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Más que productos

La idea de dar al mercado tu producto, unos planos y un destornillador puede, sin duda, sonar herética para algunos, pero la tendencia está ahí, y parece consolidarse. A este lado del túnel, los productos ya no son sólo productos. Quieren ser algo más.

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Resulta interesante plantearse cuáles son las aplicaciones que evolucionan con más pujanza, que con más frecuencia anuncian productos y servicios nuevos, que más pasiones y “usuarios evangelistas” generan, que suelen dar más que hablar. Herramientas como el navegador Firefox, el gestor de fotografías Flickr, el clasificador online de favoritos Del.icio.us, el sorprendente Google Maps, y muchas otras comparten una curiosa característica común: al poco tiempo de haber sido puestas a disposición del público, surge una comunidad de entusiastas desarrolladores a su alrededor que generan aplicaciones de lo más variado sobre ellas. Veamos, por ejemplo, el caso de Firefox: la lista de extensiones que permiten mejorar o añadir funcionalidades al navegador, intérpretes para variados contenidos y temas que alteran el aspecto del mismo desarrollados por personas ajenas al proyecto supera las setecientas entradas, toda una abrumadora galería de posibilidades al alcance de cualquier usuario. En Google Maps, por ejemplo, a los pocos días de ser puesto el programa en circulación en su versión de evaluación, ya existen desarrollos que permiten, por ejemplo, calcular distancias y recorridos, situar direcciones y pueblos, incluir y compartir información asociada a puntos específicos del mapa o fotografía de satélite, ubicar antenas de telefonía móvil para estimar la cobertura en un lugar concreto, localizar hotspots de WiFi, hacer guías turísticas anotadas… como diría un castizo, “y lo que te rondaré, morena”.
 
¿Qué hace de estos productos “algo más que productos”? ¿Qué hace que una persona que entra en contacto con un producto decida invertir tiempo y esfuerzo en desarrollar algo para que otros usuarios puedan beneficiarse de su trabajo? ¿Es replicable un fenómeno así? ¿Podríamos esperar que tras poner en el mercado, por ejemplo, un determinado modelo de lavadora, surjan páginas de usuarios contando los trucos que hacen con la misma, como ahorran detergente, abrevian tiempo de lavado o consiguen que lave más blanco? ¿O es acaso que las lavadoras no merecen ser hackeadas pero los programas de ordenador sí? Tener usuarios así parece interesante, ¿cómo se hace? ¿Qué tecla tenemos que tocar?
 
El primer elemento que parece estar presente en los casos de esos productos que parecen trascender su condición para convertirse en auténticos “ecosistemas” de desarrollo es su vocación por la apertura. Esta apertura no siempre es total, pero sí debe indicar claramente una vocación determinada. Va desde la completa puesta a disposición del código, los planos o los esquemas del producto para que cualquiera que quiera hacer modificaciones sepa dónde está cada cosa y qué hace; hasta la mera circulación de las llamadas APIs, (Application Programming Interface), las “claves” o conjunto de especificaciones para que otros programadores puedan desarrollar aplicaciones que se comuniquen con sus componentes. Algunas empresas, como Microsoft, han hecho del desarrollo y liberación de sus APIs un auténtico elemento estratégico, que manejan con suma precisión.
 
La motivación de los usuarios para que colaboren es otro tema de por sí fascinante. En muchos casos, se trata de personas que se han enfrentado a una necesidad determinada, han conseguido solucionarla mediante un procedimiento que implica a nuestro producto, y han decidido, posteriormente, compartirla generosamente con otros usuarios que pudiesen tener la misma necesidad. En otros, existe un verdadero sentimiento de “pertenencia” a la comunidad, y motivaciones ligadas con el ámbito de la meritocracia: si descubro algo y lo comparto con otros usuarios, mi “prestigio” puede verse mejorado. O factores como la presencia de algún tipo de “enemigo común” cuya existencia articula a la comunidad: qué duda cabe acerca de que el éxito de Firefox está relacionado en cierta medida con la presencia de una empresa como Microsoft en unas condiciones de mercado monopolístico como las que disfrutaba. Pero a la hora de valorar esa aparente “negatividad”, los resultados no pueden ser más elocuentes: cada vez que es descubierta una vulnerabilidad en Firefox, ésta es solucionada prácticamente en cuestión de horas. ¿Cuánto hay que pagarle a un equipo experimentado de desarrolladores dedicado a esa tarea para conseguir un nivel de servicio similar?
 
Entre los productos capaces de conseguir este tipo de efectos positivos, estas “externalidades de red” provenientes de sus propios clientes, tenemos todo tipo de ejemplos. Productos de comunidades de software libre, que intuitivamente encajan más en este esquema, y productos más “convencionales” de empresas de toda la vida que los mantienen en modo propietario. Ni siquiera nos limitamos a los llamados “productos bit”: otras empresas están ensayando, y con buenos resultados, el desarrollo de comunidades similares aplicadas a productos más “tangibles”, que se hackean con un destornillador. En las escuelas de negocio se comenta ya el caso de la Sony PSP, una consola que, en su lucha por la cuota de mercado, ha llegado a “estimular” el trabajo de miles de hackers de todo el mundo que se afanan por desarrollar nuevas funciones y usos que no estaban inicialmente diseñados para ella, y que son susceptibles de aumentar su propuesta de valor para determinados segmentos de usuarios.
 
La idea de dar al mercado tu producto, unos planos y un destornillador puede, sin duda, sonar herética para algunos, pero la tendencia está ahí, y parece consolidarse. A este lado del túnel, los productos ya no son sólo productos. Quieren ser algo más.

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