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Emilio J. González

Pólvora del rey

Emilio J. González
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Si Alberto Ruiz Gallardón hubiera sido ministro en alguno de los Gobiernos Aznar, probablemente su popularidad sería mucho más baja. El equipo de Hacienda jamás le hubiera dejado gastar con la alegría con la que lo ha hecho en sus ocho años como presidente de la Comunidad Autónoma de Madrid (CAM), ni con la que pretende hacerlo como alcalde de la Villa y Corte.
 
Gallardón es un político acostumbrado a disparar con pólvora del rey. En la CAM ha hecho muchas obras, ha cambiado por completo el aspecto de la autonomía, ampliando la red de metro y realizando obras en infraestructuras de las que nadie discute su necesidad. El problema es que, ocho años después, Madrid es una de las regiones de España que ha registrado un mayor crecimiento de su endeudamiento y que tiene uno de los niveles de deuda más elevados. Como consecuencia de ello, la gestión de su sucesora en el cargo, la bienintencionada Esperanza Aguirre, se va a ver hipotecada por la necesidad de llevar a cabo una política de saneamiento de las cuentas autonómicas.
 
Esto no quiere decir que las obras en Madrid vayan a pararse, ni mucho menos. Muchas de ellas están incluidas en el Plan de Desarrollo Regional 2000-2006, presentado por el Gobierno español a la Comisión Europea y que cuenta con el aprobado de Bruselas y la lógica asignación de fondos comunitarios. Estos programas de inversión, en los que la CAM también tiene que poner dinero, tienen que ejecutarse necesariamente puesto que, de lo contrario, se perderían las ayudas concedidas por la UE. Pero Esperanza Aguirre probablemente no va a poder hacer mucho más, ya que la hipoteca –nunca mejor dicho- que le ha dejado su antecesor limita considerablemente su margen de maniobra porque tiene que atender a los intereses generados por esa deuda.
 
Esperanza Aguirre tampoco puede lanzarse a gastar alegremente y aumentar el déficit presupuestario de la CAM porque ni se lo permite la Ley de Estabilidad Presupuestaria, ni se lo autoriza la política económica del PP, uno de cuyos pilares básicos es, precisamente, la estabilidad fiscal. Y como Esperanza no es Gallardón, sino que es liberal de corazón y disciplinada con su partido, probablemente se atendrá a lo que debe atenerse, es decir, a ejecutar una política fiscal sana sin subir los impuestos. Esto es lo que los ciudadanos tenemos que esperar de nuestros políticos.
 
Gallardón, en cambio, ha entrado en el Ayuntamiento como un elefante en una cacharrería y, sin encomendarse a nadie, decide una subida de impuestos, en contra de la política de su partido, sin explicar para qué quiere ese dinero y, ni mucho menos, sin dar cuenta de por qué necesita una corte, y tan numerosa, de asesores personales. Desde luego, no me cabe duda de que la intención del alcalde es gastarse ese dinero, y de hacerlo, además, en cosas que luzcan, como infraestructuras y mejoras de la ciudad, que es lo que da popularidad. El problema es que Gallardón no es Carlos III,  quien lleva el título de “El mejor alcalde de Madrid”, ni gasta el dinero de sus propias arcas, sino de las públicas, es decir, de las de todos, y, como en la CAM, el que venga después, que arree. Es la política de disparar con pólvora del rey. Lo malo es que los madrileños, ni en general los españoles, estamos por la labor.

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