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Emilio J. González

Prohibido prohibir

Esta medida van a aumentar las multas de tráfico, que son una fuente nada desdeñable de entradas de dinero en las arcas estatales y, sobre todo, en las municipales.

Emilio J. González
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Como un partido político concurriera a las próximas elecciones con aquel eslogan del 68 de "Prohibido prohibir" se lleva la victoria de calle, porque a este Gobierno tan socialista que tenemos, y tan amigo de meterse en la vida de todos, lo único que se le ocurre es restringir una y otra vez la libertad a la menor excusa que se le presente. Ahí tenemos, sin ir más lejos, la cruzada antitabaco de Leire Pajín y, desde este viernes, los nuevos y absurdos límites a la velocidad de circulación de los automóviles. Dice Rubalcaba, que es a quien le ha tocado dar la cara, que esta medida es para ahorrar petróleo, ya que su precio se ha puesto por las nubes. Sin embargo, las razones son otras.

En contra de lo que dice el Ejecutivo, no hace falta reducir la velocidad para que disminuya el consumo de combustible. Basta con que suba su precio para que los ciudadanos pongan menos litros de gasolina en sus coches, más que nada porque entre lo cara que está gracias a tantos impuestos como soporta y lo apuradas que se encuentran las economías familiares, en el presupuesto de los hogares ya no hay margen para dedicar más dinero a llenar el depósito del coche, sobre todo porque la subida del petróleo también tiene un impacto directo en los precios de los alimentos. Además, cuanto más suba el precio del petróleo, más tipos de biocombustibles van a empezar a ser rentables, incluso sin ayudas públicas. Lo lógico, por tanto, hubiera sido dejar que las cosas sigan su curso, de acuerdo con los principios básicos de funcionamiento de los mercados. Y si quieren un ejemplo de que las cosas efectivamente son así, no tienen más que observar qué sucede con las compañías aéreas. Éstas, en cuanto se encarece el petróleo, trasladan los mayores costes de combustible al precio de los billetes y en seguida se reduce el número de viajeros, lo cual las lleva a cancelar vuelos para ahorrar dinero y queroseno. Pues con los automóviles particulares sucede lo mismo.

Lo que le pasa al Gobierno es que después de siete años de política energética desastrosa ahora se encuentra con las consecuencias de no haber hecho nada por reducir la elevada dependencia energética exterior de nuestro país, cosa que se hubiera conseguido ya de haber apostado desde un primer momento por el átomo, en lugar de empeñarse en cerrar centrales nucleares porque eso, según el modo de entender las cosas de Zapatero, era lo progresista. Y así nos encontramos con que el país que tenía el déficit de balanza de pagos más alto del mundo antes de que estallara la crisis, va a volver a conocer el mismo problema, sólo que ahora en medio de una depresión económica que se va a agudizar como consecuencia de ese estrangulamiento del sector exterior que provocan nuestras elevadas importaciones de petróleo y gas y sin saber cómo se va a financiar ese ‘agujero’ exterior.

Además, por aquello de "aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid", el Gobierno ha encontrado en el petróleo la excusa que necesitaba para incrementar los ingresos presupuestarios tanto del Estado como de los ayuntamientos sin tener que subir los impuestos. Porque con esta medida van a aumentar las multas de tráfico, que son una fuente nada desdeñable de entradas de dinero en las arcas estatales y, sobre todo, en las municipales. Son razones presupuestarias, en última instancia, las que explican, en parte, por qué ahora al Ejecutivo se le ha ocurrido tan brillante idea en vez de dejar que sea el mercado quien ponga las cosas en su sitio.

Al mismo tiempo, al Gobierno le molesta todo lo que implique individualismo, porque del individualismo nace la libertad. Pocos símbolos representan mejor ese carácter en España que el automóvil. Este Ejecutivo, sin embargo, se ha empeñado en acabar con ello y en llevarnos por la senda del colectivismo. En este caso, como la reducción de la velocidad de circulación en las ciudades, sobre todo de las grandes, va a suponer un aumento considerable de los atascos, ahí está, piensa el Gabinete, el transporte público como alternativa a quien quiera escapar de ellos y como medio para diluir la personalidad individual en lo social, en lo común, que resulta tan querido para Zapatero. El transporte público está, sin embargo, para quien quiera utilizarlo libremente, no para que el Gobierno nos meta en él como a un rebaño de ovejas en un redil, sin emplear la fuerza pero si la coacción. Eso, en definitiva, es lo que también buscan ahora y así se meten una vez más en nuestras vidas.

Insisto: mi voto para el partido que adopte como lema "Prohibido prohibir", que ya está bien de tanto agobio a la personalidad individual, de tanta restricción y de tanto decidir por nosotros.

El Sr. González es profesor de Economía de la Universidad Autónoma de Madrid. Comentarista político en el programa Es la Mañana de Federico, de esRadio. Miembro del panel de Opinión de Libertad Digital.

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