régimen socialista real, de sindicalismo vertical, como con Franco, que les permite hacer y deshacer a sus anchas aunque carezcan de la necesaria legitimidad democrática para ello, ya que UGT y CCOO no concurren a elección general alguna. En esta misma línea, tratan de imponer el pensamiento único, su verdad y nada más que su verdad, sin atender a razones ni admitir discrepancia alguna. De hecho, no hay más que ver cómo se han puesto por que el gobernador del Banco de España, Miguel Ángel Fernández Ordóñez, ha pedido una reforma laboral, una petición que deja en evidencia a los sindicatos españoles y pone de manifiesto el terrible papel que están desempeñando no sólo en que el paro alcance cotas de escándalo, sino en llevar a España, a paso acelerado, de la prosperidad a una dura pobreza.

Mafo ha dicho lo que tiene que decir, entre otras cosas porque la situación del mercado laboral afecta a los presupuestos y a la deuda pública y, a través de ella, a las condiciones financieras en nuestro país y a la política monetaria en la zona euro. Este es su papel, les guste o no a los sindicatos, y no obedecer a consignas políticas emanadas del partido único y las centrales sindicales que los respaldan, como si esto fuera la antigua Unión Soviética. Y es que, en una democracia, no sólo existe el derecho a disentir de las ideas y propuestas que emanan desde el poder, ya sea el político o el sindical, sino que desde las instituciones existe la obligación de denunciar todo aquello que va en contra del bienestar del país. Es lo que ha hecho Mafo, aunque no le guste ni a ZP ni a los sindicatos, porque es su papel. Él fue elegido para actuar de acuerdo con las reglas establecidas por la Unión Europea para los bancos centrales de los países del euro, que consagran la independencia del Banco de España, no para seguir consignas políticas de ningún tipo le pese a quien le pese. Esto lo entiende cualquiera que comprenda qué es la democracia, pero si nos movemos en otros parámetros, como los del partido único y el sindicato vertical, entonces ya estamos hablando de otro tipo de régimen político, aquel en el que la disensión no es que esté mal vista, sino que está penada.

Por desgracia, ésta está siendo la actitud de nuestros sindicatos, que anteponen el socialismo al bienestar de los ciudadanos a través de la creación de empleo y la salida de la crisis. Porque paro y pobreza forman parte de la factura onerosa que hay que pagar por la aplicación de la ideología de nuestros sindicatos, a los que no les gusta que nadie les ponga en evidencia, y mucho menos el gobernador del Banco de España. Qué pronto se les ha olvidado a Méndez y Toxo aquello que dijo Rosa Luxemburgo de que la libertad es la libertad de pensar diferente. A Mafo se la niegan y así nos va.

El Sr. González es profesor de Economía de la Universidad Autónoma de Madrid. Comentarista político en el programa Es la Mañana de Federico, de esRadio. Miembro del panel de Opinión de Libertad Digital.

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