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Buenos y malos

Los malos en esta historia son muy, muy malos. Perversos. Son capaces de absolutamente cualquier cosa con el fin de evitar que avancemos, que los tiempos cambien, que salgamos del oscurantismo en que nos quieren mantener.

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El maniqueísmo fue una secta religiosa de la antigua Persia, en los albores del siglo III, caracterizada por su concepción dualista, por la existencia de una lucha eterna entre los principios opuestos e irreductibles del bien y el mal. Generalmente utilizamos el adjetivo “maniqueo” para referirnos a una simplificación de la realidad, al uso de argumentos exagerados y contrapuestos en un razonamiento, algo relativamente común cuando se intenta ejercitar la persuasión. El título de esta columna, por ejemplo, es completamente maniqueo, pero permítanme la licencia de utilizarlo: déjenme pintar el blanco y el negro, y ya tendrán tiempo posteriormente de rellenar ustedes los grises intermedios a su gusto.

¿Quiénes son los buenos? Desde mi maniquea y sin duda sesgada perspectiva, los buenos son personas normales, ciudadanos que quieren vivir en libertad. En la libertad de acceder a una información compuesta por bits que son completamente libres e imparables, que se mueven a su antojo. En la libertad de poder consultar información, utilizarla, acceder a ella siempre que lo deseen. Son personas que se han dado cuenta de que la información no conoce fronteras, que se mueve y se esparce de manera viral entre las personas, que gana y mejora cuando la puedes reutilizar para como pieza para construir, para elaborar sobre ella. Una economía en la que nadie reinventa la pólvora, sino que utiliza la fórmula que otro inventó anteriormente. Personas que defienden su individualidad, sus gustos y preferencias, el respeto a la privacidad y la intimidad en un entorno en el que el acceso a las máquinas es cada vez más sencillo y ubicuo, que nos lleva cada vez más a vivir en la red.

Y de hecho, muchas de esas personas viven en la red: hablan, se comunican, intercambian pareceres, construyen ideas y pensamientos en el seno del espacio más ilimitado, abierto y libre que el hombre ha sabido crear jamás: Internet. No son enfermos, ni “adictos”, ni ninguna de esas estupideces que la prensa amarilla utiliza con fruición. Ni personas hastiadas con tendencias que apuntan hacia la pedofilia y la pederastia, como tuvo a bien afirmar en enero pasado el jefe del Departamento de Delitos Telemáticos de la Guardia Civil. No, son personas normales, buenos ciudadanos, que trabajan, votan y pagan sus impuestos. Son seres sociables, que salen a tomar una copa, que hablan con otras personas, que van al cine… no son criaturas mutantes pálidas, sombrías y de ojos vidriosos debido al excesivo uso de la pantalla y a las persianas bajadas para evitar el reflejo de la luz exterior. En absoluto, de verdad, no somos así. Si cuando piensa en un internauta evoca en su cabeza algo relacionado con ese perfil, revise sus conceptos o hágaselo mirar. Está actuando igual que cuando la gente no quería subirse en los trenes porque creían que la alta velocidad causaría trastornos irreversibles y desplazamiento de las vísceras con el resultado de una muerte cruel entre horrísonos sufrimientos.

En el otro lado están, como no, los malos. Una caterva sombría de personajes codiciosos hasta más allá de los límites de la imaginación, empeñados en mantener las reglas que han sido su razón de ser y que les han hecho inmensamente ricos, que les han elevado a una categoría superior, muy alejada de los pobres mortales que se contentan con admirarlos. Personas que, en su fuero interno, anhelan un mundo de control absoluto, en el que necesitemos estar permanentemente identificados, sin salirnos de los modelos establecidos, sin osar hacer nada al margen de lo reglado, sometidos a una constante censura y bajo la amenaza de que todo lo que hagamos podrá ser más adelante utilizado en nuestra contra. Seres que imaginan barreras tecnológicas, fronteras rígidas, bases de datos que almacenen todos nuestros detalles, información personal y actuaciones, nuestros pensamientos, nuestras ideas. Pretenden monitorizar nuestra vida entera para evitar que nos salgamos del camino marcado, eliminar la privacidad, que “si tanto la quieren, seguro que es porque algo ocultan”.

¿Y si ahora les digo que el maniqueísmo inicial, en realidad, no lo es? ¿Y si se lo demuestro? Veamos: hablamos de personas capaces de esconder en un pacífico CD musical un maligno programa capaz de instalarse en modo oculto en un ordenador y de enviar información a una compañía sobre el comportamiento del usuario, convertido en sujeto de una vigilancia completamente ilegal. De compañías capaces de intentar influir mediante lobbies de presión sobre gobiernos y legisladores de todo el mundo para cambiar las leyes y criminalizar cosas que no lo eran, con el fin de mantener unos flujos de ingresos a todas luces artificiales. De empresas y gobiernos que almacenan todos los datos de nuestras comunicaciones durante meses para así, con la excusa de combatir un terrorismo que se carcajea de este tipo de infantiles prácticas, poder perseguir el intercambio de cultura entre particulares.

Los malos en esta historia son muy, muy malos. Perversos. Son capaces de absolutamente cualquier cosa con el fin de evitar que avancemos, que los tiempos cambien, que salgamos del oscurantismo en que nos quieren mantener. Por ellos, prohibirían Internet. Son muy, muy mala gente. Si tiene en alguna estima cosas como su libertad y su privacidad, tenga mucho, mucho cuidado con ellos.

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