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Arte, mercado y codicia

Cuando crean, su público puede pagarles si estiman que la creación vale la pena o si desean estimularles para que sigan creando. O negárselo si estiman que no es así. El verdadero artista está mejor ahora.

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Arte. Creación. Cultura. Conceptos importantes, exclusivos de la actividad humana, de la diferencia entre hombre y animal. Es la naturaleza humana la que da esa capacidad de abstracción, de representación, de evocación gracias a la manifestación creativa. Y tan humana como la creación es la capacidad de disfrutarla. Querer ver una película, escuchar una canción o ir a una exposición es algo que no está dentro de las capacidades animales, es parte de la especificidad del hombre.
 
En la historia de la Humanidad, siempre ha habido arte. Personas a las que la sociedad liberaba de determinadas tareas para que pudiesen proporcionar a otros unas sensaciones, evocaciones o sentimientos que deseaban. La capacidad del artista de vivir de su creación depende de sus posibilidades para inducir a un conjunto de personas para que disfruten de su obra y colaboren en su sostenimiento. Los mecanismos económicos implicados pueden ser complejos: por ejemplo, un gobierno, empresa o mecenas puede sostener económicamente al artista para que desarrolle su creación, que podrá así ser disfrutada por un público que manifieste su aprecio a quien la financia. Pero la actividad de creación artística es distinta del mecanismo económico implicado en su sostenimiento o viabilidad. Johan Sebastian Bach era indudablemente un artista de desmesurada capacidad creativa. El Duque Juan Ernesto de Saxony-Weimar (1664-1707) no lo era, aunque jugó un papel fundamental en que Bach lo fuese. Lo primero depende de factores como la capacidad de crear y la sensibilidad artística, lo segundo depende del nivel de recursos ociosos disponibles, del modelo de negocio o de la apreciación del público. Es el artista quien crea el arte, no los que desarrollan el modelo de negocio para incentivarle por su creación. Lícito es que el artista quiera obtener lo más posible a cambio de su creación, pero el proceso por el cual lo haga no es arte, sino la explotación de un modelo de negocio.
 
Hace cierto tiempo, la tecnología inventó métodos para que la creación de un artista dejase de ser un acontecimiento único ligado al momento de su interpretación. Se inventó la capacidad de capturar el tiempo, de encerrar la creación en una botella, para liberarla cuando se quisiera disfrutar de ella. Por supuesto, esto impactó el modelo de negocio de los artistas, que hasta el momento permanecía ligado al momento de su interpretación. Pero los artistas siguieron siendo los artistas, no los que grababan o comercializaban. Esos son meramente empresarios que explotan un modelo de negocio. Con el tiempo, los empresarios descubrieron que el modelo era además manipulable. Que podían seleccionar a los artistas no por la calidad de su obra, sino por las posibilidades que les otorgaban de enriquecerse con la venta de copias. Desarrollaron todo un sistema para proporcionar oportunidades a aquel artista que maximizase el número de copias vendidas. Nos convencieron de cuestiones tan absurdas como el que la calidad de la creación dependía del número de personas dispuestas a pagar por ella. Dejaron fuera del sistema a miles de artistas, interesados sólo en los que, a cambio de unos costes de producción bajos (series largas de productos uniformes), les permitiesen llegar a un mercado lo más amplio posible. Inventaron modas y fans, mediatizaron la voluntad popular gracias a cosas tan ajenas a la creación artística como la publicidad. Un proceso industrial destinado no a optimización de la creación artística, sino a la maximización del modelo de negocio ligado a la misma. En virtud de ese interés, esa codiciosa industria de mercaderes de determinado tipo de arte fue apoyándose en la tecnología para desarrollar soportes cada vez más baratos en su producción, pero por los que pedían al público que pagase cantidades cada vez mayores. En su apogeo, esa industria llegó a dar acceso únicamente al 5% del total de la creación artística de la Historia: el 95% restante, simplemente, no les interesaba. No es que no fuera arte, es que no les proporcionaba el margen que ellos querían. No era un hit, era un flop.
 
Todo esto ha cambiado. Hoy, toda la música está disponible en redes P2P, y somos libres para descargarla. Nuevas tecnologías permiten ahora que quien quiera crear pueda hacerlo, liberado del perverso sistema industrial desarrollado para mediatizar dicha creación. Y esa industria se disfraza ahora de artistas quejumbrosos, solicita la protección de las leyes e insulta a su público por querer acceder a las creaciones que ellos les negaban. No, no son los artistas. Estos pueden seguir creando, y ahora disponen además de un canal directo hacia su público. Cuando crean, su público puede pagarles si estiman que la creación vale la pena o si desean estimularles para que sigan creando. O negárselo si estiman que no es así. El verdadero artista está mejor ahora, o lo podrá estar en cuanto la codiciosa industria deje de ejercer su malévola influencia.
 
No son artistas. Son empresarios ávidos de ingresos, oponiéndose al progreso para mantener un modelo que les permita seguir manteniendo su nivel de vida. Pero ese modelo se ha acabado, y no volverá. La propiedad intelectual que esa gente dice defender debe defenderse sola en virtud de la mano invisible del mercado, que sostiene a los artistas que lo merecen mediante nuevos modelos económicos. La legislación de protección del copyright no aplica para el buen creador, es una protección anacrónica innecesaria y que, además, resulta imposible ejercer en un mundo en el que los bits corren libres. Es cosa del pasado. ¿Quien la necesita? Autores mediocres, incapaces de producir algo de calidad suficiente como para que su público quiera pagar por ello, algo a lo que su público quiera contribuir. Invocan la ley para proteger algo que no merece ser protegido. Porque si la mano invisible del mercado no quiere pagar por él y prefiere descargárselo gratis, es porque no valía el dinero que pedían por él. Así de sencillo. Puro Adam Smith. Retiremos absurdos intermediarios innecesarios, y que sea el mercado quien proteja e incentive la creación.

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