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El túnel

Aprendiendo

¿Qué le pedimos a un programa o a un artefacto tecnológico? Básicamente, que haga las funciones que tiene encomendadas. A un sistema operativo, por ejemplo, le pedimos que funcione con fiabilidad, de manera estable, que no se detenga de modo abrupto y provoque pérdidas de datos... en general, que actúe de manera predecible, siendo incluso tolerante ante errores que podamos cometer. A una hoja de cálculo le exigimos fiabilidad en los resultados obtenidos, velocidad de cálculo, herramientas bien diseñadas, y un sinfín de cosas más. De un programa de presentaciones, por ejemplo, esperamos que nos proporcione un abanico amplio de posibilidades creativas, herramientas eficaces y eficientes, atajos y plantillas que nos hagan productivos, galerías de dibujos amplias... Así, podríamos ir recorriendo la panoplia de aplicaciones tecnológicas que utilizamos todos los días, y anotando todos los atributos que consideramos importantes en ellas. Probablemente, incluso, podríamos dividir esos atributos o prestaciones en dos grupos: uno que tenderíamos a llamar prestaciones indispensables o basics, que exigimos e un producto de su categoría; y otro grupo de funciones premium, que es donde los productos que superan la barrera de los básicos intentan diferenciarse siendo vanguardistas. Típicamente, además, las prestaciones de tipo premium tienden a evolucionar para acabar convirtiéndose en basics: un teléfono es un aparato para hablar, no para hacer fotografías... pero a un móvil sin cámara ya ni lo miramos a la cara.
 
Siguiendo este esquema, algo me dice que nuestra relación con los artículos basados en tecnología va a cambiar en un futuro no muy lejano. Hasta ahora hemos pedido a las tecnologías que funcionasen, y además, a ser posible, que lo hiciesen bien, de manera estable (algo en lo que, a juzgar por el número de veces que el común de los mortales tiene que reiniciar su ordenador, hemos tenido un éxito dudoso). Pero, ¿y si empezásemos a pedirles algo menos de “estabilidad”? No me refiero con ello, claro está, a que nos obliguen más a menudo a practicar el deporte de “salir y volver a entrar” de todas partes (obsesión que además cabía esperar de un panorama tecnológico dominado por alguien cuyo apellido es “puertas” y cuyo producto principal se llama “ventanas”), sino a algo diferente: que los programas y artefactos empiecen a evolucionar. A aprender de quienes los usan. Cada día más, empiezo a querer programas que aprendan de las cosas que yo les pido, de mis acciones, de mi realimentación. Cada vez que tomo el carril central de la carretera de La Coruña, por ejemplo, mi GPS se vuelve loco, y cuando finalmente me salgo por la derecha, se queda pasmado pensando que mi coche y yo hemos sufrido algún tipo de transmutación imposible en el tiempo y el espacio. ¿Por qué es tan “aburridamente unidireccional”? ¿No podría el maldito sistema aprovechar que yo hago esa “cosa rara”, esa “operación imposible” no contemplada en sus mapas, para “dar de alta” tal posibilidad en el sistema? Un sistema GPS que aprendiese de las acciones de sus usuarios conformaría, seguramente, el mapa más completo y actualizado del mundo, algo en lo que todo usuario querría seguramente colaborar.
 
Pero vamos más allá: ¿Y si mi proceso de textos interpretase mis errores no conforme a un diccionario estándar, sino al mío propio? El americano medio dicen que utiliza un número de palabras en el rango de las quinientas, tampoco es que escape al poder de la máquina el recordarlas en sus múltiples variaciones. ¿Y si el buscador supiese el tipo de resultados que suelen interesarme, y me diese a mí, que estoy interesado en la actualidad tecnológica y en los resultados del Deportivo de La Coruña, resultados diferentes a los de mi vecino, al que interesa el sector de la hostelería y además es del Madrid? Hasta ahora, las tentativas de las máquinas por ganar en inteligencia ante el usuario han sido patéticos intentos de ser “listillos”, conjuntos extremadamente básicos de reglas fijas que tienden a desesperar más que a ayudar, y que no evolucionan con el tiempo, no “aprenden” de verdad del usuario.
 
La inteligencia artificial cuenta ya con años de desarrollo, y sin embargo, vemos poca integración de la misma con las tecnologías que utilizamos todos los días. Usamos tecnología, pero es una tecnología autista, que no reacciona a nuestros estímulos, que no se adapta a nosotros. En breve, algún competidor en la esfera tecnológica será capaz de convertir sus productos en “modestamente inteligentes”, en “medianamente sensibles”, inaugurará la “era de las cosas que piensan”, y comenzará la carrera de la inteligencia artificial.

Enrique Dans es profesor del Instituto de Empresa  

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