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Emilio J. González

Y ZP se olvidó de la productividad

¿Esto cómo se arregla? Pues, por supuesto, con una reforma laboral adecuada, le guste o no a los sindicatos, con otra del sistema educativo y con políticas que impliquen un marco institucional adecuado para que las empresas puedan invertir

Emilio J. González
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Una de las características de los socialistas que nos gobiernan hoy es lo pronto que se olvidaron de sus críticas y propuestas en materia de economía cuando estaban en la oposición. Claro que, como entonces no tenían responsabilidades de gobierno, se permitían decir todo cuanto les apetecía e, incluso, en algunas cosas hasta tenían razón. Luego, cuando llegó la hora de la verdad, prefirieron encerrar bajo siete llaves en el cajón del olvido todo aquello que antes habían sacado a la palestra para criticar al PP porque resolver los problemas no es tan sencillo. En muchas ocasiones, hay que tomar medidas duras que son imposibles con un presidente del Gobierno que le tiene alergia a todo lo que implique pérdida de popularidad y que repudia todo aquello que no cuadre con sus rancios esquemas ideológicos, lo cual explica que Zapatero se haya pasado legislatura y media sin hacer nada en materia económica, ni siquiera cuando constató amargamente que la crisis era real y no se iba a marchar de estos pagos como por arte de magia, y que lo poco que pueda anotar en su haber en este terreno haya tenido que venir de la mano de la presión de los mercados o impuesto por la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional.

Todo esto viene a cuento de las innumerables críticas que los socialistas, por boca de su entonces responsable de economía, Miguel Sebastián, vertieron contra el PP a cuento de que, a pesar de que los de Aznar habían creado cinco millones de puestos de trabajo, la productividad no había crecido, sino todo lo contrario. Ese fue el único punto realmente débil que encontraron las mesnadas de ZP en la, en general, satisfactoria política económica que habían desplegado los populares. Y, la verdad, todo sea dicho, tenían toda la razón del mundo en esa crítica. Pero como luego no hicieron nada al respecto cuando tuvieron ocasión, y dos legislaturas dan para hacer muchas cosas, incluso con la crisis de por medio, pues ahora los socialistas tienen que pagar las consecuencias. ¿De qué forma?

Una productividad más alta significa que cada trabajador produce más por cada, digamos, jornada laboral. Eso supone que la empresa, con el mismo coste del trabajo, que representa, por término medio, alrededor de dos terceras partes de los costes totales, obtiene más producto y puede vender e ingresar más dinero. Su margen, por tanto, aumenta y, con él, su beneficio, pero también su capacidad para pagar sueldos más altos. Una productividad más baja supone todo lo contrario. Nada de esto es neutro para la economía española, ni mucho menos.

Si la productividad fuera mayor, cuando llegó la crisis, las empresas habrían tenido colchón suficiente para afrontar la drástica caída de sus ventas sin tener que despedir trabajadores o, al menos, sin tener que destruir tantos empleos como la crisis se ha llevado de por medio. Y, por supuesto, muchas empresas hubieran podido sobrevivir. Por tanto, hay una relación directa entre el fuerte aumento del paro y la baja productividad de la economía española.

Una productividad mayor, asimismo, también permite pagar salarios más altos y, con ello, incrementar la recaudación tributaria, lo cual hubiera venido muy bien cuando se produjo el desplome de los impuestos y el déficit público se disparó para evitar que el agujero de las cuentas públicas sea tan grande y tan difícil de reducir. Con el sistema de pensiones ocurre tres cuartos de lo mismo. Mayores salarios gracias a la productividad implican mayores ingresos por cotizaciones a la Seguridad Social, lo cual podría haber supuesto que la crisis del sistema no fuera tan importante o, incluso, haberla evitado. Sin embargo, como Zapatero y los suyos se olvidaron de la productividad de la noche a la mañana, ahora tenemos los graves problemas que tenemos con el paro, el presupuesto y las pensiones.

¿Esto cómo se arregla? Pues, por supuesto, con una reforma laboral adecuada, le guste o no a los sindicatos, con otra del sistema educativo y con políticas que impliquen un marco institucional adecuado para que las empresas puedan invertir en todo aquello que incremente su productividad, todo lo cual ha brillado por su ausencia en los años de ZP, aunque también, y en gran medida, en los anteriores. Si no se hacen esas reformas, pues o bien vamos hacia un proceso de reducción de salarios y precios, con las tremendas consecuencias que ello puede tener para unas familias y unas empresas tremendamente endeudadas, o bien nos acostumbramos a vivir con el drama de cinco millones de parados, lo cual es un problema muy grave para una sociedad se mire desde el punto de mira que se mire. Por lo que estamos viendo estas últimas semanas tanto en el Gobierno como entre quienes quieren paralizar el país el 29 de septiembre, no se vislumbra el menor signo de cambio sino presiones y más presiones en el sentido contrario. Así es que mucho me temo que acabemos en los escenarios más pesimistas, sin que sea necesario decir a quién hay que pedir cuentas por ello, porque los nombres y apellidos de los responsables de este desastre son públicos y de sobra conocidos.

El Sr. González es profesor de Economía de la Universidad Autónoma de Madrid. Comentarista político en el programa Es la Mañana de Federico, de esRadio. Miembro del panel de Opinión de Libertad Digital.

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