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Emilio J. González

Nacionalismo bancario

La Unión Europea, por tanto, está mostrándose incapaz de actuar como unión en una de las crisis financieras más graves de la historia. De ahí la decepción de los mercados.

Emilio J. González
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El desplome con que han recibido las Bolsas europeas la falta de acuerdo en la cumbre de París para una actuación conjunta de las principales naciones europeas a la hora de afrontar la crisis pone de manifiesto la debilidad estructural de la Unión Europea para tener un papel significativo en el mundo. Ese papel se demuestra, sobre todo, cuando llegan los momentos de dificultades como las actuales y la UE ha dejado bien claro que no está, ni de lejos, a la altura de las circunstancias.

Los mercados esperaban que de la cumbre del pasado fin de semana en la capital francesa, convocada por Nicolas Sarkozy para buscar soluciones a la crisis financiera internacional, saliera un compromiso verdadero con el sector bancario. Sin embargo, los cuatro líderes comunitarios reunidos en Paris –Brown, Merkel, Berslusconi y Sarkozy– han sido incapaces de llegar a un acuerdo real sobre lo que hacer para afrontar el huracán que asola los mercados financieros. Y en esa falta de acuerdo subyacen parte de los males que vienen lastrando el desarrollo de la Unión Europea desde hace años.

Los cuatro líderes comunitarios se han contentado con decir que pedirán responsabilidades a los responsables de las entidades crediticias que tengan dificultades, lo cual está muy bien porque quien crea el problema luego no puede irse de rositas. Pero no basta con ello. También han acordado pedir una reforma del sistema financiero internacional, por considerar que el diseñado en 1944 en la conferencia de Bretton Woods, que estableció un sistema que giraba en torno al dólar, se ha venido definitivamente abajo como consecuencia de la crisis. La cuestión es qué sistema quieren los europeos y si lo que pretendan será realmente viable.

La reforma del sistema financiero empezó, de facto, cuando en 1971 el presidente estadounidense Richard Nixon acabó con la libre conversión de dólares por oro, lo que dio la puntilla al sistema de tipos de cambio fijo con centro en el billete verde diseñado a finales de la Segunda Guerra Mundial. De aquel sistema de Bretton Woods ya quedaba poco porque su propio fracaso, así como la globalización de la actividad financiera, empezaron a configurar un nuevo modelo. En ese nuevo modelo, la Unión Europea viene adquiriendo un papel cada vez más relevante ya que la puesta en marcha de la unión monetaria ha provocado que el euro, poco a poco, vaya ganando terreno al dólar como moneda de reserva internacional –con un peso que jamás tuvieron conjuntamente las monedas nacionales a las que sustituyo la divisa europea– y como moneda en la que denominar los pagos en el comercio internacional. Ese cambio ha venido impuesto de forma paulatina por los mercados, no por los Estados, al constatar que el euro es una realidad que tiene como respaldo al mayor protagonista del comercio mundial: la UE. Sin embargo, para que ese papel vaya a más, y con él los cambios en el sistema financiero internacional, hace falta que los mercados confíen en el euro. Sin embargo, la incapacidad de los líderes comunitarios de ponerse de acuerdo en un paquete de medidas para salvar a la banca europea más que promover esa confianza, la mina.

Los europeos están acusando a Estados Unidos de crear la crisis como consecuencia de sus fallos en la supervisión bancaria, reflejados esencialmente en que la banca de inversión, la principal protagonista de las quiebras y suspensiones de pagos al otro lado del Atlántico, quedaba fuera de la supervisión de la Reserva Federal. Con ello vienen a sugerir que lo que hace falta es un nuevo sistema de supervisión internacional, una crítica acertada. Pero como siempre es más fácil detectar la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio: no se dan cuenta de que antes de hacer semejantes comentarios tienen que poner su casa en orden. La unión monetaria europea tiene un banco central común, el BCE, quien, sin embargo, carece de capacidad supervisora alguna pese a que desde el primer momento viene pidiéndola. Los Estados nacionales, sin embargo, se niegan a transferir esa competencia al BCE porque supone perder la capacidad de control político de las entidades de crédito; es decir, porque quieren mantener una visión nacional y nacionalista de dichas entidades. Este es el quid de la cuestión, porque esa visión no solo impide una supervisión a escala europea, como sería necesario teniendo en cuenta que la mayor parte de los bancos de la zona euro operan en varios países, sino también un acuerdo acerca de un fondo de rescate para los bancos en dificultades. En el fondo, ni Alemania, ni Francia, ni Italia, están dispuestas a ver como sus entidades financieras caen en manos de extranjeros. El resultado de esta visión corta de miras es el que ha deparado la cumbre: que cada país resuelva sus problemas como buenamente pueda.

La Unión Europea, por tanto, está mostrándose incapaz de actuar como unión en una de las crisis financieras más graves de la historia. De ahí la decepción de los mercados, ya que la UE tiene capacidad más que de sobra para afrontar la crisis. No obstante, al atomizarse en respuestas nacionales derivadas de intereses nacionales, esa capacidad se pierde y los mercados reaccionan en consecuencia. Por ello, ni basta con decir que los responsables de la crisis pagarán por sus culpas, ni con pedir una reforma del sistema financiero internacional que, hoy por hoy, la UE no está en condiciones de afrontar. Hace falta mucho más, y ese mucho más pasa por profundizar en la integración financiera de la zona euro, con un BCE con verdaderos poderes supervisores y con un mercado bancario tan abierto como en España, Holanda o Reino Unido, donde no se ponen trabas a que las entidades extranjeras adquieran las nacionales. Justo lo contrario de lo que sucede en Francia, Alemania e Italia, cuyo nacionalismo bancario impide a la UE dar la respuesta conveniente a la crisis. No es extraño, por tanto, el castigo que aplican los inversores a las Bolsas europeas.

El Sr. González es profesor de Economía de la Universidad Autónoma de Madrid. Comentarista político en el programa Es la Mañana de Federico, de esRadio. Miembro del panel de Opinión de Libertad Digital.

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