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El móvil

Un sólo aparato, el móvil, que un día fuimos tan ingenuos como para pensar que sólo servía para hablar por teléfono. Hoy, es oficina, reproductor de música, matamarcianos, bloc de notas, navegador de Internet, correo electrónico y no sé cuantas cosas más.

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Lo mas especial de este artículo que está usted empezando a leer es algo de lo que resulta completamente imposible darse cuenta: el cómo o el dónde está escrito. En el momento de empezar a redactarlo, estoy sentado en un tren camino de Jaén, donde esta tarde doy una charla. Son algo más de las nueve de la mañana, acabo de salir de la madrileña estación de Atocha, hace un día espléndido pero de esos que es mejor ver desde el interior de un vagón con aire acondicionado y, por toda dotación tecnológica, llevo un móvil. No un teléfono móvil, sino un móvil, a secas. Sí, sirve para llamar por teléfono, pero también para escribir este artículo, y ello considerando que habitualmente, cuando escribo artículos, correteo por Internet de manera casi continua. Llamarle teléfono sería tan arbitrario como llamarle agenda, bloc de notas, correo electrónico, navegador de Internet o cualquier otra de sus múltiples funciones. Por tanto, puestos en la tesitura de tener que buscarle una denominación adecuada, optaremos por renunciar al nombre por considerarlo equívoco, y retener únicamente el adjetivo calificativo que lo acompañaba: móvil. Esa naturaleza, la de objeto que puede ser movido, llevado de un lado al otro sin contemplación ni miramiento alguno, es la única característica que efectivamente retiene de manera intrínseca.

Llegamos a la estación de Aranjuez. Sigo incansablemente dándole a la tecla, y mirando alternativamente por la ventana del navegador de Internet y por la del tren. Desde mi asiento, veo a dos personas más: una de ellas, una veinteañera morena, está como yo utilizando su móvil, pero por el tipo de movimiento que hace, imagino que está jugando a algo. Delante de ella, un hombre de aspecto repeinado, camisa naranja y marcado acento andaluz está también utilizando su móvil, pero para algo completamente distinto: nada más sentarse en el tren, extrajo de un portafolios lo que parece ser un taco de facturas, las desplegó en el asiento de al lado, y se está dedicando a llamar a los titulares de cada una de ellas. La conversación resulta siempre bastante repetitiva: un par de frases de cortesía, y una pregunta en tono impecablemente correcto acerca de la factura en cuestión. "Es que me voy de vacaciones y me gustaría dejar la contabilidad cuadrada, que después cuando vuelves, ya sabes, como que está uno ya en otras cosas..." Ante la perspectiva de las tres horas de viaje a Jaén, este señor ha decidido planificarse el viaje y sacarle partido al tiempo trayéndose el trabajo de la oficina: una carpeta con papeles y, cómo no, el móvil.

Próxima parada: Villasequilla. La morena de al lado ha dejado el móvil, se ha calzado unas gafas negras, y se ha echado un sueñecito. Pero corto, porque coincidiendo con el anuncio de llegada a El Romeral, su móvil se ha puesto a sonar con música de U2, y ella, toda discreta, ha mantenido una breve conversación en tono casi imperceptible, con una mano delante de la boca. Mientras escribo esto, suena el sempiterno "subidubi, subidubi, subiduduá..." característico de una determinada marca de móviles, y la persona que tengo delante, una señora de cierta edad en la que no había reparado hasta el momento y que, a juzgar por el aspaviento, debía estar en el séptimo sueño, le confirma a alguien que va a ir a recogerla a la estación que se encuentra en el tren, en el vagón 23, y lo hace además en un tono que hace que todos los que estamos en el vagón 23 tomemos conciencia de que estamos en el vagón 23, sin posibilidad alguna de ignorarlo.

Llegamos a Villacañas. Veintitres grados dentro, aspecto de cuarenta fuera. El hombre engominado ha terminado con las facturas, y ahora está usando el móvil para escuchar música con unos auriculares negros. La señora ha vuelto a los brazos de algún dios griego, y la veinteañera morena lo intenta, pero entre las llamadas y los pitidos que pega el tren cada vez que anuncia la salida de estación, se pega unos sobresaltos impresionantes. Ahora llegamos a Quero, y otro salto más, me pregunto si será bueno para el corazón. Esta vez veo que tras el saltito, no se duerme. Vuelve a sacar el móvil, y parece escribir un mensaje. Esta chica es todo vida social.

Cuatro extraños en un tren, camino al sur, sentados cómodamente bajo la protección del aire acondicionado. Al llegar a Alcázar de San Juan, uno escucha música tras haber terminado el seguimiento de un taco de facturas, otra aniquila unos alienígenas tras haber desesperado en sus intentos de dormir, otra anuncia su llegada a Manzanares (sí, en el coche 23, señora, lo sabemos), y otro está ya terminando su artículo. Cuatro funciones completamente diferentes, un sólo aparato, el móvil, que un día fuimos tan ingenuos como para pensar que sólo servía para hablar por teléfono. Hoy, es oficina, reproductor de música, matamarcianos, bloc de notas, navegador de Internet, correo electrónico y no sé cuantas cosas más. Y yo miro alrededor, y cada día me siento menos raro, más normal cuando cuento estas cosas. En un ratito, mi jefe de sección tendrá este artículo en su pantalla, y yo estaré llegando a Valdepeñas.

De teléfono a sustituto del ordenador, en pocos años. Si le hubiese intentado contar esta escena, hoy tan normal, a mi abuela hace veinte años, me habría contestado que sí, bonito, sí, y los coches vuelan y tú deberías dejar de beber... En otros pocos años más, ¿cómo serán los móviles? ¿Cuántas cosas diferentes estaremos haciendo con ellos y nos parecerán perfectamente normales? Hay que ver, a este lado del túnel, qué rápido se mueven las cosas...

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