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El túnel

Flogs, mentirosos y cojos

Es una palabra extraña, completamente apócrifa y anónima, pero suficientemente gráfica para lectores bien informados: se trata de la contracción de las palabras “falso” y “blog”, y corresponde a uno de los pecados capitales en la sociedad de la información actual: la mentira. Y no hablamos de mentir a cualquiera, ni de cualquier manera, sino de hacerlo a aquellos que, al menos en la mejor de las teorías, deben estar en el centro de tu pensamiento: los clientes. Y además, hacerlo con premeditación, alevosía y, seguramente, hasta con nocturnidad. Varias compañías conocidas se han visto ya implicadas en escándalos relacionados con falsos blogs o flogs, y créame, no es un asunto ni mucho menos bonito.
 
Pero, ¿qué es exactamente y en qué consiste un flog, y por qué las compañías lo hacen? La idea es tan sencilla como crear un blog, o página web con entradas orientadas en modo cronológico inverso y que admite comentarios a cada una de ellas, y faltar a sus supuestos términos de uso. ¿Qué términos de uso son esos? Pues simplemente, los que el propietario de la página tenga a bien establecer, preferentemente de manera clara e inequívoca. Si no los establece, si simplemente crea un blog y empieza a alimentarlo, los visitantes del mismo asumirán que la página funciona como suelen hacerlo la gran mayoría de los blogs: con comentarios no moderados y con borrado únicamente en casos de evidente mal uso de los mismos. Que los comentarios sean no moderados quiere decir, simplemente, que en el momento en que un visitante de la página decide introducir un comentario, éste aparece inmediatamente tras haberle dado al botón de enviar, sin pasos intermedios. En el caso de comentarios moderados, el proceso pasa por una etapa intermedia de supervisión humana: alguien recibe el comentario, lo aprueba o no, y procede a su publicación cuando lo estima oportuno. Los blogs con comentarios moderados, lógicamente, suelen tener una interacción mucho menos “viva”, más lenta, y uno de sus parámetros críticos consiste en el tiempo que el moderador emplea en subir el comentario una vez enviado. Como contrapartida, resultan más seguros a la hora de evitar comentarios malintencionados, dado que aunque podríamos borrarlos, el tiempo entre que se hace el comentario y éste es borrado podría provocar situaciones incómodas.
 
Las razones habituales para borrar o no subir un comentario son, habitualmente, la incorrección (insultos, descalificaciones personales, comentarios ofensivos, racistas, xenófobos, religiosos, etc.), el offtopic (comentarios no relacionados con la entrada en la que han sido hechos), y el spam (comentario realizado para poner un vínculo a otro sitio sin relación con la entrada correspondiente, bien para conducir tráfico o para intentar obtener relevancia de modo artificial en los buscadores). El que un comentario que no caiga en ninguno de estos tres supuestos sea eliminado se atribuye inmediatamente a una valoración subjetiva del mismo. Si el propietario de la página lo hace, se encontrará, seguramente, con que el comentarista, ofendido, proteste por la arbitraria exclusión, e incluso manifieste su descontento en otras páginas que no lo censuren o en la suya propia, acompañándolo tal vez de pruebas como capturas de pantalla en el momento de enviar el comentario.
 
La primera categoría de flogs, por tanto, corresponde a los sitios que de manera intencionada eliminan los comentarios negativos o que no favorecen a sus intereses. Viene a ser como montarse una realidad paralela, una situación en la que únicamente aquellos que están de acuerdo conmigo tienen derecho a opinar. A los que estén en desacuerdo, los ignoro. Fabrico coches de cualquier color, siempre que sean negros. Y claro, así no vamos a ningún sitio. Eso ni es conversación ni es nada.
 
Pero existe una segunda categoría, más peligrosa todavía, y no es la del que se miente a sí mismo, sino la del que, además, se lo cree. En este caso, el autor del flog se dedica ni más ni menos que a crear artificialmente sus propios comentarios, como cuando en la época del papel se publicaba el número cero de una revista o periódico en el que, obviamente, no había aún correspondencia con los todavía inexistentes lectores, y llenábamos la sección de cartas al director con una serie de misivas falsas en las que dábamos la bienvenida al nuevo medio, nos congratulábamos de su aparición y, como mucho, manifestábamos alguna leve e inocente queja expresada con total corrección y de manera constructiva. En este caso, el autor de la página no está cometiendo el pecado de acallar a los críticos, sino que está directamente mintiendo a toda su audiencia, faltándoles al respeto, insultando a su inteligencia. Resulta patético ver blogs pretendidamente reales en los que, al entrar, se encuentra uno una ristra de comentarios del tipo “oh, que bueno que viniste”, “enhorabuena por el debut” y asuntos afines, sin el más mínimo asomo de crítica. Es, simplemente, una mentira, y mentir es algo que está muy feo, sobre todo si mientes a tus clientes. Si estás pensando en desarrollar un blog, y ese tipo de prácticas pasan por tu cabeza, descártalas. La nómina de empresas desacreditadas por llevar a cabo cosas de ese tipo ya es demasiado grande. En la conversación con tus clientes, no mientas. Primero, porque es moralmente reprobable. Y segundo, porque la blogosfera es un patio de vecinas, y en los patios de vecinas todo se sabe. Antes se coge a un mentiroso que a un cojo.

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