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El poder de muchos

Existen cientos de ejemplos del poder del pensamiento colectivo para todo tipo de tareas, algunas de las cuales pasan a generar tanto valor, que desbancan el trabajo de empresas o instituciones que se afanaban en el desarrollo de productos similares.

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Uno de los atributos más importantes de la economía moderna es la llamada reducción de la fricción. Si entendemos la fricción como aquello que se interpone entre nosotros y nuestros objetivos, no cabe duda alguna de que algunas innovaciones que juegan un papel fundamental en la economía y la sociedad moderna, como la red, poseen un enorme potencial de reducción de dicha fricción. Gracias a la red, grupos de personas situadas en lugares distantes, con diferentes orígenes, experiencias y habilidades, pueden, por ejemplo, colaborar para llevar a cabo una tarea común. En realidad, esto era perfectamente posible antes de la existencia de la red, pero la fricción lo convertía en algo tan incómodo que su potencial disminuía notablemente. ¿Se imagina, por ejemplo, que programadores de diferentes países quisieran colaborar para desarrollar un sistema operativo? ¿Quedarían cada semana en un bar en cada una de las ciudades? Obviamente, los costes de desplazamiento, unidos a la escasa productividad de ese tipo de reuniones, darían al traste con semejante proyecto antes siquiera de plantearse el empezarlo.

Sin embargo, hoy tenemos una verdadera legión de personas en todos los lugares del mundo, combinando sus esfuerzos en el seno de una estructura informalmente organizada pero de una enorme potencia, completamente interconectada a través de la red, y capaz de generar el núcleo de un producto dotado de mayor solidez, capacidad de reacción y prestaciones que el mejor de los sistemas operativos jamás creado por empresa alguna. Desde cualquier óptica objetiva, la sola idea de semejante grupo de personas colaborando en un proyecto común como ese resulta completamente impresionante, digno de admiración… podríamos adjetivarlo de muchas maneras, y todas ellas claramente positivas.

Los ejemplos son muchos, y los más llamativos llevan mucho tiempo en boca de todos: miles de personas de todo el mundo colaboran y generan el sistema operativo Linux. Millones de personas se ponen de acuerdo para contribuir con temas de los que saben, y organizan la Wikipedia, la enciclopedia más grande, completa y actualizada que ha existido jamás. Cientos de millones de personas organizan el mejor sistema de distribución de música creado por la mano del hombre, capaz de poner a disposición de los usuarios un porcentaje altísimo de todas las canciones creadas en la historia de la humanidad. Existen cientos de ejemplos del poder del pensamiento colectivo para todo tipo de tareas, algunas de las cuales pasan a generar tanto valor, que desbancan el trabajo de empresas o instituciones que previamente se afanaban en el desarrollo de productos similares. ¿Deberíamos verlo, por tanto, como una destrucción de valor? Efectivamente, esa parece ser la teoría de algunos, que curiosamente suelen tener intereses ligados a los de esas compañías cuyos productos se ven claramente superados por el poder del pensamiento colectivo. Pero, ¿cómo calificar de destrucción de valor algo que acaba dando lugar a un producto claramente superior al que había, capaz en muchas ocasiones de mejorar notablemente la experiencia de sus usuarios?

Pensemos, por ejemplo, en los navegadores web: el esfuerzo colectivo de un montón de programadores, agrupando formalmente sus desarrollos en la Mozilla Foundation, consigue producir Firefox, sin duda el mejor navegador desarrollado hasta el momento. El producto resulta ser tan bueno, que sus satisfechos y agradecidos usuarios deciden incluso aportar dinero de sus bolsillos para anunciarlo en prensa y que más gente llegue a conocerlo, y lo hacen con tanto entusiasmo que las donaciones multiplican por mucho la cantidad inicialmente esperada. El producto es, de hecho, tan objetivamente bueno, que se convierte en objeto a copiar por la empresa que previamente ostentaba la mayor cuota de mercado en este segmento de productos: la siguiente versión del navegador de dicha compañía acaba siendo una auténtica imitación de muchas de las funciones del original. ¿Qué mejor señal de admiración que la imitación por parte de un teórico competidor?

¿Qué está pasando aquí? ¿Será tal vez que al disminuir la fricción, algunas de las reglas de la economía se ven significativamente alteradas? ¿Y si, al reducir la fricción –y, con ella, los costes de coordinación– pasase a ser más ventajoso producir en un mercado desestructurado frente a hacerlo dentro de una ordenada jerarquía empresarial? Siguiendo con el ejemplo: incluso si el nuevo Microsoft Internet Explorer 7, ahora en beta, llegase por imitación a mejorar alguna de las prestaciones de Firefox, resulta casi imposible plantearse que una simple empresa llegue, ella sola, a mejorar la enorme producción de añadidos y extras diseñados para Firefox, que llega en forma de flujo continuo alimentado por muchísimas personas desde infinidad de lugares distintos, todos ellos unidos para un fin común.

Resulta llamativo pensar hasta donde puede llegar la Humanidad cuando este tipo de proyectos toman cuerpo. Lo visto hasta ahora es, aunque elocuente, únicamente una muestra. La nueva economía, el verdadero progreso, proviene del esfuerzo colectivo aplicado a este tipo de desarrollos, y no se verá únicamente en el mundo de la informática, sino en muchos otros que ahora no podemos ni imaginar. El verdadero motor del progreso futuro proviene del poder de muchos.

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