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Efecto rebote

El contenido que tanto les ofende no sólo tiene la vida efímera de una onda de radio, sino que se refleja en columnas de periódico, en páginas de medios en Internet y en infinidad de blogs y foros que comentan la jugada

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Me encanta el efecto rebote. Es uno de esos misterios de la naturaleza, uno de esos fenómenos que hacen que, cuando alguien no lo domina, se encuentre de repente con las narices aplastadas por la pelota, que viene de vuelta tras toparse con el suelo o la pared. Muchas veces, esa falta de dominio viene de una simple y natural torpeza. Si no sabes botar la pelota, lo normal es que el incontrolado rebote de la misma vuelva y te golpee. Pero en otras ocasiones, viene de la simple falta de adaptación a un cambio de entorno.
 
El efecto rebote puede hacer, por ejemplo, que una empresa que se siente perjudicada por algo que alguien ha escrito en una página determinada de Internet proceda a llamar a sus abogados, cual si fueran su primo de Zumosol, para que amenacen al presunto infractor con algún tipo de escrito, conminándole a la retirada del material que la empresa ha considerado ofensivo o perjudicial para sus intereses, mediante lo que se conoce en inglés como una carta de “cese y desista”. La técnica de utilizar la ley para intimidar a un tercero y hacer que desista en una actitud que consideramos perjudicial para nuestros intereses es tan vieja como el mundo, y habitualmente ha funcionado perfectamente, sin originar prácticamente problema alguno. Pero hete aquí que el mundo cambia, y lo que antes eran entornos de permeabilidad limitada, ahora se convierten en auténticas marañas de hilos que, entrecruzándose, llegan a todas partes. Ahora, cuando alguien en Internet recibe una de esas ridículas y pretenciosas cartas de abogados envarados que le coacciona para que retire un determinado contenido de su página, lo tiene sumamente fácil: toma la carta, y la reproduce en su misma página, en la que causó la ofensa. De hecho, puede optar por retirar el contenido considerado ofensivo o por no hacerlo, porque realmente ya da lo mismo. Lo retire o no, el contenido empezará a aparecer por todas las esquinas de la red, obtenido de la pantalla de un agregador, de la cache de un buscador o de un amigo al que se lo envió “por si acaso” antes de eliminarlo. El caso es que, de un efecto inicial presumiblemente pequeño en el que tan sólo los lectores de la página original se habrían enterado de un tema al que podrían, además, haberle otorgado poca importancia, pasamos a un efecto rebote gigantesco, en el que innumerables páginas comentan el hecho considerado ofensivo y la absurda reacción de la empresa que, con su actuación, provocó una marea de proporciones algunas veces incontrolables.
 
Axpe Consulting, por ejemplo, consiguió que un buen puñado de páginas la calificasen de sitio espantoso para trabajar y de malas prácticas de gestión de recursos humanos, simplemente por enviar una de esas ridículas cartas de “cese y desista” a un empleado que acababa de abandonar la compañía. Algo que habría trascendido sólo a los lectores de esa persona, se convirtió en un escándalo que compromete la reputación de toda una empresa. Yahoo! España consiguió que muchos que la consideraban simpática pasasen a situarla en el centro de sus antipatías cuando conminó a un blog a que retirase una entrada en la que contaba como bajarse al disco duro los vídeos que la empresa ofrecía en formato de streaming: así, un truco técnico del que sólo se habrían enterado los friquis lectores de Genbeta, se convirtió en pura vox populi en la red.
 
Pero el efecto rebote no sólo se limita a la web, aunque en muchas ocasiones se apoya en la misma. Una interesante manifestación del efecto, por ejemplo, ocurre estos días con el intento de censura que determinadas fuerzas políticas pretenden llevar a cabo con un compañero de columna en este medio, Federico Jiménez Losantos. En el mundo anterior, en el que a los personajes presuntamente ofendidos les gustaría seguir viviendo, bastaba con una admonición en el sitio oportuno para que el contenido considerado molesto u ofensivo fuera retirado, y su autor sometido al más negro de los ostracismos. Si ofendías, pagabas con la cárcel mediática. Si secuestraban una edición de un periódico, el mensaje era silenciado. La política la hacían los políticos, el papel de ciudadanos y medios era sólo escuchar. Pero claro, ahora el mundo ha cambiado, aunque ellos no se hayan enterado. El contenido que tanto les ofende no sólo tiene la vida efímera de una onda de radio, sino que se refleja en columnas de periódico, en páginas de medios en Internet y en infinidad de blogs y foros que comentan la jugada. El contenido se convierte en diálogo. Y no sólo es completamente imposible de callar, sino que, además, el efecto rebote de un par de diputados y de algún ministro protestando al respecto en determinados foros no hacen más que multiplicar el efecto, hacer llegar el mensaje a más personas, alimentar el efecto rebote. Si tanto les molesta, habrá que ver por qué es. Habrá que sintonizar, habrá que leer, habrá que conectarse, habrá que entrar en esa conversación en la que no quieren que entre. La protesta, la pataleta, no hace más que incrementar el morbo del mensaje original, independientemente de lo acertado o desacertado que éste fuese.
 
Jiménez Losantos puede ser muchas cosas, y su mensaje, expresado con indudable vehemencia, puede caer bien o mal a mucha gente. No se confundan: yo aquí soy un simple columnista, y no tengo necesidad de hacerle la pelota a nadie, ni siquiera de manifestar que comulgue con un mensaje o con la forma que se tiene de expresarlo. Podría escribir exactamente lo mismo de una persona identificada con el otro lado del espectro político, si viniera al caso. Pero en el mundo que vivimos hoy, las posibles decisiones de retirar licencias de emisión o de coaccionar a las empresas que se anuncian en un determinado medio se me antojan tan vanas y fútiles como las inútiles cartas de “cese y desista” que envían algunas empresas que no han aprendido cómo hacer las cosas en el mundo de hoy en día. Puro efecto rebote.

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