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El político bloguero

Si en el fondo resulta que los elegimos como comunicadores, ¿no podrían, por lo menos, escribirse ellos mismos el guión? No cabe duda: la política es, seguramente, uno de los sectores que menos ha notado el cambio de siglo.

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¿Qué hace al político? ¿Es la persona, o es el cargo? Pensemos en el origen, en el político en campaña, cuando aún no aparece vinculado al cargo más que como un simple aspirante más, de entre otros varios a los que el electorado puede escoger. En ese momento, el componente personal tiende a predominar. En ausencia del cargo, el marketing político tiende a enfocarse en las características de la persona, su dialéctica, su historial cuando existe, su aspecto, sus gestos, sus posturas en determinados temas, etc. Sólo en raras, rarísimas ocasiones se tiende a enfatizar algo fundamental en el desempeño del político en el cargo: el equipo. En el medio de la borrachera mediática que supone una campaña electoral, el aparato electoral de los partidos tienden a vendernos no "programa, programa, programa", como decía Julio Anguita, sino "persona, persona, persona", en una simplificación grosera que seguramente esté pensada a la medida de las capacidades de una parte tristemente muy significativa del electorado.

El personalismo en la política viene de muy lejos, y encuentra apoyos tanto en la historia como en el entorno. Un partido necesita imperiosamente un líder, hasta el punto de que de ese líder depende, en gran medida, el éxito o el fracaso. Obtener un líder solvente, dotado de una capacidad de comunicación, de conexión o de empatía con el electorado, capaz de vehicular los sentimientos de aquellos que deben acercarse a las urnas a depositar su papeleta ese día D durante esas once horas H resulta algo fundamental de cara al éxito político. A partir de ahí, el resto es paraguas. Obtenido un líder sólido, la típica estrategia del marketing político consiste en proyectar su figura sobre las siglas del partido, de manera que todos los electores, independientemente de su circunscripción, sientan que votan a la persona, a ese líder que, en realidad, encabeza las listas de Madrid. El resto de la lista, poco importa. Tal vez alguno acabe de ministro, pero eso, en general, permanece supuestamente en la cabeza del líder, a salvo de curiosidades malsanas. El resto de la lista se limitará, en su amplia mayoría, a sentarse en un parlamento y a actuar de acuerdo a unas consignas de partido que reducirán su papel al de meros dedos apretadores de botones, una tarea ridícula que para nada justifica el dinero que cuestan al erario público y que en ocasiones, a pesar de su simpleza, llegan incluso a hacer mal, apretar el botón equivocado o, sencillamente, no aparecer ese día por el hemiciclo.

Efectivamente, en la política actual, y sobre todo en niveles superiores, la importancia de la persona resulta aparentemente crucial. Y digo aparentemente porque después las cosas, en realidad, acaban pareciéndose mucho más a la corte monárquica tradicional del XVI o XVII. Los procesos de toma de decisiones no recaen prácticamente nunca en la persona y sí en gabinetes de asesores, validos y presuntos expertos más o menos reconocidos que, sin embargo, suelen permanecer bastante alejados de los procesos electorales, base –se supone– de toda democracia que se precie como tal. El político, una vez elegido, se convierte no en un gestor, sino en un mero comunicador de decisiones tomadas por su equipo, ese mismo equipo cuya composición, en el momento de depositar el voto, no estaba al alcance de los electores. Es la persona, el líder, el caudillo lo que importa, cuando en realidad, la política la acaban manejando no los de arriba ni los de abajo, sino los del medio. Como decía con sorna un amigo mío, "yo de mayor no quiero ser ministro, quiero ser subsecretario".

El caso es que así está hecho el sistema, y eso precisamente es lo que parece estar llevando a un interesante número de políticos a reforzar esas tareas de comunicación que les han sido presuntamente encargadas por esa fuerza oculta a la que nadie vota. Dejando aparte al extravagante e histriónico Hugo Chávez y su vocación televisiva en su programa semanal "Aló Presidente", en estas pasadas semanas hemos conocido la irrupción en la comunicación con la ciudadanía de la canciller alemana Angela Merkel, que en lugar de invadir la sala de estar a través del tubo catódico, utiliza un formato notablemente más respetuoso, el del videoblog. La iniciativa, además, parece haber sentado precedente: en menos de una semana, el opositor Oskar Lafontaine decidía también inaugurar una cita semanal con las cámaras en un espacio denominado "Aquí habla la oposición". El furor por la comunicación en Internet podría haber alcanzado incluso lugares tan insólitos como Irán, un régimen conocido por su vocación por encarcelar bloggers, opositores y periodistas, pero cuyo presidente, Mahmoud Ahmadinejad, parece haberse lanzado al mundo del blog en una página traducida a varios idiomas.

En el fondo, estos esfuerzos por alcanzar a la ciudadanía y reforzar el papel de comunicador del líder parecen adolecer de los mismos males que la política en general: en un medio pensado para la publicación personal, los blogs de los políticos están, en realidad, desarrollados por sus departamentos de comunicación y sus asesores, precisamente lo que no debería ocurrir. En lugar de aprovechar el medio para una comunicación genuina y sin barreras, los blogs de estos personajes son un homenaje al artificio comunicativo, un epígrafe más del presupuesto de medios. Si en el fondo resulta que los elegimos como comunicadores, ¿no podrían, por lo menos, escribirse ellos mismos el guión? No cabe duda: la política es, seguramente, uno de los sectores que menos ha notado el cambio de siglo. En pleno siglo XXI, otra política es posible.

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