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El año en que murió el DRM

Como muy bien dijo Alaska recientemente: "Los fabricantes de discos desaparecerán, yo no soy fabricante de discos, no es mi problema, el que tenga un problema que busque soluciones."

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Uno de los principales bastiones que quedaban como egregios defensores del llamado Digital Rights Management, o DRM, acaba de comunicar que esa ya no es su postura, dejando a todo un elemento fundamental en las estrategias de muchas compañías de creación y desarrollo de contenidos completamente huérfano. Steve Jobs, fundador y consejero delegado de Apple, ha pedido a través de un comunicado que se eliminen los sistemas de protección de copia por considerar que, simplemente, han sido desde el primer momento una estrategia errónea que nunca llegó a funcionar.

La empresa de Steve, Apple, era una de las principales usuarias de los llamados por algunos "sistemas de gestión digital de derechos", y por otros muchos "sistemas de restricción digital de derechos": un conjunto de tecnologías destinadas a impedir la libre y natural utilización de los bits en el formato, aparato o modo que el usuario quería emplear para ello. En la mejor de las teorías, un contenido sujeto a DRM establecía, por ejemplo, cuántas veces podía éste ser reproducido por el usuario antes de borrarse automáticamente, a qué tipo de soportes podía ser transferido, en cuantas máquinas podía ser duplicado, qué programas eran necesarios para reproducirlo, e infinidad de restricciones más destinadas, en general, a perpetuar lo que muchos definimos hace tiempo como una serie de modelos de negocio simplemente caducos.

Atrás quedan mesas redondas con representantes de la industria discográfica o de las sociedades de gestión de derechos de autor en las que éstos defendían con saña su apuesta por este tipo de modelos, cual si fueran el adalid defensor montado en su caballo blanco que iba a defenderlos de los malvados piratas asesinos mientras, en el otro lado, algunos defendíamos la imposibilidad de la aplicación práctica de este tipo de herramientas, por mucho que la industria de la tecnología pretendiese sofisticarlas. Y es que, en el fondo, eso, y nada más que eso, es lo que ha ocurrido: aquellos que pretendían recortar los derechos de los usuarios y restringir la libre circulación de los bits por cualquier lugar cual si fueran un fluido, han perdido. Han sido derrotados.

En un último asalto digno de encuentro televisado, los sistemas de protección empleados en las dos apuestas tecnológicas más fuertes de la industria, los sistemas de vídeo de alta definición Blu-Ray y HD DVD fueron perfectamente abiertos y puestos a disposición del mundo por una misma persona, utilizando un procedimiento perfectamente replicable. Ignoro completamente si esa fue la gota que colmó el vaso: tras innumerables episodios similares en los que algunas de las más sofisticadas protecciones cayeron víctimas de armas tan "terroríficas y sofisticadas" como un rotulador, no hay forma de saber en qué momento se agotó la paciencia de las empresas que financiaban este tipo de tecnologías o las que presuntamente pretendían utilizarlas. Pero lo que está claro, con los datos que tenemos, son dos cosas: una, que el 2007 será el año de la muerte del DRM; y dos, que como dijimos hace mucho tiempo, los bits eran, efectivamente, libres. Dotados de una libertad que está en su mismísimo código genético, en su propia naturaleza, en su esencia. Una libertad simplemente imposible de arrebatar o encerrar.

En toda esta historia, el papel del protagonista de la noticia de hoy, Steve Jobs, me resulta profundamente intrigante. Algunos le acusan, ahora, de haber utilizado el DRM como una gran pieza en su estrategia, en su idea de "atar" las canciones de su exitosísima tienda virtual, iTunes, con su igualmente exitosísimo y omnipresente dispositivo, el iPod. Sin duda, Apple se ha beneficiado de dicha estrategia, ha sido capaz de mejorar incluso el atractivo de un dispositivo que ya de por sí lo tenía gracias a esa deliciosa interpretación de la filosofía form over function, ha podido retribuir a la industria discográfica con un dinero que les ha hecho sentir un poco más tolerantes, y ha enfadado a varios gobiernos que lo han considerado un abuso. Sin embargo, ¿es ese uso del DRM lo que realmente ha llenado magistralmente los bolsillos de Apple? No, decididamente no. Lo que ha hecho rica a Apple es, precisamente, una interpretación completamente hipócrita del DRM: aquí está la protección para calmar las iras de la industria, pero en realidad, el cliente sabe, yo sé y todos sabemos que sólo en torno a un 3% a 5% de la música presente en la suma de todos los iPods del mundo proviene de iTunes y viene recubierta con el correspondiente DRM. El resto es música que proviene de cualquier fuente, de los CD del propio usuario, de sus amigos, de Internet o de encantadores équidos de diversa condición, pero que no han sujetado al cliente a ningún tipo de restricción. Completamente libres de DRM. No es que Steve haya triunfado gracias al DRM, sino que ha hecho un uso completamente oportunista, mercenario e inteligente del mismo. Ahora, simplemente, ha llegado el momento de arrugarlo y tirarlo como quien tira un kleenex usado.

La derrota de las estrategias basadas en el DRM es uno de los mayores éxitos de esa sociedad conformada en torno a la red. El momento en que un montón de Davides fueron capaces de vencer a los Goliaths no de una, sino de varias industrias, gracias al poder de la reducción de los costes de transacción. A este lado del túnel, simplemente, determinadas restricciones no son válidas, no son aceptables, no resulta posible ejecutarlas. Hay que fastidiarse. Como muy bien dijo Alaska recientemente: "Los fabricantes de discos desaparecerán, yo no soy fabricante de discos, no es mi problema, el que tenga un problema que busque soluciones."

Señores, su apuesta por el DRM no ha funcionado. Su caduco modelo de negocio no es problema de Alaska, pero mucho menos es problema mío. No pienso financiarles con un canon. A reinventarse toca.

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