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El túnel

Atrevida ignorancia

Desde hace un tiempo tengo la desagradable sensación de que una parte importante de mi destino como ciudadano está regida por personas que no saben hacer la “O” con un canuto. Una sensación la mar de incómoda, como estar en un barco en medio de un temporal con olas de seis metros y un capitán borracho e incompetente agarrado al timón. Hay una frase muy interesante en el libro “Funky Business“, de Kjell Nordström y Jonas Ridderstråle, que viene a reflejar perfectamente la situación: “En este entorno, sorprende ver como todavía hay empresas con ejecutivos ocupando altos cargos directivos simplemente porque son expertos en lo que era importante ayer”.
 
Y efectivamente, cuando uno se pone a mirar los méritos de quien parece tomar decisiones en este país en ámbitos relacionados con la tecnología, nos encontramos, salvo honrosas excepciones, con esa sensación. ¿Cómo calificar a alguien que inaugura su mandato proponiendo un cambio de tipo impositivo aplicable a los libros sin haber siquiera consultado la legislación vigente? La misma que ahora, al proponer cambios en la regulación de los derechos de autor, se asesora y rodea de todos los que opinan en un sentido, pero ignora tercamente, en supremo ejercicio de “talante democrático”, a todos los que opinan en el otro, independientemente de sus ideas, formación o preparación. Es más, no sólo les ignora, sino que les insulta y amenaza de forma sistemática, hasta el punto de tildarlos de “piratas” y llamar a su proyecto de ley “plan antipiratería”. Hablamos de alguien que responde a ideas preconcebidas, implantadas y arcaicas, y que se niega a entender otras nuevas, aunque tengan mucho más sentido y modelos económicos bastante más viables detrás. La misma que es incapaz de diferenciar mafias que explotan inmigrantes e invierten en equipos de duplicación, de pacíficos usuarios que intercambian archivos sin extraer de esa actividad ningún beneficio económico. Alguien que presuntamente no ha leído a ninguno de los autores influyentes en el pensamiento económico contemporáneo en la Red, a quien le suena el Negroponte embajador de Estados Unidos en Irak, pero no el Director del Media Lab del MIT. Que seguramente ignora quienes son Lawrence Lessig, Cory Doctorow, Richard Stallman, Linus Torvalds o Chris Anderson, y no ha leído ninguno de sus artículos. Que posiblemente no sepa qué es la Wikipedia y porqué aporta tanto valor, ni entienda el mecanismo que hace que algo aparezca en Google. No lo digo con tono peyorativo, no se puede saber de todo, y seguramente haya temas en los que esta persona sea enormemente docta e incluso en los que, según sus propias palabras, haya sido “cocinera antes que fraila”. Pero en lo referente a la Red y a la nueva economía es una ignorante que, además, cree que no lo es, lo niega, y se siente autorizada para influir en mi bolsillo o en mi libertad imponiéndome cánones o haciendo que mi proveedor de Internet espíe y almacene mis movimientos, cual inquisidor de Torquemada. Y sin remordimiento alguno ni propósito de enmienda.
 
Además, no es un caso único. Aquí tenemos de todo, como en botica. Otro alto cargo, en este caso no del poder ejecutivo sino del legislativo, también ignora completamente los conceptos más básicos de la Red. Una persona a quien se supone que le parecería insultante y digno de un estado policial obligar a los ciudadanos a ir permanentemente identificados por la calle, pero le parece lícito pedir que en la Red nadie pueda moverse si no es con las manos en la nuca y el carné en la boca. Le parece perfecto que no se pueda participar con seudónimo en una discusión, obligándonos así a renunciar a nuestra libertad de hacer que nuestras opiniones o posiciones puedan ser independientes de nuestra figura, cargo u ocupación. Y lo que es peor: va y lo dice tranquilamente, como si de verdad hubiese sopesado las consecuencias de sus palabras sobre las libertades individuales de aquellos a los que debería defender.
 
Pero tenemos también un responsable de delitos telemáticos de la Guardia Civil que opina que Internet hace que busquemos experiencias cada vez más fuertes y que acabemos irremisiblemente cayendo en la pedofilia y la pederastia. Y que no sólo lo opina, lo cual podría ser disculpable teniendo en cuenta su experiencia, sino que además lo dice en público, sin pensar en las consecuencias que puede tener el provocar que una generación de padres pueda alejar a sus hijos de Internet. La más vasta fuente de cultura que nunca ha estado disponible para la Humanidad, equiparada con un sucio y repugnante lupanar o antro de vicio y perversión por boca del funcionario de turno que no sabe sujetar sus impulsos oratorios.
 
Y estas tres guindas son sólo una muestra. Últimamente hemos oído muchas más, de todos los colores, para vergüenza de propios y extraños. Esa permanente sensación de que toma decisiones quien no está capacitado para ello. Alguien debería hacer algo, exigir que quien pretenda legislar sobre el ámbito tecnológico, como mínimo entienda la tecnología y sus efectos, haya leído un poco, tenga un mínimo de cultura. O, si no la tiene, tenga la prudencia de asesorarse convenientemente. Pero está claro: aquí, los prudentes son una clara minoría.

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