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Emilio J. González

Zapatero y la debilidad del euro

¿Cuántos millones más de parados nos costaría el decir adiós al euro? Por muy duras que sean las decisiones que hay que tomar, la alternativa de no hacerlo es realmente dantesca.

Emilio J. González
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Hagamos un ejercicio de ficción e imaginemos un mundo como éste, con una crisis como la actual, en el que no existiera la Unión Europea y, no digamos ya, el euro. ¿Cómo actuarían los distintos Estados miembros de la moneda única? Más de uno, Francia, sin ir más lejos, porque así lo dicen muchos comentaristas galos, estaría encantado de poder devaluar su moneda para, de esta forma, trasladar parte de la carga del ajuste a quien ha hecho sus deberes. Y no digamos la España de Zapatero, un presidente del Gobierno que nos está llevando a la quiebra como país por andarse echándole pulsos ideológicos a la UE. Vamos, que la competencia entre los distintos países por recuperar competitividad a golpe de devaluación estaría servida. Y más de uno también, y de dos, y de tres, probablemente seguiría las recetas proteccionistas de Barack Obama pensando que así salvaría su economía y los puestos de trabajo de la misma. ¿Cómo sería, entonces, este mundo de ficción? Pues un mundo de conflictos entre los Estados europeos que, con este tipo de políticas, lo único que conseguirían sería agravar todavía más la crisis, dejando tras de sí legiones de parados y abriendo de par en par las puertas a la miseria, a la inestabilidad política, a las disputas internacionales y, podría ser también, a un nuevo conflicto bélico. Por desgracia, esto no es una exageración; es la historia de la Gran Depresión y sus consecuencias de las cuales, por ahora, nos salvan la UE y el euro. Con todos sus defectos, que los tienen, y muchos, sólo por evitarnos semejante panorama merece la pena que conservemos tanto la una como el otro. Pero no en estas condiciones.

Es cierto que esta crisis está provocando muy serios sufrimientos a aquellos países que más están padeciendo sus consecuencias. Pero igual de cierto es, también, que cada uno de ellos está recibiendo lo que se ha buscado durante años. Grecia sufre el castigo de haber engañado a unos y a otros con un ajuste presupuestario que nunca hizo. Irlanda padece las consecuencias de no haber medido sus palabras cuando garantizó al cien por cien los depósitos de los bancos y la solvencia de los mismos con tal de evitar la dureza con que golpea la crisis financiera internacional, cuando sus entidades crediticias son demasiado grandes para un país tan pequeño. Bélgica empieza a pagar las consecuencias de no haber aplicado estrategia alguna para reducir un endeudamiento público que supera el cien por cien de su PIB, lo mismo que Italia, que también tiene que asumir ahora las consecuencias de su desgobierno. España padece todos los problemas propios de una economía socialista que lleva décadas negándose a reformas, por más advertencias que ha tenido de lo que nos podría suceder y por más que las experiencias de otros países confirman una y otra vez que sólo una economía flexible, liberalizada y productiva, que sabe cuándo tiene que sacrificarse para volver a ser robusta, es la única garantía de empleo y prosperidad y el único verdadero amortiguador de los embates de la crisis. Y de Francia, mejor no hablar, porque también está sufriendo lo suyo como consecuencia de una economía hiperprotegida y poco competitiva, mientras muchos economistas galos piden a gritos el poder devaluar. ¿Cuánto tardarán los mercados en fijarse en nuestro vecino del otro lado de los Pirineos y sus serios problemas económicos?

El Pacto de Estabilidad nació, precisamente, para evitar lo que le está sucediendo a estas naciones. Lo malo es que se trata de una regla, no de una institución y, por tanto, carece de verdadera fuerza para imponerse a los países indisciplinados, sobre todo cuando los primeros en saltársela cuando les convino fueron Francia y Alemania. Aun así hay que entender que la pertenencia a un club como el del euro impone una serie de obligaciones implícitas en el hecho de compartir una moneda común, como es el contar con una economía flexible y evitar los disparates presupuestarios. La España de Zapatero, sin embargo, ha hecho justo lo contrario. Cuando llegó la crisis, además de negarla, ZP se aplicó con denuedo a poner en marcha políticas keynesianas de gasto público y déficit presupuestario que nos han llevado al borde de la quiebra. Y ahora que toca apretarse el cinturón de verdad, la actitud de Moncloa es pedir solidaridad a los alemanes y cuando éstos se niegan, por razones más que obvias, acusarles de todo cuando Alemania lleva cincuenta años pagando las facturas de la Unión Europea. Lo que subyace en la actitud de este Gobierno es esa idea socialista de hacer pagar la crisis a los ricos, en este caso a los alemanes, en lugar de reducir el gasto público y el tamaño del Estado, que es lo que hay que hacer pero a lo que se niegan Zapatero y sus adláteres tanto por razones ideológicas como crematísticas. Y si la UE no consigue hacer cambiar de idea al Gobierno, la ruptura del euro es un escenario a considerar.

Ahora bien, el Gobierno debe hacer sus cuentas al respecto porque el posible final de la unión monetaria europea no le va a salir precisamente gratis a España, sino todo lo contrario. Si el euro se rompe, o si nos echan de él, como también puede suceder, la prima de riesgo española se dispararía y los tipos de interés se pondrían por las nubes. Recuérdese que, a finales de 1995, el tipo del bono a diez años llegó a estar en el 15% como consecuencia de la crisis política y económica que azotaba a nuestro país. En circunstancias como aquéllas, ¿cómo vamos a salir del profundo abismo en el que ya hemos caído? ¿Cuántos millones más de parados nos costaría el decir adiós al euro? Por muy duras que sean las decisiones que hay que tomar, la alternativa de no hacerlo es realmente dantesca. Así es que lo mejor que puede hacer este Gobierno, o sus restos, dadas las circunstancias, es dejarse de trampas para seguir huyendo hacia adelante porque ya no hay más espacio que recorrer y, desde luego, dejar de pretender que los alemanes nos salven cuando podemos hacerlo nosotros mismos, porque a Alemania, francamente, le importa un bledo si España está dispuesta a suicidarse económicamente porque le resulta más barato, y más fácil de vender a sus ciudadanos, el dedicarse a ayudar a las entidades financieras germanas con activos españoles que ayudar a un ZP empeñado en echarles un pulso que nunca va a ganar.

El Sr. González es profesor de Economía de la Universidad Autónoma de Madrid. Comentarista político en el programa Es la Mañana de Federico, de esRadio. Miembro del panel de Opinión de Libertad Digital.

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