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El túnel

El fin del miedo

El final del año 2004 y el principio del 2005 parecen estar marcando en España una tendencia sumamente interesante en lo que a uso de la red se refiere. La campaña de Navidad registró incrementos sin precedentes en el comercio electrónico, incrementos que también se registran en el número de líneas ADSL o en las ventas de ordenadores y muchos otros dispositivos, como el iPod de Apple y similares, que adquieren su verdadero sentido cuando son conectados a la red. En círculos empresariales, incluso, se vuelven a ver planes de negocio e ideas de todo tipo en busca de capital inversor. Hay hasta quien habla ya directamente de la vuelta a los ‘90.
 
El paralelismo con los burbujeantes ’90, sin embargo, resulta difícil de sostener más allá de los aspectos meramente estéticos. Aquello que en los ’90 fue calificado por Alan Greenspan como de exuberancia irracional, y que respondía en gran medida al entusiasmo descubridor de miles de pioneros que desembarcaban en un nuevo mundo, se ha convertido ahora, diez años después, en un fenómeno mucho más consolidado, estable, racional y libre de euforias. En lo corporativo, los emprendedores e innovadores de las nuevas tecnologías han tenido que pasar su durísima travesía del desierto: han sido tildados de locos, de ilusos y de iluminados durante varios largos años. Y ahora, por fin, vuelven a asomarse al panorama empresarial con ideas interesantes necesitadas de capitalización, con propuestas innovadoras capaces, posiblemente, de hacer que muchos recuperen la fe en el progreso y la tecnología.
 
En lo referente a los usuarios individuales, las cosas también parecen haber cambiado. Más de diez años de experiencia continua en el uso de la red han conseguido demostrar muchas cosas. Por ejemplo, que el fraude en el uso de tarjetas de crédito en internet es, salvo excepciones muy puntuales, igual que el que ocurre fuera de internet. Todos aquellos que en los ’90 te decían que para meter tu número de tarjeta en internet había que estar completamente loco, empiezan ya a hacer sus pinitos comprando entradas de cine, billetes de avión y otros artículos de uso cotidiano. Hasta los medios de comunicación, responsables en gran parte del desarrollo de esa “cultura del miedo” por un amarillismo irresponsable, incapaz de entender esa máxima del periodismo ejemplificada en el “hombre muerde a perro”, parecen ahora hacer gala de cierta tendencia al constructivismo. Era evidente: que cientos de miles de personas llevasen a cabo transacciones en la red sin ningún tipo de problemas no era noticia, pero que a Bill Gates le robasen el número de su tarjeta de crédito sí lo era (y que el “robo”, en realidad, fuese poco más que una “leyenda urbana” no tenía, por supuesto, la menor importancia… no dejes nunca que la realidad te estropee una buena noticia).
 
Con unos diez años de retraso, la Edad del Miedo parece tocar a su fin. Los apocalípticos presagios de quienes decían que internet y las nuevas tecnologías eran la raíz de todas las calamidades de la especie humana, desde la pornografía infantil hasta la epilepsia o el fin de la música, se ven ahora tan ridiculizados como los que afirmaban, en los albores del ferrocarril, que aquellos desgraciados que lo utilizasen morirían en un plazo breve por culpa de los desplazamientos a los que aquellas velocidades vertiginosas sometían a los órganos del cuerpo. La Historia, además, siempre ha sido muy indulgente con los agoreros: son contadas las ocasiones en que éstos acaban ocupando espacio en nuestra memoria colectiva. Diez años después, no sólo no han ocurrido ninguno de sus malos presagios, sino que, además, los usuarios de internet se han constituido en aristocracia, en poder, en los preferidos por las empresas en el mercado de trabajo. Cuando por fin nos asomamos al término de la Edad del Miedo, a los derrotistas sólo les quedan dos opciones: entrar en el nuevo Siglo de las Luces, o permanecer en su Edad Media y consolidarse como casta inferior.

Enrique Dans es profesor del Instituto de Empresa  

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