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La mujer del César

Anunciar a bombo y platillo que una empresa como Fon se dedica a la compra de bloggers es, simplemente, un titular amarillo, indigno de un medio como el Wall Street Journal.

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De la mujer del César decían que no le llegaba con ser decente... además de serlo, debía parecerlo. Esa misma filosofía parece haber querido aplicar la semana pasada una periodista de un medio tan conocido y habitualmente respetado como el Wall Street Journal, cuando de la noche a la mañana se descolgó con un artículo en el que acusaba a una serie de bloggers conocidos de estar a sueldo de una empresa, Fon, y de participar en la generación interesada de buzz, o ruido mediático, acerca de dicha compañía.

La cuestión resulta sumamente llamativa viniendo, precisamente, de uno de los representantes más arquetípicos de los llamados mainstream media (MSM), o grandes medios de comunicación. Fundamentalmente, por el hecho de que la periodista del Wall Street Journal parezca implicar que los bloggers, alguno de los cuales congrega, efectivamente, audiencias importantes, deban ser medidos por el mismo rasero que los medios de comunicación, cuando la realidad es muy diferente. Los medios de comunicación, por ejemplo, son conocidos por tener, en algunos casos, una doble moral en virtud de la cual dosifican o evitan deliberadamente las noticias críticas con aquellas empresas que resultan ser anunciantes importantes o habituales. En algunos casos, incluso, esto es utilizado por grandes empresas con sustanciosos presupuestos para controlar los contenidos de determinados medios de comunicación y "facilitar" así una actitud amigable hacia los intereses de la empresa. Por supuesto, como todo, tiene sus límites: una cosa es decir verdades a medias, y otra muy diferente falsear la verdad deliberadamente. Y a lo largo de centenares de años de historia, el mundo del periodismo ha acuñado estándares, códigos y libros de estilo que le permiten controlar y, en algunos casos, depurar dichas cuestiones.

Sin embargo, un blog no es un periódico. Por grande que sea su audiencia, un blog es otra cosa, no es un "periódico en Internet con cuatro pijadillas más". Y los blogs y sus autores no nos medimos igual que los periodistas y sus periódicos, del mismo modo que medimos la distancia con un metro y la temperatura con un termómetro y –normalmente– no al revés. En primer lugar, porque un blog, al menos en su origen, es un género habitualmente informal, con estilo desenfadado, orientado a la comunicación de una persona o grupo de personas en función de sus sesgos, orígenes, circunstancias y condicionantes de todo tipo. Los bloggers, salvo en algunos casos, que los habrá, no queremos ser periodistas. La idea de responder a la línea editorial y criterios marcados por otro no suele resultarnos atractiva, nos quita libertad, opciones, naturalidad a la hora de escribir. Algunos periodistas, sin embargo, sí disfrutan siendo bloggers, y lo hacen precisamente por lo mismo: porque les permite expresarse con una libertad mayor sometidos únicamente a su propio criterio editorial personal.

Los vínculos, por ejemplo, suelen tratarse también de distinta manera. Salvo honrosas excepciones, los medios de comunicación masiva como, por ejemplo, la prensa digital, procuran evitar los vínculos a sitios externos, porque los ven como posibles "vías de escape" para sus lectores. Los bloggers, curiosamente, hacemos justamente lo contrario: cada vez que hablamos de algo, lo vinculamos si es posible. Eso nos permite indicar a unos lectores presuntamente interesados en el tema tratado dónde encontrar información adicional sobre él, documentarse, leer puntos de vista afines o diferentes, o ver simplemente quién dio la noticia antes o en qué secuencia se produjo el flujo comunicativo.

Un blogger escribe sobre los temas que le interesan, y sus contenidos reflejan necesariamente el entorno que le rodea. Yo, que soy profesor en el Instituto de Empresa, suelo hablar a menudo del Instituto de Empresa, y no se trata de que le quiera hacer publicidad –algo que tampoco tendría porqué evitar si quisiese– sino, simplemente, de que paso muchas horas allí metido y, por tanto, afecta a mis experiencias, a mis percepciones y a mis intereses. Si una idea, como es el caso de Fon, me parece interesante, escribo sobre ella, y si quiero y es mi política –que no tiene porqué serlo– publicaré además mis posibles fuentes de influencia al respecto, tales como el hecho de que el promotor de la idea sea profesor de la misma institución que yo, el que le conozca o el que me cruce de vez en cuando con él a la entrada o salida de algunas clases. O el que me caiga bien, que también es el caso. A mis lectores corresponderá, tras leer mi disclaimer si lo quiero poner, deducir si mis sesgos me invalidan como comentarista al respecto o si, por el contrario, quieren leer mis puntos de vista afectados por dicha parcialidad. Y si me obsesiono con los disclaimers, en lugar de un blogger, pareceré la mujer del César. O eso, o será que tengo un agudísimo sentido del humor.

Anunciar a bombo y platillo que una empresa como Fon se dedica a la compra de bloggers es, simplemente, un titular amarillo, indigno de un medio como el Wall Street Journal. No tiene valor alguno como investigación, dado que está simplemente leyendo algo que los mismos bloggers habían dicho ya. Es no entender un medio en el que si a alguien le nombran consejero de algo, lo primero que hace es escribirlo en su blog, para que sus lectores conozcan esa nueva circunstancia. Si alguno de los lectores de los blogs mencionados se sintió engañado, no será porque los implicados no se lo hubiesen advertido. Los blogs no son periódicos, ni pretenden serlo, ni falta que les hace. La mujer del César, de vivir hoy en día, seguramente no sería bloggera.

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