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El síndrome del elevalunas

"eso es una estupidez, no vale para nada, si se te estropea, te quedas completamente colgado, con la ventanilla abierta, y seguro que te cobran una barbaridad por arreglarlo... No lo quiero ni regalado"

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Es un recuerdo de mi infancia que me asalta con cierta frecuencia. Lo conozco como "el síndrome del elevalunas", y corresponde a algo de hace ya muchos años, de cuando los automóviles empezaron, primero en sus gamas más altas, a incorporar una prestación hasta entonces prácticamente desconocida en nuestro país: el elevalunas eléctrico. Para los jóvenes de la época, el elevalunas eléctrico era una especie de magia. Era un bien escaso, que normalmente el coche de la familia no tenía, y únicamente podías ver cuando algún afortunado amigo te llevaba en el suyo. Cuando eso sucedía, intentabas buscar cualquier excusa para utilizarlo, para satisfacer tu curiosidad haciendo subir y bajar con cierta fascinación la ventana, con ese zumbido que sustituía a la pesada tarea de darle a la manivela. Todo ello ante las protestas del propietario del coche, que insistía en que el aparato se rompería si lo utilizabas. Y cuando, fascinado por el elevalunas, lo comentabas con tu padre o alguna otra persona que no lo tenía, la reacción era siempre muy parecida, consistente en una frase del tipo: "eso es una estupidez, no vale para nada, si se te estropea, te quedas completamente colgado, con la ventanilla abierta, y seguro que te cobran una barbaridad por arreglarlo... No lo quiero ni regalado".

Hoy en día, como todos sabemos, la práctica totalidad de los automóviles vienen equipados con elevalunas eléctrico, y tanto el número de personas obligadas a dejar la ventanilla abierta por avería del sistema, como el de bolsillos vacíos por culpa de esas supuestamente costosísimas reparaciones tiende a ser más bien poco significativo. Los que despotricaban contra el invento y predicaban su escasa utilidad han visto como el progreso tecnológico les quitaba la razón, pero en realidad no importa, porque ya ni siquiera se acuerdan de que un día hace tiempo se manifestaron en contra de algo así. Si alguien se lo recordase, de hecho, lo negarían todo, sólo de pensar en la cara que pondría hoy un vendedor de coches si se encontrase con un cliente que fuese tan sumamente retrógrado como para intentar encargarle un vehículo con elevalunas únicamente manual.

El ejemplo del elevalunas eléctrico, hoy una tecnología completamente adoptada y difundida, es perfectamente aplicable y trasladable a muchísimos cambios tecnológicos actuales, y lo seguirá siendo sin duda a gran parte de los futuros. Recordemos los síntomas: primero, pensar que la nueva tecnología es enormemente delicada y se romperá nada más tocarla. Segundo, imaginar las horribles penurias que sufrirá en el momento en que se produzca uno de esos indefectibles fallos. Y tercero, descalificar su utilidad, declarando sus ventajas como prácticamente inexistentes.

Ahora, intente pasar revista a sus reacciones recientes a cualquier nueva tecnología, y plantéese en cuántas ocasiones ha sido víctima del síndrome del elevalunas. Desde mi privilegiado puesto de profesor de tecnología, he tenido delante casos flagrantes de su aplicación a todo tipo de tecnologías, desde el simpático e inofensivo ratón hasta al teléfono móvil, pasando por las pantallas en color, la fotografía digital, las calculadoras, o incluso el ordenador en su conjunto ("claro, ya verás cuando se vaya la luz y no puedas hacer nada de nada...") Incluso en los tiempos actuales, raro es el día que, mencionando cualquier tipo de tecnología nueva, sea la que sea, no aparezca alguien con argumentos similares.

En el fondo, la actitud refractaria o conservadora ante los cambios es algo bastante natural. La inercia es, después de todo, la resistencia de los cuerpos a abandonar su estado de reposo o movimiento, y en este tipo de temas se manifiesta de manera sumamente patente. Por mucho que se pueda demostrar fehacientemente que muchas de las tecnologías implicadas acaban desembocando en procesos de adopción masivos, da lo mismo: la actitud prevalece de manera tozuda, como si formase parte del pool genético de la especie. Vivimos una época en la que las novedades tecnológicas nos asaltan prácticamente todos los días. En la mayoría de los estudios serios de gestión empresarial, la presencia de cursos dedicados a estudiar el entorno tecnológico y sus movimientos crecen progresivamente, y se consideran de un gran valor añadido para la formación del alumno. Pero normalmente, insisten en la comunicación de las nuevas tecnologías en concreto, en lugar de intentar hacer frente a las resistencias naturales a las mismas que surgen de manera general, a las "enmiendas a la totalidad". Y esa capacidad de anular la descalificación de las novedades es, hoy en día, algo que empieza a separar a las personas capaces de adaptarse ellos o sus negocios al progreso, frente a aquellas que, simplemente, caen en la inadaptación y en el "esto ya no es para mí".

Aprenda a reconocer el síndrome del elevalunas. Y la próxima vez que lo sufra, ya sabe póngase media hora de cara a la pared, y haga girar una imaginaria manivela. Verá cómo, tras hacerlo, se encuentra mucho mejor.

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